Capítulo 1 - Sandro

2 0 0
                                        


Necesito huir.
Necesito huir.
Necesito huir.
Lo repito hasta que deja de sonar como súplica y empieza a sonar como orden.
Rezar, ¡no!
Rezar ya no sirve. Si algo dejó claro la trompeta es que nadie está escuchando plegarias. Solo inventarios.
-¿Dónde diablos está mi arma?
La voz me suena ajena. Más vieja.
No importa cuándo sea mi turno. No importa cómo juzguen, pero no será aquí, no frente a ellos, no como un animal acorralado en su propia sala.

Revuelvo cajones, tiro libros, empujo la mesa, finalmente encuentro debajo del mueble donde está nuestra foto.

Treinta años, treinta malditos años.
Y ahora todo el mundo sabe, no por pruebas, no por investigaciones, no por confesión,por una trompeta hermosa.

El arma pesa menos de lo que recordaba, o quizá soy yo el que pesa más, no pienses en eso, no ahora.

-¿En qué estabas pensando?

En nada, en todo, en sus manos entrelazadas, no escuché,nunca escuché.

Sacudo la cabeza,no tengo tiempo para nostalgias, El jefe Jonny debe estar ocupado, seis calles más allá había traficantes, sin mencionar a Damián y esa mujer, Susan... cuatro años de golpes. Hay cosas más urgentes que un hombre que cometió un error hace treinta años, cuatro meses y veintitrés días, lo conté, siempre lo cuento, porque si lo convierto en número, parece más lejano.

-Mierda...

Todo por esa maldita trompeta.
Durante esos minutos sentí cosas que no debía sentir, hambre que no era mía, miedo que no era mío, y el último latido de ella.

-No!

No pienses en eso, antes de que vengan por mí tengo que desaparecer.
Llaves,documentos, dinero, eso es todo ,el arma, eso es todo, ahora solo debo desaparecer, la casa está demasiado silenciosa, como si supiera, abro la puerta y ahí están, en el pasillo, sus padres
el capitán no grita, no tiembla, no me apunta con nada, eso es peor.

Doña Elsa me mira como si ya no quedara nada por romper, se acabó.

--------------------------------------------------
--------------------------------------------------

ALBERTO

El arma está descargada.
Lo sé porque siempre lo estuvo.
Sandro jamás lo notó.
Durante años la dejó en el mismo cajón, debajo del mueble con la fotografía. Durante años pensé en entrar a esa casa, cargarla y esperar a que volviera.
Nunca lo hice.
Treinta años es tiempo suficiente para imaginar muchas venganzas.
Sandro sostiene ahora esa misma pistola como si fuera un salvavidas.
También tiene una maleta.
Va a huir.
Lo supe en cuanto abrimos la puerta del pasillo.
Dora está a mi lado. No dice nada. Nunca necesitó decir mucho para que yo entendiera lo que pensaba.
Los vecinos miran desde sus puertas entreabiertas. Nadie se acerca.
Después de la trompeta, todos aprendimos a reconocer cuándo una historia no nos pertenece.
-Sandro -digo.
El hombre frente a mí envejeció más de lo que recordaba. El miedo le endurece el rostro.
Su mano roza el arma.
-No tienen que hacer esto -dice.
Hacer qué.
Ni siquiera él lo sabe.
-Sabemos -responde Dora con suavidad.
La palabra cae entre nosotros como una piedra.
Sabemos.
Sabemos cómo murió nuestra hija.
Sabemos lo que ella decidió la noche anterior.
Sabemos lo que tú no escuchaste.
Sabemos lo que hiciste después.
Sabemos cómo viviste estos treinta años.
El silencio se alarga.
-Todos lo saben -gruñe Sandro de pronto.
Su mano golpea la empuñadura del arma.
-¡Todo el maldito mundo lo sabe ahora!
No levanto la voz.
-No vamos a detenerte si quieres escapar.
Eso lo desconcierta.
-Pero queríamos hablar contigo antes.
Sandro se queda inmóvil unos segundos. Sus ojos se clavan en los míos, buscando algo.
Encuentra lástima.
Lo sé porque veo cómo su expresión cambia.
-Ah -dice con una risa amarga-. Claro.
Su voz se vuelve más dura.
-Está bien. Pueden mirarme así. Con lástima. Supongo que para ustedes es una buena noticia, ¿no?
Aprieta los dientes.
-Ahora saben que el infierno existe. Y saben exactamente quién va a ir primero.
No respondo.
Porque no es eso lo que veo cuando lo miro.
Veo a un hombre que se condenó hace treinta años.
Pero Sandro sigue hablando.
-Yo también sentí cosas durante la trompeta, ¿saben?
Su voz sube.
-Sentí cómo practicaba con el rifle. Sentí cada vez que imaginó dispararle en las piernas al bastardo que pensaba que había convencido a su hija para fugarse.
Mi mandíbula se tensa.
-Sentí cómo quería ahorcarlo con sus propias manos.
Los vecinos no dicen nada.
-Sentí cómo años después ya no quería matarlo. Solo ignorarlo. Ni siquiera hablarle cuando llegara con sus nietos.
Sandro ríe.
-Porque el bueno de Sandro la estaba esperando, ¿verdad?
La risa se vuelve áspera.
-Treinta años esperando.
-¡Suficiente!
La palabra sale de mí antes de pensarlo.
La voz de un coronel no necesita volumen para detener a un hombre.
Sandro se calla.
Durante un segundo pienso en todas las veces que imaginé este momento.
En todas las formas en que podía terminar.
También pienso en la trompeta.
En lo que sentí.
En sus noches vacías.
En su casa silenciosa.
En los años que se negó a tocar a otra mujer.
Respiro.
Busco las palabras correctas.
No somos jueces.
No somos Dios.
-Sandro -digo finalmente-. Nosotros no somos nadie para juzgarte.
Él abre la boca para responder, pero Dora se adelanta.
Por primera vez desde que llegamos.
Su voz es tranquila.
Casi maternal.
-Te perdonamos -dice- por asesinar a nuestra hija en un arranque de celos.
El silencio que sigue es más pesado que cualquier grito.

-------------------------------------------------
-------------------------------------------------
DORA

Dora observaba a Sandro con atención.
Desde que las trompetas habían sonado, algo en él parecía haberse roto.
Era como si conociera cada palabra que se decía... pero no pudiera aceptar su verdadero significado.
Por un instante, muchas emociones cruzaron su rostro.
Primero una sonrisa irónica.
Luego negación.
Después ira.
Tal vez era una broma.
Tal vez una trampa.
Las trompetas habían revelado demasiadas cosas al mundo, pero aun así... el corazón humano seguía siendo capaz de aferrarse a la mentira.
Dora habló con suavidad.
-Sandro... todos aquí lo saben.
Él no respondió.
-Todos saben lo difícil que fue tu vida -continuó ella-. Y también saben algo más.
Sandro levantó la mirada, con los ojos cansados.
-Saben que la única vez que sonreías de verdad... era cuando estabas junto a ella.
El silencio alrededor se volvió pesado.
-Gracias a las trompetas -dijo Dora- también sabemos de la conversación que ella tuvo con nosotros aquella noche.
Sandro apretó los puños.
-Tú también lo sabes -añadió ella.
Su voz no tenía reproche. Solo tristeza.
-Ella iba a rechazar a Julio.
El rostro de Sandro se quebró.
-Esa carta... tal vez fue solo una primera reacción. Pero después habló con nosotros. Decidió continuar con su matrimonio.
Dora bajó la mirada.
-Por eso al principio nos negábamos. Por eso nos dolió tanto. Creímos que habíamos fallado como padres... que usamos las palabras equivocadas... que la empujamos a tomar una decisión que no quería.
Sandro rompió en llanto.
Habían pasado días desde que la verdad salió a la luz.
Días sabiendo que aquello era cierto.
Pero aferrarse a la mentira era más fácil.
No preguntó.
No quiso escuchar explicaciones.
Solo apuntó.
Y cuando creyó que le mentían...
Disparó.
Nunca volvió a usar esa arma después.
-No... -murmuró entre lágrimas-. No... no...
Se negaba a aceptarlo.
Dora respiró hondo.
-Recuerdo el primer día que la cargué -dijo con una leve sonrisa triste-. Era tan pequeña... y lloraba tanto.
Contó un par de recuerdos breves. Momentos simples.
La primera vez que caminó.
La primera vez que dijo "mamá".
-El amor de una madre... -susurró- es más fuerte que cualquier otra cosa.
Alberto, a su lado, asintió en silencio.
Su rostro era solemne, pero sus ojos estaban vidriosos.
-Yo soñaba con llevarla al altar algún día -dijo finalmente-. Siempre pensé que encontraría al hombre correcto... alguien a quien pudiera confiarle su felicidad.
Miró a Sandro.
-Pensé que eras tú.
Sandro cerró los ojos con fuerza.
-Y fallé -dijo con voz rota-.
Levantó la mirada, completamente destrozado.
-La asesiné.
El silencio se hizo absoluto.
-Y merezco cada cosa horrible que me suceda después de mi juicio.
Dora negó lentamente con la cabeza.
-No es así.
Sandro la miró, confundido.
-Tal vez Dios vea algo más -dijo ella-. Él sabe cuánto sufriste después. Sabe cuánta gente ayudaste para intentar expiar tu pecado. Cuántas personas salieron adelante gracias a tus consejos.
Dora dio un paso hacia él.
-Nosotros te perdonamos, Sandro.
Las palabras parecieron golpearlo más fuerte que cualquier acusación.
-Independientemente de todo -continuó-. Entendemos lo que pasó. Entendemos tu dolor.
Alberto asintió.
-Y eso tiene que valer algo.
Sandro negó entre lágrimas.
-Puede que Dios me perdone... -susurró-. Puede que ustedes también.
Su voz se quebró.
-Pero el resto del mundo no.
Bajó la cabeza.
-Y yo tampoco.
Respiró hondo.
-Mi lugar en el juicio... es solo uno.
Condenado.
Durante unos segundos nadie dijo nada.
Las personas alrededor, que habían estado observando en silencio, comenzaron poco a poco a asentir.
No con juicio.
Sino con comprensión.
Luego, lentamente, volvieron a sus asuntos. A su último día.
Dora dio un paso más y abrazó a Sandro.
Alberto se unió al abrazo.
-Aún queda un día -dijo Dora en voz baja-.
-Un día como familia -añadió Alberto.
Sandro no respondió.
Pero por primera vez desde que sonaron las trompetas...
No se apartó.




el día final Où les histoires vivent. Découvrez maintenant