El olor a ozono y tierra mojada. Gritos. El latido de un corazón contra su mejilla. Una mano que la aprieta con desesperación. Luego, el frío del suelo y el silencio.
—Estefany...
El nombre resonó en la oscuridad como un susurro roto.
—¡Estefany! —un grito desgarrador, y luego nada.
Estefany abrió los ojos de golpe, el corazón golpeándole las costillas como un pájaro atrapado. La alarma del celular la devolvió al presente con su pitido estridente. Su mano, con el reflejo de años de práctica, encontró el botón para apagarlo. El silencio que siguió fue un alivio.
Permaneció unos segundos en la cama, respirando hondo, sintiendo la textura familiar de su cobija. Sus ojos se posaron en el peluche de Donatello que descansaba en la almohada, mudo y absurdo. Sin pensar, lo tomó, lo besó en la frente de tela y lo abrazó un momento contra su pecho.
La pesadilla se desvaneció lentamente, pero el eco de aquella voz—¿quién había gritado su nombre?—se negaba a irse del todo. Como siempre.
Se levantó con un movimiento ágil. La ducha fue rápida y eficiente: el agua caliente le relajó los hombros, que siempre estaban tensos, y el vapor empañó el espejo. Al salir, su reflejo le devolvió la imagen de una joven de facciones finas y marcadamente asiáticas: ojos grandes y rasgados, de un tono marrón oscuro que a la luz se volvían avellana; cabello negro y lacio, aún goteando; la herencia de su padre japonés y su madre mexicana fusionada en una piel clara con subtono cálido.
Se vistió con la precisión de quien conoce su uniforme de memoria: sudadera crop top lila claro, pantalón de tiro alto en morado oscuro. Se sentó en el borde de la cama y, antes de calzarse los tenis blancos y morados, revisó la caja de medicamentos que descansaba en su mesita de noche. Pastillas para la presión. Para la tiroides. Para el corazón. Todas en su lugar, todas con la fecha de caducidad vigente. Cerró la tapa con un clic y guardó la caja en el cajón.
Luego, con un trapo húmedo, limpió sus zapatos hasta que brillaron. Siempre empezaba por la punta izquierda. Siempre. Cada movimiento era metódico, una pequeña victoria sobre el caos.
En la cocina, el mundo se ordenaba. Abrió la nevera y el aire frío le dio en la cara. Los utensilios—un sartén antiadherente, una espátula de silicona, un tazón de acero inoxidable—estaban en su lugar.
—Uno: abrir el huevo. Dos: batir. Tres: temperatura media... —murmuró en voz baja, contando los pasos mientras el chisporroteo del huevo al caer en el aceite caliente llenaba la cocina.
No preparó uno, sino dos sándwiches: el suyo y el de su papá. También, con una dedicación que rozaba lo ceremonial, hizo un omelette para él, con queso y jamón, y sirvió un vaso de jugo de naranja recién exprimido.
Caminó por el pasillo hasta la habitación de su padre. Abrió la puerta con cuidado. La persiana estaba entreabierta, y un rayo de luz matutino iluminaba el rostro de Braulio, que dormía profundamente, la respiración pausada y ronca. Su uniforme de policía colgaba de la silla, y las ojeras que sombreaban sus ojos incluso en sueños delataban las horas extras.
Dejó el desayuno en la mesita de noche, junto a un vaso con agua y una nota adhesiva. Tomó el bolígrafo, dudó un segundo si añadir un corazón o no, y finalmente lo hizo con una sonrisa: "Tómate el té para la garganta. Te quiero, pa. ❤️"
Luego se inclinó y, con una suavidad infinita, le dio un beso en la frente.
—Nos vemos, pa —susurró, casi sin voz.
Al salir de la casa, un coche la esperaba. La ventanilla del lado del conductor estaba bajada y Ben asomaba su cabeza, su cabello castaño con degradado grisáceo alborotado, el ceño fruncido con impaciencia.
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Yoso
FantasyEstefany lleva una vida normal: clases, amigos, pijamadas y la rutina de una adolescente cualquiera. Su único problema es la pesadilla recurrente que la despierta cada noche-un terremoto, gritos, una voz que la llama desde la oscuridad. Pero cuando...
