PRÓLOGO- La Chica de la Montaña.

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Yacía bajo la sombra de un árbol, escuchando el suave crujir de los bambús, mientras intentaba recordar cómo había terminado en aquel lugar.

A diferencia del miedo que trataba de ocultar, el bosque respiraba con total tranquilidad. Quería salir de este lugar, pero no podía soportar la idea de perderme aún más de lo que estaba.

Fijé la mirada al cielo sin atreverme a despegarme del suelo. Observé a las nubes que avanzaban con calma y al sol que continuaba con su trayecto.

El tiempo corría... y yo no.

Chasqueé los labios y rasgueé el suelo con frustración mientras cerraba mi puño. Era consciente del paso del tiempo. Sabía que debía marcharme de aquí antes del anochecer.

Me aferré al pasto por una última vez, como si soltarlo fuera caer aún más. Pasaron unos minutos antes de aceptar que nadie vendría a rescatarme. Al final, reuní el valor suficiente y me puse de pie.

Caminé sin dirección fija entre árboles y bambús que parecían torcerse entre las sombras con cada paso que daba. Continué entre el viento y las hojas que caían.

Sabía que apresurarme solo empeoraría las cosas... aun así actué sin pensar.

Como me lo esperaba, terminé perdiéndome en un pequeño claro donde la luz del mediodía se detenía a descansar. Me acerqué más al lugar y analicé sus alrededores.

Un pequeño atisbo de esperanza hizo brillar mis ojos al encontrarme con rocas partidas y troncos caídos. Cualquiera sabría que esto era una señal de que alguien había pasado por aquí.

Comencé a buscar alguna otra señal entre la naturaleza que rodeaba al claro. No necesitaba una persona, me conformaba con encontrar huellas, humo de fogata o más marcas de rasguños sobre los árboles.

Me detuve al encontrar una tajada profunda en uno de los árboles. Me acerqué a él y mi dedo siguió la marca.

El miedo comenzó a volver.

¿Y si eran personas malas?

Aquella pregunta pareció despertar a uno de los matorrales frente al tronco rasgado.

Di un paso hacia atrás y la cosa se agitó con más fuerza.

—Mierda... —tragué saliva.

El sonido del revoloteo se volvió insoportable.

No, no, no...

Me di la vuelta y comencé a correr.

Y entonces algo pareció dispararse desde el arbusto.

Algo que me lanzó contra el suelo y me inmovilizó contra el mismo.

—¿Quién eres? —preguntó una voz firme y femenina—. ¿Un espía...? ¿Un civil perdido?

Mi cuerpo se tensó bajo la fuerza dominante mientras que mi frente se pegaba a la tierra.

—Y-yo no soy ningún espía... —tragué saliva—. Yo me perdí...

La fuerza ejercida sobre mi espalda apenas disminuyó.

—Ya veo... —finalmente me soltó—. Mi maestra dice que los despreocupados son peores que los tontos.

Me quedé callado sin atreverme a girar. No todavía.

—Supongo que tu maestra tiene un punto...

Se rió un poco, luego habló.

—¿Te ayudo a regresar?

La propuesta flotó por mi mente mientras pensaba que responder.

No tardé en ceder.

NUESTRA HISTORIAWhere stories live. Discover now