Confesión

30 0 0
                                        

¡Advertencia!

Esta historia es totalmente ficción, y en ningún momento los eventos descritos aquí buscan representar a alguien concreto ni deberán ser usados como ejemplos para resolver situaciones de la vida real. Si pasaste o estás pasando por algo similar, por favor, busca ayuda con un profesional. Como su autor repruebo el uso de este contenido para cualquier acto indebido.

---------------


¡Lo acepto! ¡Estoy loco! ¡Hace mucho que perdí el camino de mi vida y ahora no soy más que un Shaymin ciego, sordo y enajenado! 

¿Cuándo fue que comenzó? Ya no lo recuerdo... La primera vez que vi a ese Cyndaquil, quizás... Después de clases en el aula. Yo era nuevo en la escuela y él llegó a visitar un amigo suyo, creo. No presté atención a sus palabras. Yo esperaba a que mi abuelo terminase de hablar con la maestra para volver a casa. Pero entonces él se me acercó con esa sonrisa pícara y esa voz medio ronca. Con sus ojos rasgados y nariz larga pensé que me echaría bronca, pero solo me ofreció jugar con él en lo que llegaban a recogerle. 

Yo dudé siquiera en hablarle. No había podido conectar con nadie de mi clase y me tocó hacer equipo con la maestra en la última actividad. ¿Por qué alguien de otro grupo iba a querer hablarme? Pero él vio a través de mi confusión y entonces gritó:

—¡Mira lo que me salió en el recreo! 

Y de su bolsita sacó uno de esos tazos que salían en las bolsas de frituras. Yo no entendí bien quién era en ese entonces, pero él juró que sí. Aparentemente se trataba de uno raro, o algo así entendí. Solo sé que se miraba superfeliz de contarme, y no me atreví a cortarle la lengua. Lo escuché paciente y después fue por su mochila a la banca donde antes estaba sentado. Su amigo ya se había ido y solo quedábamos él y yo en el salón.

—¿Quieres jugar? —Abrió sus manos, mostrando una gran cantidad de estos tazos. Yo asentí, aunque no tenía la más mínima idea acerca de cómo debía hacerlo. No tardó mucho en descubrir esto, y me explicó con calma—. Primero ponemos una torre así, y después nos turnamos para pegarle, gana el que voltee más. Toma.

Me prestó uno donde salía un Charizard enmascarado. 

—Gracias —Lo miré detenidamente, su foto se me hacía familiar, pero no pude decir de dónde. Antes de darle más vueltas al asunto, el Cyndaquil apuntó a mi propia mochila y rio chistoso. Era exactamente la misma imagen que la del tazo, pero yo nunca le había puesto atención. Fue solo una mochila que mi abuelito me compró y ya. 

—No lo conoces, ¿verdad? —preguntó con otra risilla—. Bueno, no importa, es mi tazo de la suerte, por eso te dejo usarlo.

—¿De la suerte? —pregunté curioso. 

—Jamás he perdido con él —explicó—. En otros juegos todos los que juegan ponen sus tazos en la torre, y el que voltea más se lleva todos. 

—¿Y no tienes miedo de perder sin él? 

—No estamos jugando para ganar —dijo tras volver a reír—. Incluso perder es divertido cuando lo haces contra un amigo.

Sus palabras fueron lindas, pero más lo fue su sonrisa cuando me llamó su amigo. Hasta ese entonces me sentí yo un extraño incluso en la casa de mi abuelo. Llegué a su casa con olor a medicina por un infortunio de mis padres, y fui más un peso para su desgastada cadera que una bendición en su vida. Pero ahora tenía en mis manos una reliquia, el amuleto más preciado de ese Cyndaquil en aquel tiempo. Lo apreté fuerte, casi con la misma fuerza que usé para no soltar ninguna lágrima. Y tras verlo lanzar a él, lo imité ansioso. 

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: Mar 20 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

Vesania hedonistaStories to obsess over. Discover now