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— ¡Elena, concéntrate! —era la cuarta vez que mi amiga, Abigail, me llamaba la atención para hacer el trabajo. Pero sinceramente, encontraba mas divertida la nube en forma de hotdog que raíces y esas tonterías.

Estabamos en mi casa haciendo unos ejercicios para matemáticas, pero como siempre, me terminaba distrayendo por completo.

— Lo siento, ¿De acuerdo? Esque las matemáticas son muy aburridas..

— ¡Claro que no lo es!

— Bueno, no lo es cuando eres la mejor de la clase, pero cuando la maestra te odia y tu supuesta mejor amiga te obliga a estudiarla, se vuelve aburrida a corto plazo.

Rodó los ojos descaradamente.

— Escucha, un solo descanso, ¿Si? Solo salgamos a caminar un rato y cuando volvamos ya estaré centrada.

— ¿Cuánto es "un rato"? —intentó preguntar, pero fue inútil, porque la tomé de la mano y la guie hasta la calle en cuanto la escuché dudar.

Se rindió y empezamos a caminar por el pueblo, que, al criarnos juntas aquí, ya conocíamos de memoria.

— Salir a tomar aire fresco es lo mejor si quieres concentración, sabiduría y... esas cosas

— ¿Sabes que creo?

— ¿Qué?

— Que te lo acabas de inventar.

— No hay crimen sin pruebas.

Paseamos por unos minutos, hasta que simplemente decidimos (o decidió) dar la vuelta para volver, ya que mi plan de distraerla de la tarea había fallado.

Estábamos a una cuadra de mi casa, cuando vimos lo que pasaba en frente de esta.

Una camioneta seguía a un auto negro blindado que se estacionaba en la casa que estaba en frente de la mía, algunas personas empezaron a bajar cajas de la camioneta, y el conductor del auto negro, al asegurarse de que no haya gente a los costados, abrió la puerta de la parte trasera del auto.

Nos miramos las dos como si no pudiéramos creer la locura que veíamos.

¿Quién demonios se estaba mudando?

Un adolescente de cabello rizado salió de el auto aburrido, dirigiéndose para el interior de la casa como si fuera lo más cansador que hizo alguna vez en su vida. Aunque no lo veía bien, ni siquiera podía distinguir su rostro.

— ¿Será millonario o algo? —Me pregunta Abby, aún mirando a los de la camioneta ir y venir con cajas de mudanza.

— No seas tonta, un millonario no se mudaría a un pueblo tan viejo, ni mucho menos en una casa tan pequeña.

De el auto, salieron una pareja, que parecían ser los padres de el primer chico, y dos otros chicos más grandes, con aire divertido.

Nos dejamos de curiosas y entramos a la casa, con mas dudas que respuestas, pero después de muchos ataques de estrés (todos comenzados por mi) pudimos terminar los ejercicios.

Estuvimos unos minutos sin hacer nada en específico, viendo redes sociales y compartiéndonos videos como si no estuviéramos a medio metro, hasta que Abby tuvo que irse a su casa.

La acompañé porque vivía cerca y al llegar de nuevo a mi casa, di una mirada rápida al frente. La camioneta de mudanza ya se había ido, al igual que el auto, aunque tal vez esté en la cochera.

La puerta de la casa estaba abierta, pero no me atrevía a saludar, nunca era la primera vecina en recibir a los nuevos.

Solo se podía ver a la mujer afuera de la casa haciendo unas llamadas, un poco estresada y a el mayor de los chicos usando su teléfono apoyado en el marco de la puerta.

Lo que nunca pudimos terminarStories to obsess over. Discover now