Lo que merece ser visto

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El departamento estaba en silencio, pero no era un silencio vacío… era uno lleno de intención.

Phuwin caminaba de un lado a otro, acomodando pequeños detalles con cuidado casi obsesivo. Sus manos, ligeramente temblorosas, ajustaban una cinta aquí, alineaban una vela allá. Había elegido tonos suaves, cálidos… algo que transmitiera lo que él sentía pero nunca lograba decir en voz alta.

Un año.

Un año intentando, esperando, creyendo.

El aroma dulce de vainilla con un sutil toque de durazno comenzaba a intensificarse en el ambiente, traicionando sus emociones. Estaba nervioso. Feliz. Ansioso. Todo al mismo tiempo.

Sobre la mesa, había preparado todo: la comida favorita de su novio, aunque él casi nunca recordara cuál era la de Phuwin. Un pequeño pastel, decorado con torpeza pero con cariño, y una caja envuelta con esmero.

Dentro… un regalo sencillo, pero significativo.

Algo que decía “te elegí”, incluso cuando sentía que no siempre era correspondido.

Phuwin se detuvo frente al espejo por un momento. Se acomodó el cabello, alisó su ropa, respiró hondo.

—Hoy… será diferente —susurró, más para convencerse que por seguridad.

Su teléfono vibró.

Una sonrisa automática apareció en su rostro al ver el nombre… pero se desvaneció igual de rápido al leer el mensaje.

"Voy a llegar tarde. No me esperes."

El silencio volvió.

Pero esta vez… dolía.

Phuwin se quedó inmóvil unos segundos, mirando la pantalla como si las palabras fueran a cambiar. Como si fuera a llegar otro mensaje diciendo “era broma” o “ya voy en camino”.

Pero no llegó nada.

Su aroma, antes dulce y envolvente, se volvió más pesado, más triste… casi imperceptiblemente amargo.

Aun así, no apagó las velas.

No guardó la comida.

No quitó la decoración.

Porque una pequeña parte de él… seguía esperando.

Pasaron los minutos.

Luego las horas.

Y cuando finalmente el sonido de la puerta se escuchó, Phuwin se levantó de golpe, con el corazón latiendo fuerte, aferrándose a esa última chispa de ilusión.

—¿Llegaste? —preguntó con una sonrisa suave, intentando ocultar todo lo demás.

Pero en cuanto lo vio… supo.

No había sorpresa en su mirada.

No había emoción.

Ni siquiera… interés.

Como si ese día fuera uno más.

Como si él fuera uno más.

Phuwin apretó suavemente la caja entre sus manos.

Y por primera vez en mucho tiempo…
algo dentro de él comenzó a romperse.

La puerta se cerró detrás de él con un sonido seco.

Nick ni siquiera levantó la mirada de su celular al entrar.

—¿Llegaste? —repitió Phuwin, más bajito esta vez, como si el volumen pudiera hacer que la respuesta fuera diferente.

Tres veces túHistórias para pegar e não largar. Descubra agora