Capítulo 1: Un Amanecer de Metal y Olvido

81 5 7
                                        

El traqueteo metálico era lo primero que Nora percibía, un sonido que vibraba en sus huesos, un constante y monótono rugido que la arrancaba de la nada hacia una conciencia fragmentada. Intentó abrir los ojos, pero la oscuridad era absoluta, densa como terciopelo, pesando sobre sus párpados con una fuerza casi física. Un pánico frío comenzó a extenderse por su pecho, apretándole el diafragma. ¿Dónde estaba? ¿Quién era ella?

No había respuestas. Su mente era un lienzo en blanco, una pizarra recién borrada, salvo por la sensación opresiva del encierro y el incesante temblor que la sacudía. Cada fibra de su ser le gritaba que algo no estaba bien, que el vacío en su memoria no era natural. Llevó una mano a su cara, sintiendo la suave piel de su mejilla y el cabello ondulado que caía sobre sus hombros. Rojo, pensó con una extraña certeza, aunque no recordaba su propio nombre, ni cómo había llegado a saber el color de su cabello. Sus dedos rozaron sus ojos, de un color que intuía marrón, aunque en la penumbra asfixiante de su prisión, todo era un matiz indistinguible de la noche.
El aire era rancio y pesado, una mezcla de humedad, metal oxidado y un leve, indescriptible olor a tierra.

Cada pequeño movimiento de la caja en la que iba la hacía tambalear, golpeándola suavemente contra las paredes. Era un espacio reducido, apenas lo suficiente para sentarse, y cualquier intento de estirar las piernas resultaba inútil. Sus manos buscaron apoyo, encontrando superficies frías y rugosas, las uniones de las planchas de metal que conformaban su prisión. Era una caja de metal, sin duda alguna, un ataúd improvisado que viajaba hacia un destino desconocido.

De repente, el ruido cambió. El traqueteo se volvió más lento, chirriante, como el lamento de una bestia inmensa que estuviera frenando su marcha. Las vibraciones disminuyeron, se volvieron intermitentes, y luego, con un último y fuerte golpe metálico, la caja se detuvo bruscamente. Nora fue arrojada sin miramientos contra una de las paredes, y un gemido escapó de sus labios. El impacto le hizo ver estrellas, y por un momento temió haber perdido el poco sentido que le quedaba.

Silencio.

El silencio que siguió era casi más aterrador que el ensordecedor traqueteo. Nora contuvo la respiración, sus oídos zumbando con el eco del viaje, esperando algo. Cualquier cosa. Un murmullo, un grito, el sonido de su propio corazón latiendo desbocado en sus sienes. El miedo se aferraba a ella, un nudo frío en el estómago.

Entonces, una ráfaga de luz cegadora la golpeó. Se encogió instintivamente, levantando las manos para proteger sus ojos del fulgor repentino. La parte superior de la caja se estaba abriendo con un chirrido metálico, revelando un cuadrado de cielo azul intenso que la dejó sin aliento. Nunca había visto un azul así, tan vasto, tan puro, tan diferente a la oscuridad que había sido su única realidad.

Unas siluetas oscuras se agolpaban alrededor de la abertura, recortadas contra la luz del sol. Voces amortiguadas, masculinas, llenaban el aire, pero no lograba descifrar las palabras. El pánico volvió, más fuerte ahora que el vacío del encierro había sido reemplazado por la abrumadora presencia de extraños. ¿Qué querían de ella? ¿Quiénes eran?

Una cuerda gruesa descendió hacia ella, seguida por una figura que se agachó para mirarla. Era un chico, no mucho mayor que ella, con el pelo oscuro y unos ojos curiosos que intentaban penetrar en la penumbra de la caja.

"Mira esto," dijo una voz grave por encima, y Nora pudo distinguir el tono de asombro. "Tenemos una nueva recluta. Y es una chica." Las voces masculinas se alzaron un poco más, en una mezcla de sorpresa y expectación.

El chico de los ojos curiosos le tendió la mano, su expresión una mezcla de cautela y una extraña amabilidad. "Tranquila," dijo, su voz suave y tranquilizadora. "Estás en El Claro."

Nora lo miró fijamente, su mente luchando por procesar las palabras. El Claro. ¿Qué era El Claro? Las preguntas se amontonaban en su cabeza, una maraña de confusiones, pero las palabras se negaban a salir de su garganta, atascadas por el terror y la incertidumbre. Con la mano temblorosa, casi por instinto, la tomó. Sus dedos se entrelazaron con los de él, y sintió una extraña conexión, una chispa eléctrica que la atravesó a pesar de toda la confusión y el olvido. Era una sensación de reconocimiento, un ancla inesperada en un mar de desmemoria.

Mientras el chico la ayudaba a subir, sus músculos tensos por el esfuerzo, Nora sintió el sol en su piel por primera vez, cálido y reconfortante. El viento suave acariciaba su cabello, y el aire fresco llenó sus pulmones, un alivio inmenso después del ambiente viciado de la caja. Sus pies tocaron el suelo, una superficie de tierra blanda y césped, tan diferente al frío metal. Se tambaleó un poco, la luz del sol abrumadora, y el chico la sostuvo firmemente por el brazo.

Sus ojos, que poco a poco se adaptaban a la brillantez del día, comenzaron a distinguir su entorno. Había otros chicos, una docena o más, mirándola con una mezcla de sorpresa y curiosidad, algunos con expresiones endurecidas, otros con un brillo de asombro en sus ojos. Todos eran jóvenes, todos eran chicos. No había ninguna otra chica a la vista.

Y entonces, su mirada se posó en el muro. Un gigantesco y ominoso muro de piedra, cubierto de hiedra, que se alzaba hasta el cielo, tan alto que parecía arañar las nubes. Rodeaba todo el lugar, un perímetro inexpugnable que cortaba el horizonte. Un escalofrío le recorrió la espalda, más profundo que el miedo inicial de la caja. Este no era un lugar normal. Y ella no era una chica normal. La única certeza que tenía era que su vida acababa de empezar de nuevo, en un lugar que no recordaba y rodeada de un misterio impenetrable que la llamaba a cada paso.

Cambio de Realidad Cerita yang bikin terobses. Temukan sekarang