" Prefacio "

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El pueblo de Porto Amarin nunca fue un lugar donde pasaran cosas importantes. Las mañanas olían a café recién hecho, las tardes a sal y las noches terminaban siempre demasiado temprano. La gente nacía ahí, crecía ahí y, la mayoría de las veces, también moría ahí.

Pero no así. No a los dieciocho años.

La iglesia estaba demasiado llena para ser un lunes gris. Las flores blancas cubrían el altar y el murmullo de las personas llenaba el aire con una incomodidad difícil de ignorar.

Todos hablaban en voz baja. Todos susurraban tan alto como si al hacerlo más fuerte pudieran despertar a alguien que ya no estaba.

—Pobre chico... —susurró una mujer en la tercera fila.

—Era tan bueno —respondió otra.

Alma no escuchaba realmente.

Estaba de pie al fondo de la iglesia, con las manos frías y el corazón latiendo tan fuerte que parecía burlarse de ella, porque el suyo seguía funcionando. El de él ya no.

Vio a sus amigos por unos cortos segundos, estaban delante de todo, con la cabeza gacha, el cuerpo totalmente afligido. Pedro parecía shockeado, Chiara abrazaba a Luca, y Luca solo miraba el ataúd con el seño fruncido, como si intentara encontrar otra respuesta que lo convenza más.

Elio Moretti estaba dentro del ataúd de madera clara frente al altar, rodeado de flores que él probablemente habría considerado exageradas.

A él nunca le gustaron las cosas demasiado tristes, a Alma tampoco, pero ahí estaba igual. Inmóvil. Mirando el lugar donde descansaba el chico que había cambiado su vida entera en menos de cinco meses.

El chico que llegó a Porto Amarin con una sonrisa torcida, como si el mundo todavía fuera algo hermoso.

El chico que le enseñó a reír cuando ella había olvidado cómo hacerlo.

El chico que le había prestado sus latidos.

Alma bajó la mirada hacia sus manos.
Todavía tenía la carta. La última.

El papel estaba arrugado por haberlo sostenido demasiado fuerte, pero las palabras seguían ahí, tan claras como cuando las leyó por primera vez.

"Si estás leyendo esto, significa que mi corazón finalmente decidió detenerse."

Alma cerró los ojos, por un momento, entre el olor de las flores y el eco de los susurros, casi pudo imaginarlo otra vez.

Sonriendo.

Como si nada en el mundo estuviera roto.

Como si todavía quedara tiempo.

Pero el tiempo de Elio Moretti siempre fue distinto al de los demás. Y esa fue la primera cosa que Alma Venturi aprendió de él.

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⏰ Última atualização: Mar 06 ⏰

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