Elian Vörk no se detuvo cuando escuchó su nombre. Continuó cerrando el estuche metálico sobre la mesa, con la misma precisión con la que cerraba todas las cosas que no le interesaban prolongar. Solo cuando el clic resonó en el salón, levantó la vista.
—Elian... yo solo quería saber si tú... si nosotros...
La voz de ella temblaba, no por miedo, sino por esperanza. Eso era lo que más le incomodaba.
Detrás de la pared de vidrio esmerilado permaneciste inmóvil. Habías llegado por accidente, escuchado la confesión sin buscarla, y ahora te escondías como si el sonido de tu respiración pudiera romper algo sagrado. Te llevaste una mano al pecho y te obligaste a guardar silencio. Interrumpir sería imperdonable.
Elian suspiró, no con cansancio, sino con una calma peligrosa.
—No —dijo al fin—. No hagas esto.
La palabra cayó limpia, sin crueldad ni adornos. Como una puerta cerrándose.
Ella dio un paso adelante.
—¿Ni siquiera lo intentarías?
Él ladeó la cabeza, observándola como se observa un error que se detecta a tiempo.
—¿Intentar qué? —respondió—. ¿Perder el control? ¿Dudar? ¿Mentirme?
Se acercó lo suficiente para que ella pudiera verlo bien. Sus ojos no eran duros, eran claros. Demasiado claros para ofrecer consuelo.
—El amor no construye —continuó—. Desarma. Te vuelve torpe. Te hace esperar cosas de personas que no pueden cumplirlas. No me interesa vivir así.
Detrás del vidrio cerraste los ojos. No porque estuvieras de acuerdo, sino porque esas palabras te dolían. Dolían de una forma que no sabías explicar. No eran para ti... y aun así parecían atravesarte.
La chica frente a Elian tragó saliva.
—Yo no quería atarte —susurró—. Solo caminar contigo.
Él retrocedió medio paso. Ese gesto mínimo fue más contundente que cualquier grito.
—Caminar juntos implica detenerse cuando el otro cae —dijo—. Y yo no me detengo por nadie.
Hubo un silencio largo. Irreversible.
Ella asintió, rota pero digna, y se marchó sin mirar atrás.
Elian esperó a que la puerta se cerrara antes de volver a su mesa. Solo entonces te permitiste moverte. Apoyaste la frente contra el vidrio frío, sin hacer ruido, como si el mundo acabara de revelarte una verdad que no estabas lista para aceptar.
Elian permaneció de espaldas, inmóvil.
No sabía que alguien había escuchado.
No sabía que alguien, en silencio, acababa de empezar a verlo.
Te separaste del vidrio con cuidado. Sentías el pulso acelerado, como si hubieras sido tú quien acababa de ser rechazada. Ajustaste la respiración antes de salir de tu escondite. No querías que él notara nada. No querías que supiera.
Cuando abriste la puerta, Elian se giró apenas. Sus ojos se cruzaron con los tuyos por un instante demasiado largo para ser casual.
—No sabía que estabas aquí —dijo.
Negaste con la cabeza, bajando la mirada.
—Yo tampoco sabía que iba a escuchar eso.
Él asintió, aceptando la respuesta sin pedir explicaciones. El silencio volvió a instalarse entre ustedes, distinto ahora, más cargado. Pasaste a su lado y sentiste algo extraño, una certeza incómoda: no era indiferencia lo que lo rodeaba, sino una muralla construida con disciplina y miedo.
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Mini historias T/N
Novela JuvenilMini historias T/N no es solo un libro: es un umbral. Entre sus páginas se despliegan relatos breves donde la fantasía respira, el romance arde en silencio y la ciencia ficción pregunta más de lo que responde. Cada historia es un mundo compacto, int...
