Parte I El encuentro y el secreto

3 0 0
                                        

                                                                       1- La primera flecha

El aire en el campo de tiro siempre me parece distinto. Más denso, más pesado, como si cada respiración cargara con la expectativa de la siguiente flecha. Ajusto el arco entre mis manos y siento el pulso en mis muñecas, ese mismo pulso que los médicos dicen que late con irregularidad. Yo lo ignoro. Aquí, frente al blanco, todo parece ordenarse.

Respiro. Estiro la cuerda. Suelto.

La flecha corta el aire y se clava cerca del centro. No perfecto, pero suficiente para recordarme que aún puedo. Que todavía hay algo en mí que responde con precisión.

—Buen tiro —escucho detrás de mí.

Me giro y lo veo por primera vez: un chico de mirada intensa, sonrisa nerviosa, como si hubiera estado esperando el momento exacto para hablarme.

—Soy Diego —dice, y su voz tiene esa mezcla de timidez y entusiasmo que me desarma más que cualquier flecha desviada.

No sé qué contestar. Parte de mí quiere sonreír, dejarlo entrar. Otra parte, la que late irregular en mi pecho, me recuerda que no debo. Que no puedo. Que no es justo.

—Gracias —respondo al fin, breve, como quien cierra una puerta con cuidado.

Diego no se va. Se queda observando, como si cada movimiento mío le importara demasiado. Y yo, mientras preparo la siguiente flecha, siento que el verdadero blanco no está frente a mí, sino justo ahí, en sus ojos.

El entrenamiento termina y guardo mi arco con la misma delicadeza con la que uno guarda un secreto. Camino hacia la salida, pero Diego me sigue.

—¿Siempre entrenas aquí? —pregunta.

—Casi todos los días.

—Yo... siempre te veo. No me atrevía a hablarte.

Ese comentario me asusta lo cual el nota en seguida yo no creí haber gesticulado mi cara pero cuando lo voltee a ver después de ese comentario su cara cambio por completo.

-no me refiero a que te veo aqui...Me refiero a... que te veo en... las competencias- dijo con cierto titubeo de nerviosismo

Su sinceridad me golpea más fuerte que cualquier diagnóstico. Hay algo en su forma de mirarme que me hace sentir visto, y eso me asusta.

—¿Por qué ahora? —pregunto, intentando sonar indiferente.

—Porque hoy tu flecha también tocó el centro. Y pensé que si podía acercarse tanto, yo también podía.

Sonrío, aunque intento ocultarlo. Diego ríe, y su risa es ligera, como si no conociera el peso que llevo en el pecho.

Esa noche, en mi habitación, repaso la escena una y otra vez. El arco, la flecha, su voz. Me pregunto qué pasaría si le contara la verdad: que mi corazón es un reloj defectuoso, que cada latido podría ser el último. Pero no lo hago. Prefiero que me vea como un arquero, no como un paciente.

Me acuesto y cierro los ojos. El silencio me recuerda que la vida es relativa: hoy puedo estar aquí, mañana no. Y sin embargo, algo en mí quiere creer que mientras Diego siga mirándome así, el azar puede esperar.

Despues de entrenar los 3 dias posteriores al encuentro de aque chico extraño que se acerco, y que no podido sacarme de la cabeza, trato de indagar en mis recuerdos haberlo vistoen algun otro lugar de esta ciudad.

Las huellas que permanecenStories to obsess over. Discover now