"La Justiciera de Plata"

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Un frío cortante, más penetrante que el hielo de las montañas del norte, precedía a la princesa Bavilo de Secremice. Por los majestuosos corredores de mármol blanco del palacio, el gentío se desvanecía como la bruma ante el sol abrasador. Nadie se atrevía a cruzar su camino, ni guardias, ni sirvientes, ni cortesanos. Todos conocían ese fulgor fucsia en sus ojos, un color que, en la calma, evocaba los atardeceres estivales, pero que ahora centelleaba con la promesa de un tormenta sangrienta. Su cabello, una cascada de plata casi gris, flotaba tras ella como un estandarte de guerra.

Su destino eran los aposentos de su hermanastra, la princesa Ariana. Hermanastra. La palabra le hervía en la mente, amarga y precisa. Ariana, hija legítima de la Emperatriz y el Emperador, sangre pura de la dinastía. Ella, Bavilo, hija de la Concubina Roja y el soberano. Un estigma que siempre la siguió, pero que nunca la doblegó. Sin embargo, lo que la impulsaba ahora no era el rencor por su cuna, sino una furia justiciera que le quemaba las entrañas.

El rumor había llegado a sus oídos como un veneno lento, y tras verificar su veracidad, se había transformado en lava. Su hermana menor, la bella, vanidosa y caprichosa Ariana, había ido demasiado lejos. No se trataba ya de su grotesca colección de "joyas"-hombres poderosos que, hechizados por su belleza liliputiense, abandonaban honores para ser sus concubinos. Eso era una frivolidad repugnante, pero una frivolidad consensuada. Bavilo desdeñaba esa farsa, pero no intervenía. Si Ariana ansiaba tanto el trono que ambicionaba con sus encantos, que lo intentara. Bavilo no peleaba por una corona que consideraba una jaula dorada.

Pero esto... esto era diferente. Esto era un crimen.

Se detuvo ante las gigantescas puertas de ébano de los aposentos de Ariana, talladas con escenas de lujuria y conquista. Ni llamó. Con un golpe seco de su puño, las empujó de par en par.

El aroma a incienso cargado, vino dulce y carne sudorosa la golpeó. La escena era un cuadro de decadencia deliberada. Ariana yacía sobre una montaña de cojines de seda, en un estado de desvestir provocativo. Rodeándola, como perros guardianes adoradores, estaban sus más preciadas "joyas": el hosco Duque Nell Phantom, de mirada asesina; el exótico príncipe Efrit Karsia, con su piel color ámbar; el imponente Comandante Haun Baek, el llamado hada de la luna; y el astuto Raymond Amber, cuyos ojos calculadores lo registraron todo. Todos hermosos, todos poderosos, y en ese momento, todos patéticamente reducidos a mascotas que miraban a su ama con devoción canina.

-La sangre les fluye más a la entrepierna que al cerebro -pensó Bavilo con desprecio.

Pero su mirada no se posó en ellos. En un rincón, apartado, casi encogido contra la pared, estaba el motivo de su ira. Un joven. No podía tener más de veinte años. Su cabello era como las corrientes marinas bajo el sol, azul dorado, y sus ojos, del color del océano profundo, estaban inundados de un pánico y una humillación tan visibles que resultaban físicamente dolorosos de contemplar. Jade de Meldea. El hijo menor de una familia noble del reino de Marloe. Vestía, pero su ropa estaba desaliñada, y su postura gritaba que deseaba ser tragado por la tierra.

-Hermana mayor -la voz de Ariana era una caricia de miel envenenada, sin rastro de sorpresa-. Qué honor inesperado. ¿Vienes a unirte a nuestra... reunión? Aunque ese rígido atuendo tuyo no es muy invitador.

Una risotada baja recorrió al grupo de concubinos. El Comandante Haun Baek sonrió con suficiencia.

Bavilo ignoró el comentario. Su voz, gélida y cortante como el acero, resonó en la cámara.

-Has sobrepasado todos los límites, Ariana. Esto ya no es uno de tus juegos de seducción. Esto es un secuestro. Un acto de guerra política.

Ariana se incorporó perezosamente, dejando al descubierto marcas de dientes y besos en su cuello y hombros. Bavilo sintió náuseas.

-¿Secuestro? Qué palabra tan fea -Ariana se rió, un sonido cristalino y vacío-. Jade es mi invitado. Un poco tímido, es cierto. Pero el cariño lo ablandará.

-¡No mientas! -estalló Bavilo, dando un paso al frente. La furia que contenía hacía temblar levemente el suelo bajo sus pies-. Lo has chantajeado. Manipulado. Lo has traído aquí contra su voluntad. Es un rehén. ¿Crees que la familia Meldea, que el reino de Marloe, se quedarán de brazos cruzados?

Ariana se levantó, desafiante, desnuda en su arrogancia. Caminó lentamente hacia Bavilo.

-Y ¿qué harás si es así, hermana? -preguntó, inclinando la cabeza con falsa inocencia-. ¿Irás con papá? Ya sabes que me consiente todo. ¿O con los austeros clérigos? Ellos no se meten en los asuntos del harén imperial.

La sonrisa de Ariana era un cuchillo. Sus concubinos la observaban, entretenidos, como si presenciaran una obra de teatro.

-Jade aprenderá a amarme -continuó Ariana, bajando la voz a un susurro confidente pero audible para todos-. Todos lo hacen. Es cuestión de tiempo y... de la persuasión adecuada.

Esa fue la gota que colmó el vaso. La arrogancia, la cruedad, la absoluta falta de humanidad en las palabras de su hermana destrozaron el último vestigio de paciencia en Bavilo.

El sonido fue seco, nítido y estremecedor, como el chasquido de un látigo. La mano de Bavilo se estrelló contra la mejilla de Ariana con tal fuerza que la hizo girar sobre sí misma. La princesa menor cayó contra un velador, que se hizo añicos. Un silencio mortal, cargado de incredulidad, se apoderó de la habitación. Las sonrisas de los concubinos se congelaron y se desvanecieron, sustituidas por un shock absoluto. Nadie, nadie, había alzado jamás una mano contra la hija legítima de la Emperatriz.

Ariana se tocó el rostro, donde ya empezaba a enrojecer la marca de una mano, con ojos desorbitados por el asombro y el odio puro.

-¡¿Cómo te atreves?! -gritó, su voz quebrada por la furia.

-Me atrevo porque alguien en este palacio debe tener una pizca de decencia -rugió Bavilo, su figura pareció crecer, erizada de poder contenido-. Escúchame bien, hermanastra. Vas a ir ahora mismo ante nuestro padre y vas a confesar lo que has hecho. Vas a ordenar que una comitiva honorable prepare el regreso de Jade a Marloe, con compensaciones por este... ultraje.

-¡No lo haré! -escupe Ariana, levantándose-. ¡Él es mío!

-Si no lo haces -la interrumpió Bavilo, clavándole su mirada fucsia, ahora literalmente brillante con magia reprimida-, iré yo. Y no solo ante nuestro padre. Iré ante el Gran Clérigo, ante el Consejo de los Siete Reinos, y gritaré tu crimen desde las almenas más altas. No me importa si armo el mayor escándalo de la historia. No me importa si haces el berrinche más épico. No permitiré que conviertas este imperio en un nido de piratas y secuestradores por capricho.

Sin esperar respuesta, Bavilo se volvió. Su mirada barrió a los concubinos, que retrocedieron instintivamente ante la autoridad feroz que emanaba de ella.

-Y ustedes -les espetó con desdén-, si tienen una pizca del honor que una vez dijeron tener, sentirán vergüenza de haber presenciado esto y no haber hecho nada.

Finalmente, se dirigió al rincón. Su expresión, aún dura, se suavizó un ápice al ver al joven Jade, que la observaba con una mezcla de terror y esperanza naciente.

-Ven -le dijo, y su voz, aunque firme, ya no era el trueno que usó con Ariana-. Salgamos de este lugar. Te llevaré a unas estancias seguras. Mi guardia personal velará por ti hasta que lleguen los enviados de tu familia. Lo lamento... lo lamento profundamente por lo que has sufrido. Este no es el trato que un invitado, mucho menos un noble, merece en Arbezela.

Sin mirar atrás, dejando atrás a una hermana histérica que empezaba a vociferar, a unos concubinos mudos y confundidos, y a la tensión política que ahora pendía sobre el palacio como una espada, la primera princesa Bavilo de Secremice, hija de la Concubina Roja, salió de la cámara seguida por un joven que, por primera vez desde su secuestro, sentía que podía respirar.

Bavilo de Secremice Where stories live. Discover now