Para quienes alguna vez se sintieron demasiado rotos para amar, para quienes encontraron refugio en alguien que no pudo quedarse, y para quienes siguen caminando, incluso cuando la marea está baja
Esta historia es para ti.
CAPÍTULO 1: LA MUDANZA
El autobús se detuvo frente a la casa antigua con un suspiro metálico, como si también él estuviera cansado del viaje. El aire salado del mar entró de inmediato por la ventana abierta, envolviendo a Lía con un olor que no sabía si odiar o agradecer. Sal y humedad
Frente a ella, el océano se extendía como una herida abierta: las olas iban y venían con una calma cruel, repitiendo un movimiento que el mundo jamás se cansaría de hacer, aunque el suyo se hubiera detenido para siempre.
Lía no parpadeaba. Estaba allí, pero también no lo estaba. Su mente viajaba hacia atrás, hacia un tiempo donde aún existía el "nosotros", donde las risas llenaban el auto y la palabra hogar no dolía.
La señora María, su abuela, acomodó con cuidado la bufanda que había pertenecido a su hija. Lo hizo con la delicadeza de quien toca algo frágil, algo que puede romperse con solo recordarlo.
- Verás que te adaptarás, pequeña - dijo con una sonrisa suave, extendiéndole la mano -. Esto no es tan distinto de la ciudad.
Lía no respondió.
No porque no quisiera, sino porque las palabras ya no encontraban salida.
Tomó su maleta azul - la misma que había usado en aquellas vacaciones que jamás terminaron - y caminó hacia la casa sin mirar atrás.
El interior olía a madera vieja y a tiempo detenido. Candelabros antiguos descansaban sobre muebles robustos, una escalera de madera crujía bajo cada paso, y las paredes estaban cubiertas de retratos de personas que Lía no conocía, pero que la observaban como si sí lo hicieran.
Un tapiz floreado cubría el suelo, desgastado por los años, como si hubiera visto demasiadas despedidas.
- Te quedarás en el cuarto de tu mamá - anunció María mientras abría la puerta.
El rechinar de las bisagras fue un aviso. Un sonido viejo, cansado, definitivo.
Lía entró.
Todo estaba allí.
Los trofeos de voleibol.
Las fotos enmarcadas.
La ropa colgada con un orden que ya nadie usaba.
Su madre sonreía desde cada rincón, congelada en un tiempo donde aún estaba viva.
La habitación no era un cuarto.
Era un santuario.
La señora María nunca había querido olvidar a su hija y ahora, sin saberlo, había obligado a Lía a recordar. Las piernas le fallaron. Cayó sobre la cama y miró el techo, blanco y silencioso. Las lágrimas aparecieron sin permiso, rodando por su rostro hasta empapar la almohada.
No sollozó.
No gritó.
Solo dejó que el dolor existiera.
Más tarde, bajó las escaleras sin ganas. Vestía un pijama de rayas blancas y negras, pantuflas suaves y el cabello revuelto, como si el mundo hubiera pasado por ella sin pedir permiso.
- Ya está la comida, pequeña -anunció María con una sonrisa que parecía demasiado firme para alguien que había perdido tanto.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Como si el tiempo hubiera seguido su curso solo para algunos.
Lía se sentó en la mesa pequeña mientras observaba a su abuela servir los platos con movimientos precisos.
-¿Cómo te sientes, pequeña? -preguntó el señor Salvador, su abuelo, acariciándole la mano con ternura.
Lía asintió apenas.
María resopló suavemente.
- Dale tiempo, Salvador - dijo mientras dejaba un plato frente a ella-. Aún debe adaptarse.
Lía tomó los cubiertos.
Intentó comer.
Pero la comida pesaba demasiado, incluso antes de llegar a su boca.
- Come un poco, mijita - susurró María -. Lo hice con amor.
Lía abrió la boca para responder...
pero las palabras no llegaron.
Se levantó y subió las escaleras otra vez.
El señor Salvador suspiró, mirando a su esposa.
- Perdió a sus padres, María... las figuras más importantes de su vida.
María se puso de pie, sintiendo una ira silenciosa quemarle el pecho.
- Se me quitó el apetito - dijo -. Buenas noches.
Esa noche, Lía salió al portal.
Apoyó las manos en la baranda de madera y miró el mar.
Azul.
Profundo.
Cauteloso.
El océano parecía observarla de vuelta.
La señora María se acercó en silencio y le entregó un pequeño libro.
- Una anciana me dijo una vez que lo no encuentras en el mundo... lo encuentras aquí - explicó, señalando las páginas.
La portada mostraba el mar.
- Se titula Mi sueño - continuóq -. Trata de un adolescente que intenta encontrar algo... aunque no sabe qué.
Lía tomó el libro.
Luego miró el océano.
Luego volvió a mirar el libro.
Por un instante, sintió algo extraño.
Una calidez suave. Como si, entre las palabras y el vaivén de las olas, alguien estuviera intentando construirle un hogar nuevo... sobre las ruinas del antiguo.
Y aunque aún no lo sabía, ese mar que tanto le incomodaba sería el mismo que marcaría su vida para siempre.
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Azul Profundo
Teen Fiction"Azul profundo" cuenta la historia de Lía, una chica destruida por la pérdida de sus padres, e Ian, un chico que esconde su dolor detrás de una sonrisa. Un proyecto escolar para crear un mural los une, y juntos viajan por lugares del pueblo
