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A tan tierna edad, el mundo de Mina se había reducido al tintineo rítmico de sus cadenas y al vapor gélido que escapaba de sus labios.

Para una niña nacida bajo el sol abrasador del Mar Dothraki, donde el viento olía a hierba alta y caballos, el Norte era una pesadilla de blancura infinita y un frío que mordía los huesos.
Encerrada en la jaula de un traficante de esclavos que se atrevía a cruzar las tierras de los Stark, Mina se sentía doblemente huérfana, no solo había perdido a su khalasar, sino que se encontraba sumergida en un silencio absoluto.

No entendía los gruñidos de sus captores ni las palabras del traficante que la exhibía como una curiosidad exótica. El "idioma común" de Poniente era para ella un ruido áspero, carente de sentido, una barrera invisible que la aislaba del mundo tanto como los barrotes de hierro.

​Cada vez que el esclavista le gritaba o la empujaba, Mina se encogía, buscando en su memoria las canciones de cuna en dothraki que ya empezaban a desvanecerse bajo el peso del trauma. Tenía miedo de las sombras de los pinos frondosos y del aullido de los lobos en la distancia, creyendo que eran demonios de un reino de hielo que venían a reclamar lo poco que quedaba de ella.

​El día de su rescate comenzó con el estruendo del acero y gritos que ella no pudo descifrar.
Desde el rincón de su carreta, vio cómo un hombre de rostro solemne y ojos grises como el cielo de invierno ponía fin a la vida de su captor con una ejecución limpia y severa.
Era Lord Eddard de la casa Stark. Aunque ella no sabía eso.

Cuando la puerta de la jaula se abrió, Mina se pegó a la madera, con los ojos desorbitados por el pánico, esperando un nuevo amo, una nueva forma de dolor.
​Sin embargo, Ned Stark no gritó. Se arrodilló para ponerse a su altura, envainando su espada, Hielo, y extendió una mano enguantada con una lentitud que buscaba no asustar a la pequeña "salvaje".

-No tengas miedo -había exclamado aquel hombre tratando de calmara su miedo. Pero para los oídos de Mina solo sonaron como balbuceos

Al ver que la niña temblaba incontrolablemente, no por el frío sino por el terror puro, Ned se despojó de su pesada capa de piel de lobo y la envolvió con ella. El calor repentino y el olor a cuero y chimenea fueron los primeros gestos de bondad que Mina recibió en meses. Aunque no entendió ni una palabra de lo que el Señor de Winterfell le decía en voz baja, la suavidad de su tono y la firmeza protectora de su presencia le dieron un mensaje universal, el cautiverio había terminado.

Aquel gigante del norte la tomó en brazos y, mientras la nieve caía sobre ambos, Mina hundió el rostro en las pieles de su salvador, comprendiendo que, aunque no hablara su lengua, aquel hombre era su nueva muralla contra el miedo.

Good Luck, Babe! Where stories live. Discover now