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El día que alguien dijo basta.

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El borrador de pizarra impactó contra mi nuca con un sonido seco. No dolió tanto como la risa que vino después. 

“Cierra la boca, Tharatorn. Nadie te preguntó.” 

Era la tercera vez en la semana que me decían “Tharatorn” con ese tono. No era mi nombre. Mi nombre es Boom, pero desde que el profesor de Química dijo que mi apellido sonaba “como una mierda” y se rió, los demás decidieron que era gracioso. Tharatorn el raro. Tharatorn el que llora si lo tocas. Tharatorn el que no explota nunca, porque los chicos como yo solo agachamos la cabeza. 

Me agaché a levantar el borrador. El polvo de tiza me manchó los dedos. Escuché el susurro de Min a mis espaldas: 

—A ver si esta vez explota de verdad. 

No exploté. Nunca lo hago. Mamá dice que tengo que “ignorarlos y enfocarme en estudiar”. Fácil decirlo cuando no sos vos el que tiene que cruzar el patio solo, rogando que hoy no te escondan la mochila. 

La clase de Literatura era la peor. Nos sentaban por orden de lista y yo, Tharatorn Jantharaworakarn siempre terminaba en el fondo, entre Min y su grupo. El profesor Khun Somsak leía el libro sin levantar la vista, como si nosotros no existiéramos. Tal vez para él no existíamos. 

“Página 47,” dijo. “Tharatorn, lee porfavor.” 

Me paré. Las hojas me temblaban. Odio leer en voz alta. Odio que mi voz suene tan bajita al lado de las risas de ellos. 

“La señora... la señora Daeng...” 

Un pedazo de papel me pegó en la oreja. No me detuve. Si me detenía, seria peor. 

“...caminó hasta el mercado con su...” 

Otro pedazo. Este me dio en el ojo. Parpadeé fuerte para que no se me llenaran de lágrimas. No llorar. La regla número uno de sobrevivir es no llorar. 

“...con su canasta...” 

“Profe, no se le entiende nada,” dijo Min, sin siquiera levantar la mano. “Siempre lee como si estuviera por explotar.” 

El aula estalló en risas. Incluso Ploy, que el año pasado me prestaba sus apuntes, se tapó la boca para reírse. 

El profesor Somsak por fin levantó la vista. Me miró medio segundo y volvió al libro. 

“Sentate, Tharatorn. Que siga Nat.” 

Me senté. La silla estaba caliente, como si alguien acabara de dejarla. Min me había puesto chicle. Lo sentí pegarse al uniforme. Genial. Ahora también iba a tener que explicarle a mamá por qué el pantalón estaba arruinado. 

Agaché la cabeza y conté los segundos. Cuarenta y cinco minutos. Dos mil setecientos segundos para que sonara el timbre. Podía aguantar dos mil setecientos segundos. 

No llegué. 

Faltando diez minutos, Min me pasó una nota. No la quería abrir. Las notas de Min nunca eran buenas. Pero si no la abría, él mismo la leería en voz alta. 

La desdoblé debajo del pupitre. 

_Nos vemos en el baño en el recreo. Traé tu almuerzo. Tharatorn necesita explotar de hambre, ¿no?_ 

Se me cerró la garganta. El recreo era en diez minutos. Diez minutos para decidir si iba y les daba el almuerzo como todos los martes, o si no iba y me arriesgaba a que me buscaran después de clases, cuando no hubiera profesores cerca. 

Elegí lo de siempre. Agachar la cabeza y sobrevivir. 

El timbre sonó y fue como si le dieran play a mi sentencia. Guardé el libro despacio, rogando que se olvidaran. No se olvidaron. 

No estabas solo...Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora