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El pasto estaba húmedo.
El sol caía lento detrás del arco, pintando todo de naranja.
Ricky respiró hondo.
Ese era su momento.
—¿Estás listo? —le gritó un compañero desde mitad de cancha.
—Siempre —respondió, aunque su corazón latía más fuerte de lo normal.
Era la final.
El partido más importante de su vida.
Las tribunas estaban llenas. Gritos, aplausos, nervios. Todo mezclado en un solo ruido.
Pero él solo escuchaba su propia respiración.
El silbato sonó.
Y el partido comenzó.
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Ricky corría como si el mundo dependiera de eso.
Cada pase, cada jugada... era perfecto.
Minuto 75.
Empate 1-1.
—¡Ricky, ahora! —gritó alguien.
La pelota llegó a sus pies.
La controló.
Levantó la cabeza.
Un defensor.
Otro más.
Los esquivó.
El arco estaba ahí.
Era ahora.
Pateó.
Gol.
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El estadio explotó.
—¡¡GOOOOOL!!
Sus compañeros lo abrazaron, lo empujaron, lo levantaron en el aire.
Ricky sonreía.
Era felicidad pura.
Habían ganado.
Eran campeones.
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Pero el destino no siempre juega limpio.
Minutos después...
Una jugada más.
Una pelota dividida.
Ricky fue con todo.
Demasiado.
El choque fue seco.
Un ruido.
Un dolor.
Y después... nada.
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El mundo se apagó.
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Despertó en una camilla.
Luces blancas.
Voces lejanas.
—Tranquilo, tranquilo... no te muevas —decía alguien.
—¿El partido...? —murmuró Ricky.
Silencio.
—Ganaron —respondió una voz suave.
Pero no sonaba feliz.
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Días después.
El olor a hospital ya le resultaba insoportable.
Ricky miraba el techo.
Sin hablar.
Sin reaccionar.
Hasta que el médico entró.
—Ricky... tenemos que hablar.
Sus padres estaban ahí.
Serios.
Demasiado serios.
—La lesión en tu rodilla es grave —continuó el médico—. Muy grave.
Ricky apretó los puños.
—¿Cuánto tiempo...? —preguntó.
El médico dudó.
Ese segundo lo dijo todo.
—No vas a poder volver a jugar al fútbol de manera competitiva.
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Silencio.
Total.
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Algo dentro de Ricky se rompió.
No fue la rodilla.
Fue peor.
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Meses después.
La cancha seguía ahí.
El mismo arco.
El mismo pasto.
Pero ya no era lo mismo.
Ricky estaba sentado en el borde, mirando.
Sin botines.
Sin ilusión.
Sin nada.
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—¿Siempre mirás así los partidos?
Una voz lo sacó de sus pensamientos.
Giró la cabeza.
Una chica.
Cabello suelto, mirada curiosa.
—No —respondió seco—. Solo cuando tengo ganas de no hablar con nadie.
Ella sonrió.
—Entonces vine en el peor momento.
Ricky no respondió.
Volvió a mirar la cancha.
Pero algo... había cambiado.
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—Soy Sofía —dijo ella, sentándose a su lado como si nada.
Ricky suspiró.
—Ricky.
—Ya sé —respondió ella—. Sos el que hizo el gol de la final.
Eso lo sorprendió.
—Y también el que se rompió todo, ¿no?
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Ricky la miró por primera vez de verdad.
No con enojo.
No con tristeza.
Solo... la miró.
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—Sí —dijo finalmente.
Sofía no dijo nada por unos segundos.
Después, sonrió de lado.
—Bueno... entonces supongo que ahora tenés tiempo para otras cosas.
—¿Como cuáles?
Ella lo miró directo a los ojos.
—Como empezar de nuevo.
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Ricky frunció el ceño.
No creía en eso.
No todavía.
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Pero por alguna razón...
No se levantó.
No se fue.
Y eso... ya era algo.
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ENTRE GOLES Y MIRADAS
Teen FictionRicky lo tenia todo...hasta que una lesión acabo con su sueño. ahora vive atrapado en su propia tristeza. sofia, en cambio, llega para desordenar su mundo. dos caminos que se cruzan en el momento menos esperado. una historia donde el amor y el dolor...
