Dicen que el poder no se hereda, se conquista.
Y que, una vez que lo tocas, ya no hay forma de limpiarte las manos.
Nunca creí que mi vida terminaría entre los muros de una mansión donde el silencio pesa más que las palabras, donde cada sombra parece observarte y cada respiración puede ser la última. Yo era abogada. Creía en la ley, en la justicia, en el orden. Hasta que conocí a Edison.
Él no era un hombre común. Su presencia llenaba el aire, su voz podía ser tan suave como una caricia o tan letal como una bala. Tenía el tipo de poder que no se pide, se impone. Y, aun así, lo que más me desconcertó no fue su frialdad, sino la humanidad que intentaba ocultar detrás de ella.
Lo conocí por accidente, o tal vez por destino. Un contrato, una reunión, una decisión que parecía insignificante. Pero bastó una sola noche para que mi mundo se fracturara. Desde entonces, cada paso que di me acercó más a su oscuridad... y a la mía.
Porque el peligro no siempre llega con un arma en la mano. A veces llega con una mirada, con una promesa, con un "confío en ti" que suena más a sentencia que a halago.
No sé en qué momento dejé de temerle y empecé a temerme a mí misma.
No sé cuándo el deber se convirtió en deseo, ni cuándo el deseo se volvió una condena.
Solo sé que, en su mundo, el amor no redime.
El amor destruye.
Y yo estaba a punto de descubrir cuánto puede arder una mujer cuando se enamora del hombre que todos llaman el diablo.
