Capítulo 1: Salitre, asfalto y el reclamo de Carmín
El chirrido del acero oxidado contra el hormigón del muelle anunció el fin de la travesía. El ferri de enlace proveniente del archipiélago del sur encalló con pesadez junto a los atracaderos de Ciudad Carmín, despidiendo una densa bocanada de vapor blanquecino que se disolvió en el cielo plomizo de media mañana. Kanto no recibía a sus viajeros con la brisa perfumada de las flores de Melemele ni con el canto templado de los Oricorio; la bienvenida continental era un golpe seco de diésel quemado, salmuera estancada y el estruendo incesante de las grúas de carga descargando contenedores en el puerto comercial.
Entre el tropel de marineros de brazos tiznados, ejecutivos apresurados y turistas que arrastraban maletas con torpeza, una figura descendió por la rampa metálica con la familiaridad de quien ha pisado cientos de puertos idénticos.
Ash Ketchum ajustó la correa de lona desgastada que le cruzaba el pecho. A escasos cinco días de cumplir los diecisiete años, el muchacho de Pueblo Paleta distaba mucho de la estampa infantil que alguna vez corrió tras un Pikachu arisco en las praderas de Kanto. Su complexión se había estirado hasta superar el metro setenta, estilizada y enjuta, moldeada por siete años de marchas forzadas por cordilleras, pantanos y costas. Vestía un chaleco oscuro sobre una camiseta azul de algodón descolorida por el sol implacable de Alola, unos pantalones de carga con costuras reforzadas y rodillas raspadas, y sus viejas zapatillas deportivas, cuya suela comenzaba a pedir relevo tras miles de kilómetros de tierra batida.
En su hombro derecho, Pikachu mantenía las patas firmemente afianzadas, con las orejas gachas y el ceño fruncido por el estruendo de una sirena portuaria.
«Paciencia, amigo. Ya tocamos tierra firme», murmuró Ash, pasándole dos dedos por la base de la nuca con precisión mecánica. El roedor eléctrico dejó escapar un suspiro eléctrico que chisporroteó levemente contra la tela del chaleco, relajando la postura. «Siete horas en esa bodega con olor a grasa de motor le quitan el humor a cualquiera, lo sé.»
A mitad del muelle, un estibador de complexión ancha que arrastraba un carro con redes de pesca se detuvo al verlos pasar, barriéndolo de arriba abajo con la mirada cansada de quien ha visto pasar a mil entrenadores idénticos.
«Oye, muchacho», gruñó el hombre, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. «Si buscas la sede de la Liga para el registro anual, te equivocaste de dársena. Los novatos con aires de grandeza suelen bajar en la terminal norte.»
Ash se detuvo un segundo. Sus marcas de nacimiento en las mejillas, ahora asentadas sobre una mandíbula más afilada y una piel profundamente tostada por el clima tropical, se curvaron en una media sonrisa relajada, desprovista de cualquier asomo de orgullo herido.
«No voy a la Liga, señor. Solo vengo de paso a hacer un encargo», respondió con tono llano, levantando la mano en un saludo casual antes de reanudar el paso sin perder el ritmo.
El estibador soltó un bufido y volvió a sus redes. Ash no le dio mayor importancia. Le gustaba ese anonimato áspero. En las calles de Kanto nadie sabía -ni le importaba- lo ocurrido en el estadio de Manalo. El título de Campeón no era más que un galardón de madera tallada que descansaba acumulando polvo y arena en un estante de la cabaña de Kukui y Burnet, al otro lado del océano. Para el continente, él solo era otro chico errante buscando ganarse el pan o perder el tiempo por los caminos.
Un rugido profundo y cavernoso interrumpió sus pensamientos. No provenía de los almacenes ni de las aguas de la bahía: salía directo de su propio estómago. Pikachu giró la cabeza hacia él, entrecerrando los ojos con una mueca de burla evidente.
«Ni una sola palabra, colega», masculló Ash, apretándose el vientre. «Las raciones del barco sabían a cartón mojado y lo sabes tan bien como yo.»
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Pokemon Viajes: High Touch Y Mas Alla
No FicciónLa amistad de Ash y Dawn mejorara y crecera
