Parte 1 : El Azul del Invierno

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El evento en la mansión de los Salvatore era un desfile de hipocresía, pero para Lena, solo era el contrato que salvaría su pequeña pastelería. Mientras terminaba de organizar las bandejas de catering en un pasillo lateral, alejada del ruido de la orquesta, el aire se sintió pesado.

Un joven de la alta sociedad, con el aliento apestando a alcohol y los ojos vidriosos, le bloqueó el paso contra la pared de mármol.

—No seas tímida, pastelera... —balbuceó el tipo, sujetando las muñecas de Lena con una fuerza bruta que la hizo jadear de dolor—. Solo quiero probar algo más dulce que tus postres.

Lena forcejeó, el pánico subiendo por su garganta mientras el tipo se inclinaba para forzar un beso. Pero antes de que sus labios rozaran los de ella, una mano enguantada lo tomó del cuello de la camisa y lo lanzó contra la pared opuesta con una violencia quirúrgica.

—Creo que la señorita no te dio permiso —dijo una voz profunda, cargada de una autoridad que helaba la sangre.

Dos guardaespaldas de aspecto letal inmovilizaron al agresor en segundos. Lena, temblando y con el corazón en la boca, levantó la vista.

Frente a ella estaba Julia Volkova.

Julia vestía un traje oscuro impecable que resaltaba su figura imponente. Su identidad como persona intersexual era un secreto guardado bajo llave, un misterio que solo añadía a su aura de peligro y poder. Pero lo que detuvo el aliento de Lena fueron sus ojos: un azul eléctrico, frío como el hielo siberiano, que en ese momento la escaneaban de arriba abajo con una intensidad perturbadora.

Julia no conocía a Lena. Nunca la había visto. Pero en ese pasillo, rodeadas de sombras y violencia contenida, algo dentro de la mafiosa hizo clic.

—¿Estás herida? —preguntó Julia. Su voz no era amable; era posesiva.

—Yo... estoy bien. Gracias —susurró Lena, sintiendo que la mirada azul de esa mujer era mucho más peligrosa que el tipo que acababa de atacarla.

Julia se acercó un paso, invadiendo su espacio personal. Sus ojos azules bajaron un segundo a los labios de Lena y luego regresaron a los suyos, marcándola como algo de su propiedad.

—Llévenselo —ordenó Julia a sus hombres sin quitarle la vista de encima a la pastelera—. Y tú... asegúrate de que no vuelva a ver la luz del sol.

Julia se volvió hacia Lena y, con un gesto lento, rozó el dorso de su mano por la mejilla de la chica, que todavía estaba pálida.

—Vuelve a tu pastelería, Lena —dijo Julia, leyendo el nombre en el gafete de su delantal—. A partir de hoy, yo soy la única persona por la que debes preocuparte.

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