Arco 1 — El Huérfano Sin Camino
Capítulo 1 — El medallón sin valor
El viento de la madrugada bajaba por las colinas como una mano helada, colándose por las rendijas del orfanato de barro y madera hasta meterse en los huesos de todos los que dormían allí.
Lin Yuan ya estaba despierto.
Siempre lo estaba antes que los demás.
No porque le gustara madrugar, sino porque el frío, el hambre y la costumbre rara vez permitían un sueño profundo. Permaneció unos instantes acostado sobre el jergón de paja, mirando las vigas oscuras del techo. A su alrededor, el aliento de los otros niños se elevaba en pequeños hilos blancos. Uno roncaba. Otro temblaba bajo una manta remendada. Alguien murmuraba en sueños.
Lin Yuan llevó la mano al pecho por pura costumbre y sintió el contacto frío del medallón bajo la ropa.
Era redondo, opaco, sin brillo alguno. A simple vista parecía hecho de un metal barato, tan ordinario que nadie se molestaría en robarlo. No tenía gemas, ni inscripciones claras, ni el peso de los objetos valiosos. Solo era un disco antiguo, grisáceo, con marcas tan desgastadas que apenas parecían sombras de un dibujo olvidado.
Se lo habían encontrado colgado del cuello cuando lo dejaron frente al orfanato siendo un bebé.
Eso era todo lo que tenía de su pasado.
Lin Yuan se incorporó en silencio. Se puso la túnica sencilla que usaba a diario y salió al patio antes de que el resto despertara. La tierra estaba dura por el frío nocturno. El cielo todavía era una masa azul oscura, y solo una franja plateada asomaba en el horizonte.
Tomó los cubos de agua y caminó hacia el pozo con paso firme.
El orfanato estaba en las afueras del pequeño poblado de Piedra Seca, una aldea demasiado pobre para atraer atención y demasiado insignificante para aparecer en los mapas importantes. Las casas eran bajas, de madera vieja y barro endurecido, y la gente vivía aferrada a lo poco que la tierra les daba.
Allí nadie hablaba de inmortales.
Hablaban de cosechas, de inviernos duros, de impuestos, de bestias que robaban gallinas, de comerciantes tramposos y de la Secta de la Nube Gris, la única fuerza realmente poderosa en mil millas a la redonda.
La secta estaba lejos para un campesino, cerca para un sueño.
Lin Yuan se inclinó sobre el pozo, sacó agua y llenó los cubos. Sus brazos se tensaron bajo la tela áspera. Aunque no cultivaba, su cuerpo era más fuerte que el de otros jóvenes de su edad. Había cargado leña, agua, sacos de grano y piedras desde que tenía memoria.
Cuando volvió al patio, la cuidadora del orfanato ya estaba despierta.
La anciana Mei era una mujer delgada, de cabello casi blanco y manos duras como raíces secas. Nunca había sido especialmente cariñosa, pero tampoco cruel. En un lugar como aquel, ya era bastante.
—Otra vez levantado antes que todos —gruñó al verlo—. Algún día te convertirás en un viejo antes de tiempo.
Lin Yuan dejó los cubos junto a la cocina.
—Si espero a que despierten los otros, no tendremos agua caliente hasta el mediodía.
La anciana Mei resopló, aunque en el fondo aquello era un elogio.
—Ve a partir la leña. Y despierta a esos vagos dentro de un cuarto de hora.
—Sí.
Lin Yuan se dirigió hacia la pila de troncos apilados junto a la pared. Tomó el hacha, la levantó y la dejó caer con precisión. El golpe seco rompió el silencio de la mañana.
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La Secta del Heredero Perdido
FantasyEn un mundo inferior olvidado, Lin Yuan creció como un huérfano convencido de que fue abandonado al nacer. Su única pista sobre su origen es un medallón gris, opaco y sin valor aparente, un objeto extraño que nadie en su pequeña región puede reconoc...
