I Keep Coming Back to You

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Habían embarcado en el Princesa Andrómeda burlando toda la seguridad luego de unos tensos minutos en los que creyó, por un minuto, que había conseguido obtener la comprensión de Clarisse en cuanto a lo imperativo que era rescatar primero a Annabeth en lugar de ir por el vellocino.

Mientras caminaba por la cubierta con la mano sujetando fuertemente su bolígrafo, pensaba: «Fue bueno que Clarisse escogiera ir a recuperar el vellocino por cuenta propia porque, siendo honesto, lo último que Percy quería ese día era encontrarse frente a frente con el culpable de todo esto y su principal enemigo a vencer: Luke Castellan».

Su conexión con Luke apenas llegó al campamento fue inmediata, casi abrumadora. El chico de la cicatriz le enseñó cómo no sentirse solo, cómo lidiar con lo que significaba ser un semidiós no reclamado y luego lo que significaba ser un hijo prohibido. Le mostró cómo defenderse, estuvo ahí para limpiar sus heridas después de los entrenamientos o de que Clarisse fuera especialmente molesta.

El pasillo principal del barco se abría frente a él, llevándolo directamente al ascensor donde sabía que más arriba encontraría el camino a la sala donde Luke mantenía el sarcófago de Cronos. Aún le pesaba en el estómago el recuerdo de cómo lo había descubierto y la forma en que le hizo sentir completa y profundamente traicionado.

Y aun así, no podía dejar de amarlo.

Su último recuerdo feliz con Luke era tan simple que casi parecía irrelevante: la noche antes de partir en su misión, cuando el hijo de Hermes fue a verlo a su cabaña con un regalo: unas zapatillas aladas que le permitirían llegar a cualquier parte. Recordaba la intensa mirada de esos ojos oscuros, el silencio que se estableció entre ellos solo roto por el repiqueteo de la fuente en el centro de la cabaña, con la oscuridad cubriendo todo como si eso pudiera distraerlos de lo que verdaderamente estaban haciendo.

Incluso ahora, si se concentra, puede rememorar la sensación de los dedos de Luke trazando el camino de su mejilla hasta el mentón, cómo elevó su mirada para encontrarse con la de él y, en un segundo, el espacio que los separaba dejó de existir.

Solo se había sentido así de inestable dos veces: la primera vez que Luke lo besó y cuando el mismo lo envenenó para revelarse como traidor.

Volvió al presente solo para darse cuenta de que la sensación cálida de su mejilla no era más que su imaginación y que no quedaba nada de lo que alguna vez creyó que tenían. Todo fue un engaño; tenía que recordarlo o no saldría vivo de allí.

Su dedo rozó la cubierta del bolígrafo y lo destapó, transformándolo en espada segundos antes de empujar la puerta con el costado, abriéndose paso esperando encontrar al chico ahí.

Pero no lo hizo.

Al contrario, la sala estaba completamente vacía a excepción del enorme sarcófago de obsidiana negra cubierto de líneas doradas que parecían iluminarse con la presencia del vellocino ya en acción. La idea de que dentro de esa cosa se encontraba Cronos —su alma o lo que fuera que los dioses tuvieran— solo conseguía revolverle el estómago de formas difíciles de explicar.

Tan decidido como estaba, se acercó con la mano extendida, listo para llevarse el objeto mágico, cuando escuchó una voz que le hizo apretar los dientes y ladear la cabeza con dolor. Era una voz extraña que retumbaba en todo su interior como si quisiera meterse en su cabeza, escarbar en su mente hasta dar con un punto débil.

— Perseo… —La voz que se escuchó llamaba su nombre como si lo conociera. Quizás lo hacía; si Cronos se había metido por mucho tiempo en la mente de Luke, estaba claro que acabaría conociendo a Percy de cualquier manera—. Hijo de Poseidón.

— No.

Todos sus esfuerzos por resistirse a la voz se veían extrañamente truncados; era como si una fuerza invisible insistiera en mantenerlo casi inmóvil o demasiado impresionado como para convencerse a sí mismo de moverse.

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