El filo de la traición
La lluvia que caía no se sentía como agua, sino como agujas de hielo que perforaban la piel de Shi Zuan. Cada paso que daba sobre el suelo lodoso del bosque de la Secta del Pico Celestial se sentía como si sus huesos fueran de plomo. La oscuridad de la noche era absoluta, interrumpida solo por los destellos de las espadas de sus perseguidores que se filtraban entre los árboles centenarios.
Shi Zuan apretó los dientes, sintiendo el sabor metálico de la sangre en su boca. Pero no era sangre normal. Tenía un matiz amargo, un rastro de ceniza que quemaba su garganta. El "Arte de la Sombra Devoradora", una técnica prohibida y demoníaca, había sido forzada en sus meridianos mediante un sello de transferencia oscura mientras ella meditaba cerca del lecho del Líder de la Secta. Había sido una emboscada perfecta. Ahora, esa energía extraña luchaba contra su propio Qi espiritual, como un parásito devorando la luz desde adentro.
En su mano derecha, sostenía con desesperación a Yu Chen. La espada de jade, un tesoro de clase celestial, que parecía llorar. Su brillo verde esmeralda, que normalmente iluminaba una habitación entera, se había reducido a un parpadeo moribundo.
—Resiste, Shi Zuan... —susurró ella, su voz apenas un hilo de viento—. No dejes que nos arrebaten lo único que nos queda de él.
Mientras esquivaba una rama, un recuerdo la asaltó con la fuerza de un relámpago. Veinte años atrás, ella era una niña huérfana sentada entre las cenizas de su aldea masacrada. Un hombre de túnicas blancas y cabello como la nieve se había inclinado ante ella. Era el Gran Líder Ming Zuan.
"Este mundo es cruel con los débiles, pequeña," le había dicho él con una voz que sonaba como campanas de bronce. "Pero tú tienes fuego en tus ojos. Ven conmigo, te llevaré al Pico Celestial. Te enseñaré a ser el diamante que ninguna presión pueda romper."
Él le había dado un nombre, un propósito y, finalmente, a Yu Chen. La espada no era solo metal y jade; era la promesa de que ella nunca volvería a estar sola. Verlo ahora, postrado en su cama, con la piel grisácea y los ojos perdidos debido a la enfermedad que le acecho, era un dolor que superaba cualquier herida física.
El sonido del agua rugiendo se hizo ensordecedor. Shi Zuan emergió del follaje y se encontró con el final del camino. El Gran Risco se alzaba imponente sobre la Cascada de Plata. No había más salida.
Se giró lentamente, apoyándose en un saliente de roca mientras escuchaba como una docena de discípulos de la secta llegaban a rodearla. Todos vestían el uniforme blanco y azul que ella tanto amaba, pero sus ojos no tenían la compasión que dictaban las reglas de la secta. Solo había desprecio.
—¡Detente, traidora! —gritó Yi Lin, el cuarto hermano jurado, dando un paso al frente con su espada desenvainada—. ¡Mira tu brazo! ¡Las venas negras no mienten! Has caído en el cultivo demoníaco para intentar asesinar al Gran Maestro y robar el tesoro de la secta.
Shi Zuan miró su antebrazo. Efectivamente, líneas oscuras como raíces de carbón subían por su piel hasta desaparecer bajo su túnica.
—¡No! Cuarto Hermano debes creerme...nunca le haría daño al maestro...Yo... yo intentaba transferir energía curativa al Maestro —dijo ella, su voz ganando fuerza a pesar del dolor—. ¡Alguien me esta inculpando! Debes creerme hermano
—¿Energía curativa? —Yi Lin rió con amargura, aunque sus ojos brillaban con una pizca de dolor oculto—. Lo que corre por tus venas es Qi Resentido. Solo el contacto con las artes demoniacas deja esa marca. ¿Cómo puedes mentir mientras el Maestro se marchita por tu culpa?
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El Diamante Que El Viento No Pudo Romper
FantasiaShi Zuan era el orgullo de la Secta del Pico Celestial; la joven prodigio que prometía alcanzar la inmortalidad. Pero el genio despierta envidia, y la envidia engendra traición. Aprovechando la enfermedad del Gran Líder -el único hombre que la cuido...
