El sol mañanero se filtraba a través de las hojas densas de aquellos árboles ancestrales que se extendían al azar por el vasto jardín del Clan Zenin. Goku, con sus ocho años recién cumplidos, corría descalzo por el césped húmedo, sintiendo cómo la tierra y césped rozaba y se pegaba entre sus dedos. El aire arrastraba el olor a lluvia reciente, mezclado con el aroma dulce de las flores silvestres que crecían en desorden alrededor de los senderos de piedra y en la pradera del jardin. Para él, este era su lugar favorito: un lugar donde nadie lo vigilaba, donde podía ser un guerrero invencible luchando contra monstruos imaginarios salidos de su mas pura imaginación.
¡Toma esto!- gritó Goku, lanzando un puño al aire con toda la fuerza que sus brazos delgados podían reunir. Imaginaba que frente a el, un dragón enorme, con escamas relucientes y aliento de fuego exhalando de sus fauces, retrocedia ante su ataque. En su cabeza, el golpe resonaba como un trueno, haciendo temblar el suelo y extendiendo una ráfaga de viento que recorría valles y montañas -Pero en la realidad, solo consiguió que una hoja cayera de un árbol cercano, aterrizando suavemente sobre su cabeza negra y desordenada-.
La bestia le esquivo saltando al lado cuando la línea de destrucción que el "poderoso" humano había logrado realizar en su contra, e inmediatamente contraatacó descargando su aliento ardiente que conecto de lleno en el niño, mismo que al finalizar aquel ataque salio disparado de la cortina de humo que dejo el fuego.
El dragon sorprendido trato de arremeter nuevamente, esta vez con un zarpazo con una fuerza y velocidad colosal, aun así, para el infante no era problema. Un golpe directo que choco contra las garras del dragon bastó para que las mismas estallaran como cristales y dieran el impulso suficiente para que el niño diera un segundo impulso que lo dejo por encima del dragon.
La criatura, ya desesperada cargo nuevamente su aliento de llamas y cuando estuvo cerca de lanzarlo Goku descendió con una fuerza imposible golpeando la cabeza de la bestia, estampandolo contra el suelo y acabando con esta al instante.
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Se rió a carcajadas mientras se revolcaba en el suelo luego de haber derrotado a aquella bestia. Su risa era cálida como el sol y pura como la luz, el tipo de sonido que llenaba el jardín como si fuera el lugar ideal para cualquiera, donde las preocupaciones fueran nada. Goku siempre había sido así: lleno de energía, inquieto como un mono, siempre hambriento de más. Y hambriento en mas de un sentido claro está, pues su estómago rugió de pronto, recordándole que no había comido desde el desayuno hace ya algunas horas.
Vaya... Pelear con el dragón me dejo con el estómago vacío- murmuró para sí mismo, frotándose la barriga con incomodidad.
Miró alrededor en busca de algo para picar. El jardín del clan era enorme, más grande que cualquier casa que hubiera visto en las raras visitas al pueblo cercano, podría incluso decir que aquel jardin era mas extenso que el propio pueblo aledaño. Había arbustos lejanos con bayas rojas y brillantes, pero Goku sabía que no debía tocarlas -una vez, una sirvienta le había dicho que eran "para los rituales, no para niños glotones como tú"-. Sonrió ante el recuerdo. Glotón. Le gustaba esa palabra; le hacía sentir como un héroe de una historia que alguien le leyó antes de dormir, sobre un mono que arrasó con cada uno de los melocotones de un arbol y tras ello conseguía inmortalidad.
Llegó al borde mas cercano del jardin, aquel que daba directo al complejo principal del clan, y alli gateó bajo un arbusto bajo, ignorando las ramas que ensuciaban y rasgaban la tela que conformaba su vestido. Ahí, escondido en el suelo, encontró un durazno caído, maduro y jugoso de un arbol cercano. Lo levantó triunfante, como si fuera un tesoro
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