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Hora de salida, la marea humana brota de los edificios y toma las calles del centro de la ciudad. Vista desde el vértigo del último piso, la imagen recuerda a una colonia de insectos; arrastrados, sin saberlo, por un campo electromagnético invisible. Como los escarabajos, piensa Violeta, acodada en el balcón de cristal del Chatsubo, situado en la cima de la CitiTower. Unos quinientos metros de altura la separan del suelo. Le sudan las manos. No sería la primera persona en estrellarse contra el asfalto y estropear con su sangre los uniformes almidonados de la fuerza laboral citadina. Los suicidios de las alturas son el pan de cada día en la gran metrópolis, sobre todo en fin de mes, cuando se producen la mayoría de los despidos. Violeta ahuyenta esos pensamientos de su cabeza y regresa a la mesita reservada para esperar a Kuwale, su última esperanza para no añadir su nombre a las estadísticas de desempleo del país.

Debiste quedarte en casa —se recrimina—. ¿Y si es uno de esos ganchos para afiliarte a una secta? El Chatsubo huele a especias y jengibre, la fragancia se mezcla con las notas del erhu para estimular la sinestesia. Violeta estudia la concurrencia con su ojo clínico de investigadora e intenta establecer una norma al grupo: Mujeres y hombres de edad ambigua (gracias a los últimos avances en microcirugía, calcular la edad de alguien a partir de su aspecto se ha vuelto una costumbre anacrónica e infructuosa), cuerpos delicadamente esculpidos por el gimnasio y los potenciadores químicos, embebidos en conversaciones la mar de interesantes. Un área para mascotas, un área para niños, ¿cuál es cuál? Hace unas semanas almorzaba tranquilamente junto a los estudiantes de posgrado en el comedor del instituto: jóvenes de mirada inquieta y oriundos de países del tercer mundo, tan diferentes a los parroquianos selectos del Chatsubo. Se muerde el labio inferior. Si Kuwale la deja plantada, todo estará perdido. Tendrá que formarse en la Oficina de Empleo, que debería llamarse Oficina de Desempleo (o Antesala del Manicomio, mucho más apropiado). Allí a nadie le importará cuántos trabajos suyos fueron aceptados en revistas de renombre internacional. Conque así se siente la desesperación.

Una pintoresca mujer la sustrae de sus pensamientos. Aparece parada del otro lado de la mesa con la gracia y firmeza de una estatua griega. Menuda, de rostro aniñado y penetrantes ojos púrpura. El tono dorado de su piel es sin duda producto de la melanoterapia y el ángulo de su nariz es fruto del ácido hialurónico. Hace un par de años, Violeta leyó un artículo de discusión sobre las implicaciones éticas de la difuminación étnica, la nueva moda entre las celebridades de internet. Cada vez más personas acudían en busca de modificar sus rasgos y pertenecer a la nueva etnia neutra, potenciada con edición CRISPR. Donde algunos advertían la nueva mutación del racismo y el transhumanismo, otros vislumbraban una intersección entre el activismo y la cirugía cosmética. Violeta tiene que parpadear dos veces ante su primer encuentro cara a cara con una mujer post-racial. 

Desacostumbrada al trato humano fuera del laboratorio, se pregunta si debe ponerse de pie o quedarse sentada para recibirla. Con un gesto educado, Kuwale toma asiento en la silla desocupada. Apenas hay espacio para ambas en la mesa pues ya no se fabrican muebles tan grandes como antaño. Una mesera se acerca presurosa sosteniendo un escáner y mapea la lengua de ambas como si estuviera leyendo un código de barras del supermercado. Regresará en un santiamén acompañada de dos platos de comida diseñada milimétricamente para saciar el paladar de cada una.

Es la primera vez que Violeta pisa un establecimiento de esta categoría. Endereza su espalda y adopta los manierismos de la etiqueta y la civilidad para agradar a una completa desconocida. La vida social es una performance, piensa. Kuwale cruza las manos sobre el mantel individual, el esmalte de uñas transparente y los anillos con formas geométricas le confieren a sus manos un aspecto artificial. Violeta repara en uno que tiene la forma de un ojo lleno de serpientes. Nunca había visto algo así.

No hacen falta presentaciones, ambas se conocieron previamente por mensaje. Hace un par de días, Violeta había recibido un aviso en tono amigable: el corte de las subvenciones a su línea de investigación. El mensaje estaba firmado por Kuwale. Kuwale es lo que en argot coloquial se conoce como una carroñera: una analista freelance especializada en predecir los movimientos del mercado laboral. Una gurú dedicada a monitorear el desempeño laboral al interior de las empresas para calcular quién será despedido y quién será contratado con escaso margen de error. La presencia de Kuwale en cualquier organización es un mal presagio para los trabajadores.

—Pero no todo son malas noticias. Al contrario, los recortes son lo mejor que te pudo pasar.

Kuwale pronuncia cada palabra con esmero. El refinamiento es una estrategia de intimidación. Y está dando resultado. Violeta trata de esbozar una respuesta inteligente, digna de una académica en ascenso, pero la lengua se le traba y decide que lo mejor es renunciar al artificio y ser honesta.

—No entiendo...

Kuwale niega con la cabeza, divertida. Para suavizar la espera, la mesera trae una jarra de agua natural con hielo. El vidrio está perlado de apetitosas gotitas heladas.

—Eres muy afortunada, Violeta. Y no tienes la menor idea de cuánto. Intenta relajarte, ¿quieres? Tus hombros y tu mandíbula están demasiado tensos. El estrés es malo para la piel, ¿sabías? Bebe un poco de agua. Conmigo puedes estar tranquila. Soy algo así como tu ángel de la guarda. Sé que has considerado ir a la Oficina de Empleo. Ni se te ocurra, ¿entendido? Estás sobrecalificada para casi cualquier compañía convencional. Excepto para una.

Violeta sabe que es verdad. Desde temprana edad se había interesado en la programación de sistemas orgánicos, no en el diseño de interfaces biológicas, eso era tarea de los genetistas, sino en la modificación directa de redes neuronales. Era un campo bien establecido. Por eso se esforzó en tomar sendas inexploradas y estudiar los mecanismos de comunicación extralingüística. Se había inspirado en las colonias de insectos, capaces de organizarse colectivamente mediante señales hormonales. Naturalmente, todos sus conocimientos perdieron valor cuando se anunció el recorte a todos los programas sin aplicaciones armamentísticas o comerciales. Por eso no termina de entender adónde quiere llegar la analista.

Kuwale se inclina hacia delante y habla en voz baja.

Ellos te buscarán, Violeta. Estudié tu currículum de pies a cabeza. Y cumples con todos los requisitos.

—¿Quiénes? —Es la única pregunta que se le ocurre.

—Nadie lo sabe. Es una empresa bastante discreta. No hay nombres ni direcciones públicas. Pero sí dejan un rastro. Todos en el gremio conocemos su modus operandi. Han estado contratando científicos de todas las ramas desde hace un año. Cerebritos con intereses excéntricos. Gente como tú. Un día están desempleados y al siguiente son borrados de cualquier base de datos laboral como por arte de magia. Ellos los reclutan. Los he estado estudiando. He tratado de desenmascararlos. No me gusta la gente que actúa en las sombras, ¿sabes? Son malos para el negocio. En mi búsqueda, encontré a una chica con un perfil bastante parecido al tuyo que trabajaba para ellos. Aurora R. Neuro-programadora, igual que tú. Se graduó y comenzó a ofrecer sus servicios a cualquier persona dispuesta a pagar. Hasta que alguien la contrató siguiendo el mismo esquema. Tienen que ser ellos. Estoy cien por ciento segura. Los rumores dicen que pagan mejor que nadie. Por eso son tan exclusivos.

Finalmente, llega la comida. Para Violeta, láminas de hamachi crudo con leche de tigre y yuzu. Para Kuwale, medallón de res con foie gras bañado en vino. El aroma les abre el apetito y ambas acometen sus respectivos platillos con diligencia. Violeta se limpia la comisura de los labios con una servilleta y mira, ceñuda, a su interlocutora:

—A ver si entendí. Dices que hay una empresa anónima contratando científicos en secreto. La gente como tú, los analistas laborales, han estado intentando cazarlos a través de los candidatos que reclutan. Y tú diste con una que se dedica a lo mismo que yo.

—Exactamente.

—Lo que no me queda claro, es cómo estás tan segura de que me contratarán a mí. Si esa empresa es tan reservada como dices, no tendrán publicadas sus vacantes.

—Oh, pero sí hay vacantes. Es la parte que todavía no te digo. ¿Recuerdas el nombre de la chica? ¿Aurora? Pues te tengo excelentes noticias, hace un par de días murió en un accidente de tránsito. Y eso significa que ellos estarán buscando a su reemplazo —Kuwale clava el tenedor en la carne, mira directamente a Violeta y le dedica una sonrisa de fotografía—. Felicidades.

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⏰ Última actualización: Feb 28 ⏰

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