La noche era fría, llena de promesas vacías.
Las luces estaban apagadas.
La casa estaba en soledad.
Tan solo en la penumbra se lograba ver a una mujer con el rostro cabizbajo.
Tendría al menos unos cuarenta años de edad.
El sufrimiento pareció haberla envejecido algunos años.
Con la voz quebrada, se reclamaba a sí misma:
- ¿Por qué?... ¿Por qué no lo noté?... Tenía un solo trabajo y fallé... - Decía entre lamentos.
El viento soplaba fuerte, la puerta principal parecia burlarse de ella. Con la cara escondida entre las rodillas, se cuestionaba su propia existencia, recordaba una y otra vez la última frase de su hija al salir de casa, sintiendo nuevamente la presión en su pecho al saber que algo estaba mal, pero en ese momento no supo el motivo. Miraba sus manos, imaginando el cabello de su hija enredado entre sus dedos, como cuando solía peinarla, o como la última vez que la tocó... Miró la puerta y recordó como corría hacia la misma cada vez que tocaban, esperanzada...
Una sonrisa triste se dibujó en sus labios y se levantó del suelo caminando hacia el baño con pasos lentos.
La casa estaba descuidada, solo la luz lunar se filtraba por las ventanas empañadas.
Cada paso parecía costarle un año de su vida. Llegó al baño y abrió la puerta, entró lentamente y se miró al espejo; le devolvió un rostro totalmente desconocido.
Llenó la bañera de agua caliente y en ella se adentró aún con ropa, miró al techo y se preguntó:
- ¿Cómo fue que llegué hasta aquí?... - Suspiró.
Cerró los ojos abrazando el silencio, la culpa y el peso en sus hombros desaparecía lentamente. Ya no sentía dolor.
- Estaremos juntas, mi amor... Como siempre tuvo que ser... Como siempre tuvo que permanecer. - un sueño inminente invadió todo su ser.
Pero... ¿Qué sucedió?... Todo fue tan rápido, todo fue tan... Trágico...
Le prometió a su madre volver, y ella confió en su palabra, aún consciente de que su hija acostumbraba a mentir.
Esta vez, no fue la excepción. Pero aún había una pregunta vagando... ¿Cómo llegaron a eso?
