Capítulo 1: Los Nuevos Vecino del 403

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El mundo estaba vacío. No vacío como una habitación sin muebles, sino vacío como un pozo sin fondo. Todo era oscuridad, pero no la oscuridad tranquila de la noche, sino una negrura densa, casi líquida, que se movía y respiraba.

TN flotaba en medio de ella.

O tal vez no flotaba. Era difícil saberlo cuando no había suelo ni cielo, solo un infinito ahí. Y entonces las vio: almas. Cientos, miles, millones de pequeñas luces que se retorcían en el aire como moscas atrapadas en miel. Pero no eran luces limpias. Eran... sucias. Manchas grises y negras las cubrían, como si alguien hubiera escupido sobre diamantes.

Algunas chillaban. Otras reían. La mayoría simplemente existían, arrastrándose unas sobre otras en una danza asquerosa y desesperada.

Qué asco, fue lo pensó TN, aunque no sabía si realmente estaba pensando o si las palabras se materializaban solas en aquel lugar.

Una de las almas se acercó a él. Tenía forma de persona, pero borrosa, como un recuerdo mal recordado. Extendió una mano hecha de humo y susurró algo que TN no pudo entender. Sonaba a estática de radio, a uñas rasguñando una pizarra, a llanto de bebé grabado al revés.

TN quiso retroceder, pero no tenía cuerpo. O sí. No lo sabía. Todo era confuso y molesto, como despertar después de una siesta muy larga y no saber qué día es.

El alma sucia se acercó más.... pero un alma de alquitran se acerco mas rapido Y entonces gritó.

-¡¿HAY MIERDA?! -exclamó TN, incorporándose de golpe.

No había almas. No había oscuridad. Solo la luz amarillenta del sol entrando por la ventana de un auto en movimiento y el olor a asiento de tela vieja.

-¿una pesadilla? -preguntó su madre desde el asiento del conductor, sin apartar la vista del camino.

TN parpadeó varias veces. Tenía la cara pegajosa de sudor y el corazón le latía como si hubiera corrido un maratón. Solo un sueño raro, se dijo. De esos que no significan nada.

-No me acuerdo -mintió, frotándose los ojos detrás de sus lentes. El vidrio empañó un poco. Los odiaba. O los amaba. Dependía del día. Hoy los odiaba.

Su madre sonrió, esa sonrisa suya que siempre escondía algo entre cansancio y diversión macabra.

-Bueno, pues ya llegamos.

TN giró la cabeza hacia la ventana y vio el edificio.

Era horrible.

No horrible en el sentido artístico, como esas pinturas modernas que solo un millonario ciego podría pagar. Era horrible en el sentido real: gris, descuidado, con manchas de humedad en las paredes y ventanas que algunos inquilinos habían tapado con cartón. Parecía el tipo de lugar donde los sueños iban a morir y los cadáveres a desaparecer.

-¿Y bien? -preguntó su madre, estacionando el viejo sedán frente a la entrada-. ¿Qué te parece?

TN sostuvo la mirada hacia el edificio por un largo segundo. Su expresión era completamente neutra, casi aburrida, como si estuviera calculando el porcentaje exacto de miseria que irradiaba cada ladrillo.

Su madre soltó una risa corta.

-Ya lo sé, pero es más barato. Y con una manita de gato se verá increíble.

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