cap 1 La estrella que callo

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Miquella, hijo de la Reina Marika y de Radagon -dos seres que trascendían cualquier comprensión humana-, flotaba en la quietud de su propia mente como una semilla atrapada en ámbar.

Era un joven Empíreo nacido con un poder que eclipsaba al de cualquier otro. Un potencial tan vasto que, de haber sido liberado, habría hecho temblar los mismos cimientos del Orden Dorado. Pero una maldición lo había encadenado desde el instante de su nacimiento: un cuerpo que nunca crecía, una figura delicada y eternamente infantil que lo condenaba a ser visto como un niño frágil por toda la eternidad.

Durante mucho tiempo, Miquella había creído que esa maldición era una broma cruel del Gran Árbol Áureo. Una burla divina, un capricho del destino para impedirle cumplir su verdadero propósito: ascender, convertirse en dios y rehacer el mundo a su imagen.

¿Por qué me encadenan si nací para romper todas las cadenas?

Su madre, la Reina Marika, lo había amado con una devoción casi dolorosa. Lo mimaba, lo protegía, lo consentía hasta el exceso. Su rostro fino, sus cabellos dorados y su complexión delicada hacían que todos -incluso los más temibles caballeros y hechiceros- lo trataran como un objeto de cristal que podía romperse con solo mirarlo. Eso lo enfurecía en silencio.

 Eso lo enfurecía en silencio

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"No soy frágil. Soy la tormenta que aún no ha sido liberada"

Aun así, la maldición no había podido detener su mente. Se había convertido en un erudito sin igual: dominaba las artes de la nigromancia, la alquimia áurea, la hechicería de las estrellas y los secretos más antiguos de la Tierra de las Sombras. Había creado hechizos que nadie más podía siquiera concebir. Había soñado con un nuevo Orden, uno donde nadie tuviera que sufrir por las caprichosas leyes de los dioses.

Pero entonces llegó el Gran Desastre.

La familia se fracturó como un espejo golpeado. Su madre fue encerrada en las entrañas del Árbol, convertida en un cascarón de sí misma. Su padre, Radagon, quedó reducido a una cáscara vacía, fundido con el tronco dorado como un prisionero voluntario. El mundo se rompió. El Orden se tambaleó. Y Miquella, por primera vez, sintió que su maldición ya no era solo una broma... sino una oportunidad.

Tenía muchos planes para alcanzar la divinidad que durante tanto tiempo se le había negado.

Al principio, todos sus esfuerzos se habían concentrado en un solo objetivo: curar la putrefacción escarlata de su hermana Malenia y, de paso, encontrar la forma de romper su propia maldición. Había probado todo. Había tejido hechizos prohibidos, destilado ungüentos de oro sin aleación, invocado espíritus antiguos y derramado su propia sangre en rituales que habrían vuelto loco a cualquier otro empíreo. Nada funcionó.

Su Árbol Sagrado -el Haligtree que había cultivado con tanto esmero para reemplazar al Árbol Áureo y convertirse en el nuevo corazón del mundo- no sirvió de nada. La putrefacción en el cuerpo de Malenia seguía avanzando, pudriendo su carne a un ritmo lento pero implacable, como raíces negras que se extendían bajo la piel. Y él... él seguía atrapado en ese cuerpo de niño, sin poder crecer, sin poder desatar todo su potencial.

Mi querido consorte : Naruto x Elden ring Where stories live. Discover now