Epilogo

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~•.•~

¡¡ANTES DE EMPEZAR LEE CON ATENCIÓN!!

Este fanfic no está basado en hechos reales, y no intento incomodar a nadie. Si me inspiré en personas reales pero esta es una realidad ficticia. Habrá temas sensibles como, enfermedades y confirmado que habrá escenas +18, o diálogos explícitos. si no te gusta no te recomiendo leerlo.
Ahora si disfruten 🤍☕️❄️


























El despertador suena a las seis y media, como todos los días.
No lo odio, pero tampoco lo amo. Es solo parte de la rutina, como el vapor que se acumula en el vidrio de la ventana o el ruido lejano de los autos despertando a Seúl conmigo.

Vivo sola en un departamento pequeño, pero ordenado. No porque sea obsesiva, sino porque me gusta saber dónde están las cosas. Me da paz. Hay plantas cerca de la ventana —las pocas que sobreviven al invierno— y una mesa de madera que compré de segunda mano cuando me mudé acá.

Me levanto despacio, todavía con el cuerpo tibio por las frazadas. El invierno se siente incluso adentro. Camino descalza hasta la cocina y pongo agua a hervir. Mientras espero, miro el celular.

Un mensaje de mi hermano mayor.

—¿Comiste bien ayer? Hace frío. Abrigate.

Sonrío.

Siempre es así. No importa que ya sea adulta, que tenga trabajo estable, que viva sola desde hace años. Para él, sigo siendo alguien que puede olvidarse de comer o salir sin bufanda.

—Sí, oppa. No te preocupes— le respondo.

No tengo padres.
Nunca me gustó decirlo así, porque suena definitivo, como una puerta cerrada. Prefiero pensar que simplemente... no están. Mi hermano fue lo más cercano a una familia desde que tengo memoria. Él se quedó cuando podría haberse ido. Por eso, aunque no lo diga en voz alta, siempre le voy a deber más de lo que puedo pagar.

Me visto con ropa cómoda. Nada especial. Un sweater grueso, medias térmicas, el abrigo largo que ya empieza a verse gastado en los bordes. Me ato el pelo sin mirarme demasiado al espejo. Nunca fui de esas personas que se quedan observándose. Estoy bien así.

Antes de salir, reviso la mochila: cuadernos, marcadores, stickers, algunos dibujos que los niños me regalaron y que nunca tiro. Salgo cerrando la puerta con cuidado, como si alguien pudiera despertarse dentro.

La calle está fría, pero no hostil. El aire duele un poco al respirar. Me gusta eso. Me recuerda que estoy despierta.

El jardín queda a quince minutos caminando. A esta hora, la ciudad todavía no está del todo viva. Hay cafeterías abriendo, gente apurada, vapor saliendo de las bocas. Pienso en detenerme por algo caliente, pero decido que no. Llegar temprano me gusta más.

Cuando entro al jardín, el olor me envuelve de inmediato: desinfectante suave, plástico de juguetes, algo dulce que nunca supe identificar. Me saco el abrigo y lo cuelgo en el perchero. Prendo la luz del aula.

Me gusta llegar antes que los niños. Es el único momento de silencio real.

Ordeno las mesas pequeñas, preparo las hojas del día, acomodo los juguetes como si fueran a despertarse también. Hay algo profundamente reconfortante en este ritual. Acá todo tiene sentido. Acá sé qué hacer.

Poco a poco, empiezan a llegar.

Risas, pasos torpes, mochilas enormes para cuerpos tan chicos. Saludos desordenados, abrazos repentinos. Me agacho, escucho historias que no siguen ningún orden lógico, celebro dibujos que parecen garabatos pero que para ellos son el mundo.

Hago lista mentalmente, como siempre.

Uno por uno.

Y entonces lo noto.

Falta una.

Miro la puerta otra vez, por costumbre más que por preocupación. Hay días en los que los niños faltan. Resfríos, viajes, berrinches matutinos. Nada grave.

Aun así, me quedo mirando el espacio vacío unos segundos más de lo necesario.

No pasa nada, me digo.

Sigo con la mañana. Canciones, actividades, pintura. Uno de los niños se mancha la ropa y llora como si fuera el fin del mundo. Otra se queda dormida apoyada sobre la mesa. La vida sigue, pequeña y enorme al mismo tiempo.

Pero en algún momento, mientras recojo crayones del piso, vuelvo a pensar en ella. En su silla vacía. En cómo ayer no quería soltar la mochila.

No es preocupación.
Es solo... una nota mental.

Cuando llega el recreo, saco mi termo y tomo un poco de té caliente. Me acerco a la ventana del pasillo. Afuera, el invierno sigue ahí, inmóvil, como si no tuviera prisa por irse.

Faltan dos meses para que terminen las clases.

Siempre pienso que el tiempo en el jardín se mueve distinto. Los finales llegan rápido, incluso cuando uno no está listo. Me digo que no pasa nada, que los niños siempre vuelven, que todo sigue.

No tengo grandes planes para hoy. Después del trabajo, volver a casa, cocinar algo simple, tal vez llamar a mi hermano si no está ocupado. Una noche normal.

Una vida normal.

No hay nada especial en este día.
Nada que me haga pensar que algo va a cambiar.

Y sin embargo —aunque no sabría explicarlo— hay una sensación extraña en el aire. Como si el invierno, de alguna forma, estuviera esperando

Cuando el invierno nos encontró Stories to obsess over. Discover now