Hacía un día helado en el Reino de Cacao Oscuro; un frío de esos que no solo te congela la masa, sino que te llega hasta el mismo centro del espíritu. Dentro del castillo, las antorchas luchaban por iluminar los pasillos de piedra negra, pero las sombras parecían ganar la batalla. El silencio no era de paz, era de miedo. El gran Rey Dark Cacao se había recluido en su propia amargura, dejando su reino a merced de las conspiraciones.
En medio de ese vacío de poder, Galleta Affogato se alzaba como una serpiente entre las ruinas. Con una elegancia que escondía veneno, dictó la sentencia que cambiaría el destino de sus guerreros.
-Vayan al Reino de Acebo -ordenó Affogato, acariciando su abanico con desdén- Si el Rey no se levanta de su trono, buscaremos la fuerza en manos extranjeras.
La orden cayó como un mazo sobre Galleta Flecha Caramelizada y Galleta Crujiente. Como compañeros militares, acostumbrados a la severidad del muro, la idea de abandonar su puesto les revolvía el estómago. Pero en ausencia del Rey, la voz de Affogato era la que cortaba el aire.
🍫❄️
Poco después, el imponente lobo de crema de Galleta Crujiente avanzaba con paso firme sobre la nieve virgen. La criatura, de pelaje espeso y ojos alerta, era el único calor en medio de aquel páramo blanco. Galleta Crujiente sostenía las riendas con una tensión que amenazaba con romper el cuero, mientras Flecha Caramelizada iba sentada tras él, vigilando la retaguardia con su arco siempre listo.
El viento aullaba, pero la mente de Crujiente hacía más ruido que la tormenta.
-¿No te parece demasiado extraño? -soltó Crujiente de pronto, sin desviar la vista del camino- Mandarnos a nosotros dos.. a sus "mejores guerreros", solo para entregar un mensaje.
Flecha Caramelizada no respondió de inmediato, pero sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima.
-Es una misión diplomática. Necesitamos la ayuda -murmuró ella, aunque su voz carecía de convicción.
-Es una trampa -insistió él, apretando los dientes- Affogato nos está sacando del mapa y está dejando el Reino desprotegido. Si el monstruo de Regaliz decide atacar ahora, no habrá nadie con experiencia para detenerlo. Nos envió lejos para quedarse con el tablero vacío.
Flecha Caramelizada no dijo ni una palabra. Sin embargo, su respuesta fue el lenguaje del soldado. Su mano enguantada se cerró con tal fuerza sobre su arco que los nudillos se le marcaron. Ella también lo sentía. El peligro no solo estaba frente a ellos, sino en el trono que habían dejado atrás
Finalmente, suspiró de forma cargada, demostrando así su cansancio que iba más allá de lo físico.
-Mantente enfocado -respondió ella con voz ronca- Aunque sea una trampa, ¿qué otra alternativa nos queda? El Rey no está, y nosotros no podemos proteger el muro para siempre.
Crujiente guardó silencio, escuchando el jadeo pesado del lobo.
-Míranos -continuó Flecha- Cada vez que aparece el monstruo de Regaliz, nuestros soldados regresan destrozados, si es que regresan. Estamos exhaustos y el reino está en decadencia, la comida escasea y la moral se desmorona. Necesitamos apoyo externo con urgencia, aunque el precio sea el orgullo..
Ella cerró los ojos un instante, dejando que el viento frío le golpeara el rostro antes de suavizar el tono.
-No pienses demasiado las cosas. Lo nuestro es solo comunicar el mensaje. Cumplimos, damos media vuelta y estaremos de regreso en el Reino en un parpadeo.
Galleta Crujiente no hizo más que bufar, hundiendo el mentón en el cuello de su pesada capa. Mantuvo un silencio tenso, dejando que el eco de las palabras de su compañera se perdiera en el viento helado. Deseaba con todas sus fuerzas que ella tuviera razón, que solo fuera un mensaje y un regreso rápido, pero en el fondo de su masa sabía que Flecha solo estaba soñando despierta para no desmoronarse.
Él no era tonto, sabía que el encuentro con los del Reino de Acebo no sería sencillo. Hasta donde llegaban los rumores en las tabernas del norte, ellos también estaban lidiando con sus propios problemas. Por lo que sabía de antemano que no recibirían la ayuda que tanto necesitában con tanta facilidad, nadie regala soldados ni suministros cuando su propia casa empieza a arder.
-Sueñas despierta, Flecha -masculló finalmente, aunque tan bajo que solo el lobo de Crema pudo oírlo- Nadie nos va a regalar nada..
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