PRÓLOGO

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MARTES DE CARNAVAL

7 de marzo de 2000

La escasa claridad que iluminaba sus pasos hacía que su huida pareciera cada vez más incierta y desesperada.

El latido acelerado de su corazón retumbaba en sus oídos. Apenas podía escuchar si aquellos pasos pesados seguían detrás de ella por el sendero tortuoso que había abierto entre la maleza.

Sus pupilas dilatadas miraron hacia el horizonte. A lo lejos, tras las antiguas y deshilachadas almenas del castillo de Montánchez, se extendía la vasta llanura. Pequeños puntos de luz señalaban los pueblos dispersos por la amplia tierra cacereña.

-¡Socorro! ¡Ayuda! -gritaba Alicia, consciente de que nadie podía oírla.

Los incómodos zapatos de tacón frenaban su carrera, atrapados en la maraña de hierbajos que se enredaban en las medias de su disfraz de campanilla.

Cada zancada abría nuevos arañazos en sus piernas.

Una piedra se cruzó en su camino.

Tropezó.

Cayó contra el suelo frío y desnivelado.

Se levantó como pudo. Las rodillas estaban ensangrentadas y las lágrimas corrían sin control por su cara. El miedo le apretaba el pecho.

-¡Ayuda! -volvió a gritar.

Esta vez dirigió su ruego hacia la ermita que se veía a lo lejos donde descansaba la venerada patrona del pueblo, como si fuera una oración. Y eso que Alicia siempre había dicho que no creía en nada.

De repente, un sonido peculiar y conocido rompió el silencio.

Frente a ella surgió la antigua alberca, cerrada por altos muros de piedra, oscura y silenciosa, que siempre había estado rodeada de historias en el pueblo. Leyendas que narraban cómo en aquel lugar se aparecía una princesa condenada que en las noches de luna llena salía a peinar sus cabellos junto al agua: La Mora Cantana

Alicia empujó con todas sus fuerzas. La puerta oxidada cedió con un chirrido.

Entró al pequeño descansillo elevado de la alberca. Cerró la cancela tras de sí y se acurrucó junto a la pared, intentando ocultarse de la sombra que la perseguía.

Un pato nadaba lentamente en el agua verde y turbia. Su graznido resonó inútil en aquel momento de pánico.

La mente de Alicia corría sin orden. Recordó el cálido abrazo de Ramón apenas unos minutos antes. Recordó también que él no iba a venir, la oscuridad lo había devorado.

Una fuerte patada sacudió el portalón del estanque sin hacerlo ceder.

Alicia se encogió aún más contra la pared. No podía ver quién estaba al otro lado.

El silencio se volvió insoportable, entonces su llanto la traicionó.

La cancela se abrió de golpe y su perseguidor entró.

Iba disfrazado de jurramacho.

Alicia intentó reaccionar. Quiso levantarse y correr, pero tropezó con una piedra que descansaba en los húmedos escalones. Perdió el equilibrio y cayó dentro del agua fría y sucia de la alberca.

El agua apenas le llegaba por debajo de las rodillas, pero el fondo resbalaba. Intentó ponerse en pie varias veces. Por fin consiguió levantarse, empapada, temblando.

Sus ojos vidriosos sólo alcanzaban a ver la figura del agresor desde la entrada del descansillo.

-¡Déjame, por favor! -suplicó.

Bajo la máscara del desconocido se escuchó un sollozo.

-Yo te quería -escupió las palabras

El Jurramacho se agachó, recogió el pedrusco del suelo y lo lanzó. El golpe en la cabeza de Alicia fue brutal, seco.

Un pequeño estremecimiento recorrió su cuerpo.

Después llegó el silencio.

En el estanque, la oscuridad en una fría noche de marzo ocultaba el escarlata de la sangre que comenzaba a extenderse por el agua.

Allí terminó la desesperada lucha de Alicia.

¿A que no me conoces?Stories to obsess over. Discover now