Abrumado por la multitud, observo la entrada del salón desde la mesa principal. El aire se siente pesado, saturado por el murmullo incesante de empresarios y herederos que mis padres se empeñan en presentarme cada noche. Siento el cansancio calar en mis huesos; estoy harto de las sonrisas fingidas y las alianzas por conveniencia.
Doy un sorbo a mi copa de champán. El líquido burbujeante deja un rastro amargo en mi garganta, un sabor que me transporta, sin previo aviso, a aquel último verano en Seúl. La imagen de ese chico salvaje y rebelde, una mezcla magnética de dulzura y descaro, vuelve a inundar mi mente.
—Prometo regresar por ti —dijo él, envolviendo mi mano con la suya, como si intentara transmitirle su propia fuerza. Yo, con el rostro empapado en lágrimas y el corazón latiendo desbocado, lo sujeté con la desesperación de quien se sabe perdido.—Por favor, no me abandones, Jeon. Por favor... no te olvides de mí.— Me despedí en aquella tarde gélida, mientras la limusina familiar me arrancaba de su lado frente a la entrada del colegio. Me marchaba sin un boleto de regreso, dejando mi alma en esa acera.
Han pasado diez años desde que cumplí los diecisiete, y sigo estancado en ese momento. Dicen que el tiempo lo cura todo, pero ¿cómo se supera al primer amor cuando este se convirtió en tu estándar de libertad?
Creí que este evento social, lleno de gente presuntuosa y cheques de siete cifras, sería una noche más de cortesía forzada y pretendientes aburridos. Sin embargo, el mundo se detuvo —literalmente se congeló— cuando él cruzó el umbral de la puerta. Casi no lo reconozco. Su presencia ha evolucionado, pero conserva esa aura osada que siempre lo distinguió, una seguridad que parece devorar el espacio a su alrededor. Sus ojos siguen siendo los mismos: un mar de profundidad oscura que me ancla al suelo. Él sonríe al verme. Camina de forma tortuosamente lenta, con una relajación que me resulta insultante ante el caos que está provocando en mi pecho. Se detiene justo frente a mí, desafiando la distancia social.
—Hola... Kim —pronuncia, y su voz es una vibración que no escuchaba hace una década.Extiende una rosa roja, un contraste violento contra la sobriedad del lugar. Yo, pasmado, con el aire atrapado en los pulmones y la vista nublándose por las lágrimas contenidas, solo alcanzo a susurrar su nombre como si fuera un secreto prohibido:
—Jungkook.
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En la calle Verona -Vkook
Romance¿Qué sucede cuando dos almas jóvenes y sensibles, provenientes de mundos completamente distintos, se encuentran en el amor? Kim Taehyung, un adolescente de 17 años, regresa a Corea para continuar sus estudios en un prestigioso colegio de Seúl. Allí...
