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P R Ó L O G O

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:; PRÓLOGO

Hay cosas que un niño no debería tener que entender, pero que aprende a golpes por el destino.

Para Tenko, el primer concepto que cristalizó en su mente no fue el amor, ni el hogar, sino la ausencia. A veces, se paraba frente al espejo del baño, ladeando el rostro bajo la luz parpadeante, buscando un rastro de ella. Su madre biológica era un fantasma sin rostro. Sabía que había nacido de un accidente, de una noche donde el alcohol en la sangre de Hisashi Midoriya había ahogado cualquier sentido de la responsabilidad.

Tenko deseaba, con una desesperación silenciosa, parecerse un poco a ella. Solo para saber cómo era. Solo para tener una prueba de que alguna vez le importó a alguien antes de ser un estorbo.

El recuerdo de su partida era borroso, pero el sonido seguía intacto. Tenía tres años cuando los gritos rompieron la madrugada. Su madre se había enterado de la otra mujer. Hisashi había estado viendo a Inko a sus espaldas, una mujer que ni siquiera sabía que él ya tenía una familia a medias. Tenko recordaba el sonido seco de una bofetada golpeando el rostro de su padre. Luego, una maleta arrastrándose, el portazo final y el silencio.

Su madre lo dejó atrás. Lo miró, quizás con pena, quizás con asco por ser la viva imagen del hombre que odiaba, y simplemente desapareció en la podredumbre de la ciudad.

A Hisashi no le importó. El mujeriego empedernido simplemente se encogió de hombros, se frotó la mejilla enrojecida y siguió adelante, instalando a Inko en la casa como si nada hubiera pasado.

Inko intentó ser amable. Intentó llenar un vacío que Tenko había sellado con cemento. Él nunca la odió, pero sus abrazos se sentían ajenos. Para él, ella era solo una víctima más de las mentiras de su padre, no su madre.

A los siete años, algo cambió. El vientre de Inko comenzó a crecer. En un mundo gris, hostil y carente de significado, esa noticia fue una chispa extraña en la mente del niño. Un hermano.

Tenko pasaba las tardes sentado en el suelo, mirando la panza de Inko desde lejos. Su mente, usualmente oscura y a la defensiva, se permitía divagar. ¿Cómo será? ¿Le gustarán las mismas cosas que a mí? ¿Me mirará como me miran los demás?

El día que nació, el aire en la clínica era pesado y olía a antiséptico barato. Hisashi lo llevó casi por obligación. Tenko caminó por los pasillos con las manos en los bolsillos, alerta, desconfiado de su propio entorno, hasta que llegó a la cuna de acrílico.

Allí estaba.

Era ridículamente pequeño. Frágil. Su piel era suave y tenía un rebelde y minúsculo mechón verde en la cabeza. Tenko se acercó lentamente, casi conteniendo la respiración. Observó cómo el bebé apretaba los puños con una fuerza sorprendente, y cómo encogía los deditos de los pies. Era un ser humano completamente puro en un mundo asquerosamente sucio.

Con mano temblorosa, Tenko acercó su índice a la cuna. Rozó la palma del recién nacido.
Izuku abrió un poco los ojos y, por instinto, cerró su manita alrededor del dedo de Tenko. Apretó con firmeza.

El corazón de Tenko dio un vuelco. El aire se atoró en sus pulmones. Izuku no lo miraba con lástima, no lo miraba con decepción ni con miedo. Lo sostenía. Lo necesitaba. En ese preciso instante, mirando esa pequeña mano aferrada a la suya, Tenko supo que había encontrado su propósito. Lo amó con una intensidad que rozaba lo doloroso.

Un año después, la fragilidad de su aparente familia se rompió por completo.

Hisashi desapareció una noche cualquiera. No hubo gritos ni portazos esta vez. Solo un lado de la cama frío y un armario a medio vaciar. Nunca más volvió.

Inko lloró hasta quedarse sin lágrimas, pero la ciudad no perdona a los débiles. Para poder poner comida en la mesa y pagar un techo en un lugar donde la compasión no existe, Inko tuvo que salir a trabajar en turnos interminables. La casa se quedó vacía de adultos.

Pero a Tenko le encantaba.

Cuando la puerta se cerraba y los pasos de Inko se perdían en la escalera, el departamento se convertía en su propio mundo. El mundo de Tenko e Izuku.

A sus ocho años, aprendió a preparar biberones, a cambiar pañales y a acunar a su hermano cuando lloraba. Disfrutaba cada segundo.

Mientras mecía a Izuku en el silencio del departamento, Tenko lo miraba dormir y le acariciaba el mechón verde. Afuera, la gente era cruel, rota y egoísta. Su padre era la prueba de ello. Su madre biológica también.

Pero Izuku era suyo. Izuku era perfecto.

— No voy a dejar que te rompan — le susurró una tarde, abrazándolo contra su pecho mientras el bebé balbuceaba, ajeno a la oscuridad de su hermano mayor — Nadie va a lastimarte. Yo te voy a cuidar. Solo me necesitas a mí.

Y en el fondo de su mente fracturada, Tenko sabía que esa promesa era la única ley que importaba.

Y en el fondo de su mente fracturada, Tenko sabía que esa promesa era la única ley que importaba

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⚠️❗️ ADVERTENCIAS:

Esta historia puede incluir obsesión, dependencia emocional, manipulación y relaciones familiares disfuncionales. Así como un poco del ship "BakuDeku". Si no te gusta ninguna de estas cosas, te puedes retirar.

Nueva historia cuando ni aún termino la otra jakduejke

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Espero les guste mucho, siempre las hago con amor, pongan sus comentarios y opiniones. 💕

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⏰ Son güncelleme: Jul 06 ⏰

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