Prólogo

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—Simón... Simón, no me estás escuchando.

La voz de Dulceida Villasmil se impuso frente a mi. El aire del apartamento, cargado con el olor de su perfume habitual, se sentía denso, casi estático.

La conocía desde que éramos niños. Observarla era, para mí, encontrar un orden perfecto en medio de un entorno caótico. Su cabello pelirrojo caía con una suavidad natural sobre sus hombros, resaltando el verde en su mirada y la delicadeza de sus rasgos. Poseía la simetría de una muñeca de porcelana; los labios finos, la mirada pícara y una piel cuya palidez conservaba una pureza irreal, como si el desgaste del mundo exterior no pudiera rozarla.

—Amor, te escucho —respondí—, pero no entiendo nada. Tiene que haber una explicación.

Nuestro anhelo, forjado en los callejones del barrio donde crecimos, siempre fue el mismo: graduarnos de la universidad y mudarnos a Hightown, donde los mitos sobre una mejor vida habían llegado a nuestros oídos. Sabíamos que sería difícil; el dinero no era algo muy común en los arrabales, pero no por ello dejamos de soñarlo.

—Simón, entiéndelo... Ya no quiero estar contigo —sentenció ella, desviando su mirada hacia el suelo para evitar la mía.

—¿Hice algo mal? —pregunté con la voz entrecortada, sintiendo el corazón martillando mis costillas—. Estoy seguro de que lo puedo arreglar, sé que lo puedo hacer mejor.

—No, Simón, no hay nada que arreglar. Estoy harta de sentirme humillada por ti, de que se rían a mis espaldas por ser la novia del repartidor, por ser la novia del albañil —soltó ella, sin un rastro alguno de empatía.

—¿Otra vez por mi trabajo? ¡Dulceida, con eso pago mis gastos! —exclamé desesperado—. Todo lo que gano en la construcción es para que no te falte nada, y el trabajo de repartidor para costearme mis propias cosas, pero es solo algo temporal. Cuando nos graduemos, conseguiré un ascenso, juntaré dinero y nos iremos a la capital, tal como siempre habíamos querido.

Dulceida apretó los labios, como si las palabras le costaran más de lo que quería admitir.

—No se puede vivir solo de promesas vacías, Simón. Al final del día, sin importar cuánto te esfuerces, siempre serás un Vasco. Tu apellido siempre estará destinado al fracaso y la miseria, mientras que yo solo puedo aspirar a conocer a alguien que me quite el apellido —replicó Dulceida. Sus palabras me golpearon como un puñetazo en el estómago que no vi venir—. No importa cuánto sueñes con Hightown, esa ciudad no se construyó para gente como nosotros. Los apellidos como el tuyo o el mío son anclas inamovibles, y yo no quiero malgastar toda mi vida esperando por un "quizá".

—Dulceida, no puedo creer que estés diciendo todas estas cosas. Te desconozco. Nunca nos importaron los apellidos, ni el tuyo, ni el mío, ni el de nadie más. ¿No lo recuerdas? Te burlabas hasta del alto mando, de las familias más poderosas. Decías que solo estaban allí porque nacieron en cuna de oro, con todas las posibilidades a su merced, pero que no habían logrado nada realmente. ¿Qué te está pasando?

—Ya no soy la misma niña ingenua que conociste. He abierto los ojos. Vivir sin que te importen los apellidos dentro de un país en el que son esos apellidos quienes mandan es ingenuo —aclaró Dulceida, con un tono que sonaba ensayado, como si estuviera repitiendo palabras que no eran suyas—. La verdad es que toda la vida estarás trabajando en la construcción, y toda la vida estarás de repartidor. Y si sigo contigo, toda la vida continuarás humillándome. Igual que anoche. Igual que siempre.

—Está bien, Dulceida, está bien. Renunciaré al trabajo secundario —le ofrecí—. ¿Es por eso, no? Solo... no me dejes.

Ella me miró, y por un instante creí ver algo parecido al dolor en sus ojos. Luego se endureció.

El heredero de HightownHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora