Prólogo

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Años antes...

La niña no debería estar aquí.

Luca lo supo en el momento en que Robert Martin cruzó las puertas del salón con ella del brazo, paseándola con esa sonrisa de hombre que ha apostado sus últimas fichas y necesita que nadie lo note. La niña llevaba un vestido blanco que no era de su talla -demasiado largo, demasiado formal, demasiado adulto- y caminaba con la rigidez particular de quien intenta parecer cómodo en un lugar donde no encaja.

Luca no habría reparado en ella si no hubiera reparado primero en Robert.

La deuda de Robert Martin llevaba dieciocho meses acumulando intereses. No era una cantidad que justificara urgencia -los Martin nunca habían sido jugadores de alto riesgo, solo hombres de negocios mediocres con aspiraciones de grandeza- pero tampoco era una cantidad que pudiera ignorarse indefinidamente. Tarde o temprano, alguien tendría que ir a cobrar.

Esa noche, Luca estaba evaluando opciones.

La niña se detuvo junto a una columna de mármol y tomó una copa de agua de la bandeja de un camarero que pasaba. La sostuvo igual que sostenían las copas las mujeres adultas que la rodeaban: con indiferencia fingida, la muñeca ligeramente ladeada, el mentón hacia arriba. Era una imitación tan precisa y tan evidente que algo se tensó en el pecho de Luca sin que supiera todavía nombrarlo.

No tendría más de dieciséis. Quizás menos.

Robert Martin la señaló a uno de sus socios desde el otro lado del salón con un gesto discreto que no era discreto en absoluto. El socio asintió. Evaluó. La niña sonrió cuando la miraron, el tipo de sonrisa que se aprende antes de entender para qué sirve.

Luca dejó el vaso sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

Conocía ese patrón. Lo había visto en otros hombres, en otras galas, en otras ciudades. Hombres que traían a sus hijas como moneda de presentación cuando ya no les quedaba otra moneda. A veces no llegaba a más. A veces sí. En cualquier caso, una niña con una copa de agua que imita a las mujeres que la rodean no debería estar en una habitación llena de hombres que le deben favores a su padre.

Se giró hacia Alejandro, que esperaba a su derecha con la paciencia de quien lleva años aprendiendo a leer el silencio de su jefe.

-La deuda de Martin -dijo Luca en voz baja-. Congelen los intereses.

Alejandro no parpadeó, pero hubo una pausa microscópica antes de responder.

-¿Cuánto tiempo?

Luca calculó. Un par de años para que acabara el bachillerato. Los suficientes para que llegara a la universidad, para que se alejara de Robert y sus tratos, para que encontrara el camino que esa rigidez de columna y esa precisión de imitadora sugerían que era capaz de encontrar. Era tiempo suficiente para que la deuda de su padre dejara de ser su problema.

O para que se convirtiera en el suyo.

-El tiempo que haga falta -respondió.

No volvió a mirarla. No tenía sentido. La niña del vestido blanco no era parte de ningún cálculo, ninguna estrategia, ningún plan. Era solo una anomalía que Luca Morano había decidido, por una vez en su vida, no explotar.

Cruzó el salón en dirección contraria sin detenerse. Antes de salir, por un motivo que no se tomó la molestia de examinar, giró la cabeza.

La niña seguía junto a la columna. Sola. La copa de agua brillaba bajo las lámparas como si fuera champán. Como si ella hubiera decidido, en ese salón lleno de gente que no la veía, convertir el agua en algo que valiera la pena sostener.

Luca salió a la noche sin hablar con Robert Martin.

Un par de años.

Podía esperar solo un par de años.

CORRUPTEDWhere stories live. Discover now