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Si no hay amor... no es hay traición.

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No tenía sentido que un demonio y una diosa se enamoraran, y menos si esos eran, la apóstol de la raza de las diosas, Elizabeth, y el príncipe heredero de la raza de los demonios, Meliodas. Por eso, cuando la diosa Elizabeth citó una vez más al heredero del rey demonio en el antiguo teatro del cielo, no fue para pasar tiempo con él como lo habían estado haciendo en los últimos meses, sino más bien para una emboscada. La chica mentiría si dijera que no le gustaba el príncipe Meliodas, pero su lealtad a su raza era más grande.

Entre ella, los Cuatro Arcángeles y la ayuda de una prodigiosa hechicera, encerraron a Meliodas en una vasija no tan grande, que quedaría perdida entre los cuatro reinos mágicos.

El problema estaba resuelto… o eso creía Elizabeth. Porque su madre, la Deidad Suprema, no le encomendó encerrar a Meliodas: le ordenó explícitamente matar al demonio. Y la chica, quien en su infinita bondad (y creciente amor por él), solo había sellado al hombre.
Por ende, la Deidad Suprema, llena de ira por su desobediencia y su osadía al amar a un sucio demonio, la condenó a un ciclo de reencarnación eterna. Al menos hasta que se encontrara nuevamente con Meliodas y terminara lo que se le encomendó en un principio.
Perdería sus recuerdos y, una vez recuperados, solo tendría tres días para lograr su cometido antes de volver a morir y regresar al ciclo de reencarnación. Nunca tendría descanso, y eso la volvería alguien totalmente diferente en un futuro.

La diosa Elizabeth, en su ingenuidad y creyendo en el falso amor de su madre, no lo creyó al principio y salió furiosa, con lágrimas de dolor en su hermoso rostro.

Murió tres días después, sin que nadie pudiera evitarlo, a manos de Zeldris, como venganza por su hermano mayor. Todo esto antes de que la Guerra Santa terminara, dando inicio a su eterno castigo.
Sirviendo como catalizador: una mujer de la tribu de los salvajes.

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El rey Bartra de Liones le encomendó a Merlín sacar a un demonio poderoso que estaba encerrado en una cueva entre el reino gigante y el humano, nombrarlo capitán de los Siete Pecados Capitales y terminar de reunir a los demás criminales que él había visto en uno de sus proféticos sueños mágicos.

Pan comido...

Sobre todo porque un demonio de alto rango se dejaría mangonear, pensó Merlín.
Lamentablemente para Bartra, ella decidió reclutar primero a los pecados de la pereza, avaricia, envidia, lujuria y orgullo. Ya que, desde su punto de vista, los demás no querrían unirse si un demonio se los pedía. Y sería más fácil tratar con él si eran más. Si atacaba, estarían juntos.

Fue así como, con la verdad a medias, se llevó a los recién reclutados Pecados Capitales en una misión de rescate y reclutamiento.

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—Merlín, esto está muy oscuro… —Diane no sabía la razón exacta de por qué la hechicera los había traído aquí. Claro que les dijo que ahí encontrarían la pista del último pecado, quien, según Bartra, era el capitán.
—No seas tan quejumbrosa, Diane. Es necesario que saquemos algo de aquí —Merlín iba a la cabeza de todos. Ella no se había molestado en explicar lo que tenía planeado; no era necesario que lo supieran, habrían tratado de irse antes de que pudiera decir algo.

Ni siquiera se molestó en voltear a ver a la chica gigante; ya sabía que estaría haciendo un berrinche, mientras King trataba de distraerla y hacerla sentir mejor. Ban solo caminaba en silencio; parecía indiferente, pero ella sabía que estaba alerta, siempre lo estaba. Gouther no decía nada y Escanor temblaba como una hoja, ahora que el sol no estaba a la vista. Eso pronto cambiaría, ya que no faltaba mucho para que amaneciera. Y eso era una ventaja.
Ninguno de ellos parecía un peligro para el ojo inexperto de cualquier civil corriente, pero eran considerados los criminales más poderosos del reino de Liones, y ella tenía fe en que lograrían controlar a Meliodas si las cosas se salían de control.

No pude elegirte está vez......Stories to obsess over. Discover now