PRÓLOGO

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(Narrado por Jimin)

El vapor de la cafetera me golpea la cara, pero no logra calentar el frío que siento en el pecho. El sonido de las tazas chocando y el murmullo de los clientes en la cafetería deberían ser mi distracción, pero hoy, cada ruido me taladra la cabeza. Siento un ligero mareo; tal vez es la dosis doble de supresores que me tomé esta mañana para neutralizar mi aroma de Omega.

Limpio la barra por quinta vez en diez minutos, tratando de no mirar hacia la mesa del rincón. Pero es imposible. Mi instinto, ese que trato de sofocar con pastillas, siempre termina ahí, buscándolo a él. Mi Alfa. El que no sabe que lo es.

—Jimin, en serio, necesito que me eches la mano —dice Jungkook, acercándose a la barra con esa sonrisa que me desarma.

Al aproximarse, su aroma a café tostado y madera mojada —su esencia natural de Alfa— me inunda los sentidos. Me obligo a no inhalar profundo, a no dejar que mi cuerpo reaccione. Él se quita el delantal lleno de manchas de chocolate, moviéndose con una seguridad que solo los de su casta poseen.

—Ella viene en media hora, Minnie. Quiero prepararle algo especial, algo que no esté en el menú, ¿sabes? Que sienta que este lugar es nuestro lugar.

Le sostengo la mirada, apretando el trapo entre mis manos hasta que me duelen los nudillos. "Nuestro lugar", dice él. El lugar donde compartimos turnos dobles, donde nos reímos hasta que nos duele la panza, donde yo creí, por un segundo, que quizá mi naturaleza de Omega lo atraía.

Pero no. Para Jungkook, yo soy un Alfa igual que él. El amigo beta-alfa que le cubre la espalda, el "compa" que le da consejos sobre cómo conquistar a la chava que le gusta. Mi disfraz de bloqueadores de aroma y actitud ruda funciona demasiado bien.

—Claro, Kook —suelto, y mi voz suena tan normal que me asusta hasta a mí mismo—. Podemos preparar el postre especial con la decoración de fresas que tanto te sale. A ella le va a encantar.

—¡Eres un crack! —me da una palmada en el hombro que me quema la piel, una marca momentánea que mi instinto reclama como suya—. Por eso eres mi mejor amigo, neta. No sé qué haría sin ti.

Se da la vuelta emocionado, tarareando una canción mientras empieza a acomodar las sillas para "ella". Yo me quedo ahí, de pie tras la barra, sintiéndome como un impostor en mi propio cuerpo.

Miro hacia afuera. El sol de la tarde pega fuerte en la calle de Veracruz, pero aquí adentro, en mi "Refugio de Cristal", el aire se siente denso, cargado de las feromonas de un Alfa que nunca me marcará. Sé que en cuanto Paola cruce esa puerta, voy a tener que sonreír, saludarlos y servirles el café, mientras mis supresores luchan por contener el llanto de mi Omega interno.

Pero no puedo confesarle la verdad. Prefiero ser el "Alfa" que siempre lo espera, el que se guarda su aroma dulce en el bolsillo del uniforme, antes que arriesgarme a ver su cara de asco si descubre que su mejor amigo es, en realidad, un Omega que se muere por su mordida.

Porque después de ella, solo quedo yo. El que siempre se queda al final del turno, limpiando los restos de una felicidad que no me pertenece.

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