Jhope

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POV JHOPE

La lluvia golpeaba con una rítmica insistencia contra el ventanal de mi estudio, un sonido que en cualquier otro momento me habría servido de metrónomo para componer algo nuevo. Pero hoy, el ritmo se sentía vacío. Me quedé mirando mi reflejo borroso en el cristal, ajustando el cordón de mi sudadera por inercia.
Tengo treinta años, una carrera que ni en mis sueños más salvajes imaginé y millones de personas que me regalan su amor a diario. Pero, ¿sabes? Hay un tipo de silencio que solo aparece cuando se apagan las luces del escenario y las cámaras dejan de parpadear. Un silencio que no se llena con aplausos, sino con el deseo de que alguien te pregunte cómo estuvo tu día, no como "J-Hope", sino como Hoseok.
Quiero enamorarme. De verdad. Quiero esa cursilería de la que hablan las canciones que yo mismo escribo. Quiero sentir que el estómago se me da la vuelta, que el aire me falta y que el mundo se detiene cuando esa persona entra en la habitación.
Y por eso estoy aquí, intentándolo.

Ella es perfecta. No lo digo por decir. Mina es una idol que brilla con luz propia. Es talentosa, su risa es como una melodía afinada y, cuando estamos juntos en este reservado de un restaurante escondido en Cheongdam-dong, cualquiera diría que somos la estampa ideal del éxito.
M: Hoseok-ah, ¿estás escuchando? me preguntó, ladeando la cabeza con una sonrisa que derretiría a medio Seúl.
JH: Claro mentí, forzando esa sonrisa que mis músculos faciales conocen tan bien Decías que el próximo comeback te tiene agotada.
Ella asintió y empezó a juguetear con su copa de vino. Es dulce, es atenta. Incluso nos hemos visto un par de veces en secreto, escapando de los mánagers, ocultándonos bajo gorras y mascarillas como si estuviéramos en una película de espías. Hay una complicidad técnica entre nosotros: ambos entendemos el peso de la fama, el cansancio de las giras, la presión de las listas de éxitos.
Debería funcionar. En el papel, somos la ecuación perfecta.
Me acerqué un poco más a ella, buscando ese "clic". Estábamos a centímetros. Podía oler su perfume, una mezcla de flores blancas y algo caro. Extendí mi mano y cubrí la suya sobre la mesa. Su piel era suave, cálida. Ella me miró con una chispa de anticipación en los ojos, una invitación silenciosa a que este momento fuera el momento.
Y ahí fue donde el vacío se hizo gigante.
Sentí el calor de su mano, sí. Pero no sentí la chispa. No sentí el pulso acelerado. Mi corazón seguía latiendo a su ritmo normal de reposo, como si estuviera sentado en una sala de espera o leyendo un manual de instrucciones.

¿Qué me pasa? Me lo pregunté mientras ella seguía hablando de los ensayos. La miraba y veía a una mujer increíble, alguien que cualquier hombre tendría la suerte de amar. Pero mi alma se sentía como un espectador en la última fila de un teatro, viendo una obra hermosa pero lejana.
Forcé una carcajada ante uno de sus comentarios. La "esperanza" del grupo no puede permitirse un momento de melancolía, ni siquiera en una cita. Pero por dentro, me sentía un fraude

Es esto lo que significa madurar? ¿O es que he dado tanto de mi amor al mundo que ya no me queda nada para una sola persona?

Hoseok, te noto distante hoy dijo , su tono suavizándose. No es tonta; ella también es una artista de las emociones.
JH: Es solo el cansancio. Ya sabes cómo es el estudio respondí, usando la vieja confiable.
Ella apretó mi mano con cariño.
M: Lo sé. Pero me gustaría que cuando estemos juntos, puedas dejar de ser J-Hope.
Esa frase me dolió. Porque eso es precisamente lo que yo quería. Quería que ella fuera el gatillo que liberara a Jung Hoseok. Pero, por alguna razón que no lograba descifrar, la cerradura estaba atascada. La miraba y no sentía esa urgencia de contarle mis secretos más oscuros o mis sueños más infantiles. Sentía que estábamos interpretando un guion muy bien escrito sobre "dos idols saliendo".

Nos despedimos en el estacionamiento subterráneo, un abrazo rápido y un beso en la mejilla que se sintió más como un saludo formal que como una despedida romántica. Ella se subió a su furgoneta negra y yo a la mía.
Mientras mi conductor avanzaba por las calles de Seúl, apoyé la frente contra el cristal frío. Las luces de la ciudad pasaban como hilos de neón.
Quiero enamorarme tanto que duela. Quiero perder el control. Siempre he sido el que mantiene el orden, el que cuida la coreografía, el que ensaya hasta que los pies sangran. En el amor, quiero ser el que se equivoca de paso. Quiero que alguien me desequilibre.
Pero con Mina, todo es demasiado equilibrado. Todo es demasiado... correcto.
Llegué a mi apartamento y el silencio me recibió como un viejo amigo que empieza a caerme mal. Me quité la chaqueta y me serví un vaso de agua. Me quedé mirando el teléfono. Tenía un mensaje de ella: "Llegué bien. Gracias por hoy, Oppa. Desansa".
Le respondí con un emoji de corazón y una frase amable. Mentiras blancas que construyen muros altos.
Me senté en el sofá y cerré los ojos. Me visualicé en un escenario, rodeado de miles de Army. Allí, el amor es explosivo, es una marea que me arrastra. Pero cuando bajo de ahí, busco un puerto donde anclar, y parece que sigo navegando en mar abierto.
¿Y si el problema soy yo? ¿Y si he idealizado tanto el sentimiento que ya no reconozco la realidad? No, no es eso. Sé que existe. Lo he visto en mis padres, lo he leído en los libros que me hacen llorar. Sé que hay un fuego que te quema de forma agradable, no este tibio resplandor que apenas me quita el frío.
Ella es maravillosa, pero no es mi incendio. Y me duele admitirlo, porque tengo tantas ganas de dejar de buscar que casi me convenzo de que ella es el final del camino.

Mañana volveré al estudio. Me pondré la máscara de la energía inagotable. Bailaré hasta que el sudor borre mis pensamientos. Pero en los descansos, cuando me quede solo con mi reflejo en el espejo de la sala de práctica, sabré la verdad.
Algo falla. Y no es ella. Es esta desconexión entre lo que mi mente dice que debería ser perfecto y lo que mi corazón se niega a latir.
Sigo esperando ese momento en que no tenga que esforzarme por sonreír. Sigo esperando a alguien que no solo vea la luz que emito, sino que esté dispuesta a caminar conmigo por las sombras que nadie ve.
Por ahora, solo soy un hombre de treinta años en un apartamento demasiado grande, deseando que el próximo latido sea, por fin, por alguien que me haga olvidar quién se supone que debo ser.

Sweet dreamsOnde histórias criam vida. Descubra agora