El pasillo del ala de oncología del hospital central siempre me había parecido un túnel diseñado para extraerle el alma a cualquiera que tuviera la desgracia de recorrerlo. No era solo la iluminación, aunque esas luces fluorescentes —con su zumbido eléctrico constante y su parpadeo casi imperceptible— terminaban por instalarse detrás de los ojos hasta que olvidabas lo que era el silencio absoluto. Era el ambiente. Había algo en el aire, una densidad compuesta por el olor a desinfectante industrial, a comida rancia que viajaba en carritos de metal y a ese aroma dulzón y metálico que solo tienen los lugares donde la muerte es una visitante habitual.
Caminaba sobre el suelo de linóleo, de un color crema amarillento que parecía haber absorbido el cansancio de miles de pies antes que los míos. Cada paso que daba resonaba en mis oídos como un martillazo. El ruido de mis propios zapatos contra el suelo era lo único que me recordaba que todavía habitaba este cuerpo, que todavía ocupaba un espacio físico en un mundo que, desde hacía media hora, ya no me pertenecía.
Tenía el sobre en la mano. El papel era grueso, de una textura ligeramente rugosa y fría. Los bordes me cortaban la yema de los dedos, una molestia mínima que buscaba con desesperación para sentir algo que no fuera ese vacío gélido que me nacía en el estómago. Lo apretaba con tanta fuerza que el papel empezaba a arrugarse bajo mis nudillos blancos. No necesitaba abrirlo de nuevo. Las palabras escritas en esa tipografía aséptica y profesional se habían quedado grabadas en mi retina como si alguien las hubiera marcado con hierro incandescente: "Etapa IV", "Metástasis", "Sin respuesta al tratamiento previo".
Apenas tenía veintitantos años. Hace solo unos meses, mi mayor preocupación era la factura de la luz, el caos de mi apartamento compartido o esa punzada de ansiedad al pensar en un futuro laboral incierto. Me sentía invencible, como todos a esa edad, creyendo que el tiempo era un recurso infinito, una cuenta bancaria que nunca se vaciaría. Pero el Dr. Aris acababa de cerrar esa cuenta de un plumazo. Me había hablado con una voz suave, cargada de una compasión profesional que me resultó insultante. Había usado palabras como "calidad de vida" y "cuidados paliativos", términos elegantes que en realidad significaban: «Prepárate para decir adiós».
Caminaba en piloto automático hacia los ascensores, tratando de no mirar a las personas con las que me cruzaba. Veía a enfermeras caminar a paso rápido con bandejas de medicación, sus uniformes azules chirriando ligeramente con el movimiento. Veía a familiares sentados en bancos de madera, con rostros cenicientos y ojos fijos en la nada, esperando noticias que probablemente nunca serían buenas. Sus voces me llegaban como un murmullo lejano, un zumbido indistinguible, como si estuviera atrapada debajo de una capa de hielo muy gruesa mientras el resto del mundo seguía respirando arriba.
Llegué al bloque de ascensores del ala sur, una zona donde la actividad parecía detenerse un poco. Pulsé el botón de bajada con un dedo que no podía dejar de temblar. Me quedé allí, mirando el número digital cambiar lentamente. 5... 4... 3... En ese breve espacio de tiempo, mis lágrimas, que habían contenido la presa durante toda la consulta, finalmente rompieron su cauce. No fue un llanto ruidoso; fue una derrota silenciosa. Eran pesadas, calientes y constantes, resbalando por mi barbilla y cayendo sobre el sobre, humedeciendo el papel y deformando la tinta de mi nombre.
Me sentía ridícula llorando frente a una puerta de metal, pero mi garganta estaba cerrada con una llave que yo misma había tirado. No quería que nadie escuchara mi agonía. No quería ser otra estadística más en los pasillos de este edificio maldito. Me aferraba a mi bolso como si fuera un escudo, tratando de controlar el temblor que ahora recorría mis hombros.
Ding.
El sonido fue como un disparo en la quietud del pasillo. Las puertas metálicas se deslizaron hacia los lados con un chirrido perezoso, revelando el interior del cubo de acero inoxidable. El ascensor no estaba vacío, y la imagen que me devolvió me obligó a detener el pie justo antes de entrar.
YOU ARE READING
Sentencia de Sangre
RomanceÉl es el hombre más peligroso de la ciudad, un fantasma sin rastro digital que vive entre cadenas y sombras. Yo soy una mujer con una sentencia de muerte dictada por los médicos, atrapada en un cuerpo que me traiciona día tras día. Nos conocimos en...
