Capitulo 1 : El Peso del Silencio

24 1 0
                                        

El pasillo que conducía al Jingshi estaba bañado por la luz tenue de la tarde, esa luz dorada que en Cloud Recesses siempre parecía filtrada a través de hojas de bambú y siglos de serenidad. Pero Lan Sizhui no sentía serenidad alguna. Cada paso que daba hacia la morada de Hanguang-jun era un latido más fuerte en su pecho, una mezcla de respeto inquebrantable y una necesidad que ya no podía contener.

Había esperado. Había sido paciente, como le enseñaron. Durante años había aceptado las medias verdades, los silencios elocuentes, las miradas que evitaban las suyas cuando ciertas preguntas flotaban en el aire. Pero aquella mañana, una anciana en Caiyi Town había tomado su mano con dedos temblorosos y había susurrado un nombre que no era el suyo.

A-Yuan.

Y le había puesto en la palma un juguete de madera, gastado por el tiempo y los dedos de algún niño, con la certeza absoluta de que pertenecía a aquel pequeño que una vez correteó por los Campos de Arroz.

El juguete quemaba en el bolsillo interior de su túnica mientras se detenía frente a la puerta entreabierta del Jingshi. Respiró hondo. Era un discípulo Lan. Debía mantener la compostura. Debía...

—Entra.

La voz de Hanguang-jun, siempre serena, siempre controlada, llegó desde el interior. Sizhui obedeció, empujando la puerta con manos que, traicioneramente, temblaban.

Lan Wangji estaba sentado frente a la mesa baja, una taza de té intacta frente a él. El qin descansaba a un lado, como siempre. Sus ojos dorados se elevaron para encontrar los de Sizhui, y por un instante, el joven creyó ver algo parecido a la preocupación en ellos. Pero era tan fugaz que pudo haber sido un juego de luces.

—Hanguang-jun.

La reverencia fue perfecta. La voz, firme. Pero Lan Wangji conocía a ese joven desde que era un niño pequeño que se aferraba a su túnica con fiebre y miedo. Conocía cada matiz de su voz. Y aquella firmeza era una máscara.

—Siéntate.

—Prefiero permanecer de pie.

El silencio cayó entre ellos, denso, incómodo. En todos los años que llevaba como discípulo, Sizhui nunca había rechazado una invitación de Hanguang-jun. El gesto, por pequeño que fuera, era una declaración.

Lan Wangji no insistió. Simplemente esperó, como esperaba siempre, con una paciencia que podía durar horas, días, vidas enteras. Pero esta vez, Sizhui no podía esperar más.

—Hanguang-jun —comenzó, y su voz ya no era tan firme—. Usted... no tiene nada que decirme.

Las palabras colgaron en el aire. No era una pregunta. Era una acusación envuelta en respeto, un golpe contenido.

—Sobre mi origen.

El silencio de Lan Wangji se volvió diferente. Ya no era la pausa paciente de siempre. Era un muro que se levantaba, una defensa. Sus dedos, posados sobre la mesa, se tensaron imperceptiblemente.

—Me niego a creer —continuó Sizhui, y ahora su voz sí temblaba, apenas— que todo lo que sé es todo lo que hay. He sido paciente. He confiado. Pero...

Sacó el juguete del bolsillo interior. Era un pequeño conejito de madera, toscamente tallado, con las orejas desgastadas y una pata trasera casi inexistente. Lo colocó sobre la mesa, frente a Lan Wangji, con una reverencia que dolía.

—Esta mañana, una anciana en Caiyi me detuvo. Me miró como si viera un fantasma. Y me llamó A-Yuan. Me dio esto. Dijo que era de un niño que ella cuidó, hace muchos años, en los Campos de Arroz. Dijo que ese niño... desapareció.

La Verdad Where stories live. Discover now