El concierto ya llevaba más de media hora y Phineas estaba oficialmente en su límite.
Calor.
Empujones.
Gente gritando desafinada.
—Esto es un infierno —murmuró, secándose la frente.
BallJet, a su costado, asentía con la cabeza.
—Hermano, si esto sigue así me voy a sentar en el piso y que Dios decida.
Delante de ellos estaba Pou.
Sentada.
Tranquila.
Cantando como si el mundo no fuera un caos.
Celular en alto, live prendido.
—Amigos, miren esto, está INCREÍBLE —decía sonriendo.
Phineas la miró de arriba abajo, claramente fastidiado.
—Oe... —dijo entre dientes—. ¿Por qué ella está sentada ocupando todo el espacio?
BallJet se inclinó un poco para mirar mejor.
—Bueno... sí ocupa.
Primer empujón.
Pou se movió apenas.
—Uy, cuidado —dijo sin voltear.
Segundo empujón.
Pou bajó el celular y giró lentamente.
—Oye, tranquilo pues.
Phineas la miró con una sonrisa falsa.
—Es que no hay espacio.
—Sí hay —respondió Pou—. Solo no empujes.
BallJet soltó una risa burlona.
—Fácil para ti decirlo.
Pou frunció el ceño.
—¿Por?
Phineas suspiró exageradamente, como si estuviera cansado de explicar algo obvio.
—Mira, sin ánimo de ofender, pero si ocupas más espacio... deberías pagar doble entrada.
Silencio.
El live seguía grabando.
—¿Perdón? —dijo Pou, incrédula—. ¿Qué acabas de decir?
—Lo que escuchaste —respondió él—. Es lógica básica.
BallJet asintió, nervioso.
—O sea... no lo dijo tan mal.
Pou abrió los ojos como platos.
—¿Me estás diciendo gorda?
—Yo no he dicho eso —respondió Phineas—. Tú lo estás interpretando así.
—Claro —respondió ella, sarcástica—. Porque decir que pague doble entrada es súper respetuoso.
La gente alrededor empezó a mirar.
Algunos ya grababan.
Otros solo escuchaban, chismosos.
—Amigos —dijo Pou al celular—, literal me acaban de decir que debería pagar doble entrada por mi cuerpo.
—Ay, ya, no exageres —dijo Phineas—. Siempre hacen show por todo.
Eso fue el detonante.
—¿SHOW? —repitió Pou—. ¿Sabes qué? Vete a la mierda.
Empujón.
Manotazo.
Caos breve.
—¡Oe! —gritó BallJet—. Tranquilos.
La seguridad apareció como siempre: tarde y confundida.
—Ya, ya, separen —ordenó uno.
Phineas y BallJet fueron empujados hacia atrás.
Pou quedó adelante, respirando fuerte.
—Esto es una falta de respeto —dijo ella al live—. Vine a disfrutar, no a escuchar comentarios asquerosos.
El concierto siguió.
Como si nada.
Minutos después, las luces bajaron de golpe.
El estadio entero gritó.
Bad Bunny apareció entre sombras y el beat empezó a vibrar en el pecho.
Pou dejó de hablar.
Dejó el drama.
Dejó el live.
Solo cantó.
Phineas la vio desde atrás, apoyado en la baranda, con el corazón todavía acelerado por la pelea... y por ella.
Entonces Bad Bunny cantó:
—No sé si es casualidad que yo me sienta así...
Pou cerró los ojos un segundo, llevándose la mano al pecho.
—Siempre que tú estás cerquita de mí...
Phineas tragó saliva.
Algo se le movió por dentro.
No rabia.
No molestia.
Otra cosa.
BallJet lo miró de reojo.
—Oe... —dijo—. Te quedó gustando, ¿no?
Phineas no respondió.
Solo avanzó entre la gente.
Pou abrió los ojos justo cuando sintió la presencia.
Volteó.
Se encontraron la mirada.
—¿Vienes a molestar otra vez? —preguntó ella, con media sonrisa.
—No —dijo él—. Vengo a dejar de hacerlo.
La música seguía.
—Me tiraste hate —añadió Pou—. Bien feo.
—Lo sé —respondió Phineas—. Fui un imbécil.
Ella cruzó los brazos.
—Y ahora, ¿qué?
Él dio un paso más cerca.
—No sé si es casualidad —dijo, señalando el escenario—, pero me sentí así desde que te vi.
Pou lo miró, sorprendida.
—¿Así cómo?
—Molesto... nervioso... raro —admitió—. Como cuando alguien te gusta y no sabes qué hacer con eso.
El coro explotó.
Las luces parpadearon.
—¿Y por eso me dijiste que pague doble entrada? —preguntó ella.
—Sí —respondió—. Estúpido método de defensa.
Pou soltó una risa suave.
—Eres un caso.
—Sorry por el hate de antes —dijo él—. Me gustaste desde el primer momento.
Silencio.
La música subió.
La gente gritó.
Pou se acercó despacio.
—Dicen que los que se odian... se aman —murmuró.
—¿Tú crees? —preguntó Phineas.
Ella no respondió.
Solo lo besó.
Un beso rápido.
Intenso.
Las luces del estadio parpadearon justo cuando el verso terminó.
El ruido era ensordecedor, pero para ellos dos todo se volvió silencio.
Pou todavía estaba cerca.
Demasiado cerca.
Phineas no se movió.
No dijo nada.
Solo la miró.
—No me mires así —susurró ella—. Me vas a confundir.
—Ya lo hice —respondió él, sin apartar los ojos.
La música seguía de fondo, grave, envolvente.
Bad Bunny cantaba, pero Phineas solo escuchaba su propia respiración... y la de ella.
Pou levantó la vista lentamente.
Quedaron cara a cara.
Tan cerca que podía contarle las pestañas.
Tan cerca que cualquier movimiento era una decisión.
—Si vuelves a decir algo estúpido... —murmuró ella.
—No voy a hablar —respondió él—. Lo prometo.
Y entonces pasó.
El beso no fue rápido.
No fue impulsivo.
Fue lento.
Primero apenas un roce.
Después, más profundo.
Como si ambos estuvieran comprobando que era real.
Phineas llevó una mano al rostro de Pou, con cuidado, como si el mundo pudiera romperse si se apresuraba.
Ella no se alejó.
Al contrario, se acercó más.
El estadio gritó.
Las luces explotaron.
Phineas apoyó su frente contra la de ella, sin separarse del todo, y con la voz baja, casi cantando, le dijo:
—Esta noche en la cama va a haber turbulencia...
Pou soltó una risa suave contra sus labios.
—Eres un descarado —susurró.
—Lo sé —respondió—. Pero mírame a los ojos y dime que no lo sentiste.
Ella no respondió con palabras.
Lo besó otra vez.
Más lento.
Más intenso.
Como si todo el hate, la pelea, los empujones y los gritos se hubieran convertido en otra cosa.
Algo inevitable.
Cuando se separaron, Pou lo miró fijamente.
—Sorry aceptado —dijo—. Pero no vuelvas a tirarme hate así.
—No lo haré —respondió Phineas—. Es que me gustaste desde el primer momento... y no supe manejarlo.
Ella sonrió.
—Dicen que los que se odian se aman.
—Entonces somos el cliché completo —dijo él.
La música subió.
El coro terminó.
Y justo cuando las luces volvieron a cambiar...
Desaparecieron.
Como si el concierto ya no fuera lugar para ellos.
Como si la historia tuviera que continuar... en otro lado.
Aparecieron en la vereda como si nada.
Luces amarillas.
Bocinas.
Lima de madrugada.
Pou todavía lo tenía cerca.
Demasiado cerca.
—¿Esto sigue siendo parte del concierto? —murmuró, riéndose nerviosa.
—Ojalá —respondió Phineas—. Pero creo que ahora es la parte peligrosa.
No esperaron más.
Un taxi frenó en seco.
—¿A dónde? —preguntó el chofer, mirándolos por el espejo.
—Hotel Asturias —dijo Phineas, sin despegar la vista de Pou.
Apenas cerraron la puerta, el mundo volvió a desaparecer.
El beso regresó sin aviso, sin pausa, como si el cuerpo les pidiera ponerse al día por todo lo que se contuvieron antes.
No había espacio.
No había tiempo.
Pou se acomodó sobre él, riéndose entre besos.
—Oe... —susurró—. Estamos en un taxi.
—Exacto —respondió Phineas—. Ese es el problema.
Las manos no sabían quedarse quietas.
No hacían nada indebido, pero todo se sentía indebido.
Risas ahogadas.
Respiraciones rápidas.
Frentes chocando.
—Te juro que si seguimos así... —dijo ella, mordiéndose el labio.
—No me amenaces —respondió él—. Que no pienso parar.
El taxi avanzaba mientras ellos se olvidaban del trayecto.
El chofer carraspeó.
—Jóvenes...
Silencio incómodo.
—Les voy a cobrar cincuenta soles más —añadió—. Por distracción.
Pou se separó apenas, roja de la risa.
—¿Cincuenta?
Phineas sacó la billetera sin pensarlo.
—No importa —dijo—. Yo pago.
El chofer negó con la cabeza.
—Juventud...
La puerta se abrió frente al hotel.
El aire frío los golpeó de golpe, pero no apagó nada.
Al contrario.
Phineas apoyó la frente contra la de Pou antes de bajar.
—Ahora sí —murmuró—. Sin interrupciones.
Pou sonrió, todavía agitada.
—Advertido estabas.
Entraron al hotel tomados de la mano, despeinados, respirando raro, tratando —sin éxito— de parecer normales.
La recepcionista levantó la vista.
—Buenas noches.
Pou intentó soltarse, pero Phineas no la dejó.
—Buenas —respondió él, tranquilo, como si no vinieran besándose desde el taxi.
—¿Reserva? —preguntó ella, tecleando.
Phineas negó con la cabeza.
—Quiero la mejor habitación que tengan —dijo—. Por dieciocho horas.
Pou giró la cabeza lentamente.
—¿Dieciocho?
Él le sonrió de lado.
—Para no apurarnos.
La recepcionista arqueó una ceja, acostumbrada a todo... pero igual curiosa.
—Tenemos la suite premium.
—Perfecto —respondió Phineas sin dudar.
—Incluye jacuzzi privado, barra de pole dance, sofá rojo...
Pou abrió los ojos.
—¿Sofá rojo?
—...y accesorios —continuó la recepcionista, neutral—. Esposas incluidas.
Silencio.
Pou lo miró.
Phineas la miró a ella.
Se sonrieron.
—La queremos —dijo él—. ¿Cuánto?
Mientras pagaba, Pou se acercó a su oído.
—Estás loco.
—Desde el concierto —susurró—. Pero tú no te quejas.
Ella negó, mordiéndose el labio.
—No... no me quejo.
La recepcionista les entregó la tarjeta.
—Disfruten su estadía.
Phineas tomó la llave y jaló a Pou suavemente hacia el ascensor.
Las puertas se cerraron.
El silencio duró exactamente dos segundos.
—No me mires así —dijo Pou, apoyándose contra la pared.
—No puedo evitarlo —respondió él, acercándose—. No después de todo esto.
El ascensor subía lento.
Demasiado lento.
Phineas apoyó la frente contra la de ella.
—Dieciocho horas —murmuró—. Creo que no van a ser suficientes.
Pou sonrió, respirando agitada.
—Entonces no perdamos tiempo.
Las puertas se abrieron.
La noche recién empezaba.
YOU ARE READING
Un amor creciente entre pou y phineas
Short StoryUn amor que crece cada vez más durante y después de un momento incómodo en el concierto de bad bunny en Lima. Del odio al amor, hay un solo paso no? Y del estadio nacional al hotel Asturias también?
