Las luces de la habitación indicaban que seguían despiertos. Desde donde me encontraba, podía ver el resplandor filtrarse entre las rendijas de la madera, constante, casi íntimo, como si la noche se hubiera vuelto parte de su tiempo juntos. No pensaba que verlos caminando de la mano —en la fogata, en las salas, o entrando a las habitaciones— me iba a doler tanto. Era un dolor silencioso, de esos que no piden permiso y se instalan en el pecho.
Noah y yo habíamos roto hacía un mes. No creía que fuera lo más sano estar con él, pero dejarlo había supuesto dos cosas: la primera era que estaba mejor sin todo el drama, las discusiones y las inseguridades; y la segunda es que extrañaba las cosas que había experimentado con él, las guardias juntos, las cenas a escondidas de la comunidad, las veces que íbamos a nadar en el río en nuestros tiempos libres.
No tenía ganas de seguir viendo el desfile frente a mis ojos. No creía ser necesario castigar mi corazón con un hombre que no me había valorado, y sabía que, dentro de poco, esa morena con la que me había engañado iba a tener su merecido.
La noche comenzaba a asentarse sobre la comunidad, el aire frío bajaba desde las colinas y apagaba lentamente el ruido del día.
—¿Vamos?— Leah me tendió el rifle, esperando que lo tomara con su típica cara de disgusto.
Sus ojos negros me examinaron de pies a cabeza; parecía seguir odiándome, pero no me importaba. Sabía que, ante su enojo, ella seguía siendo en el fondo mi amiga, o la sombra de lo que alguna vez fuimos. Su ropa oscura y el arma en el hombro le daban el aspecto de siempre, una chica molesta con el universo y su propia realidad.
—¿A quién vamos a relevar?— tomé el arma y mi mochila, lista para otra noche en vela.
—Los hermanos Donner— asentí—. Revisaremos el puesto antes de que se vayan.
—No se puede esperar menos de los hermanos ladrones— comenzamos a caminar entre las diversas casas a nuestro alrededor, todas llenas de pequeñas luces dentro, intentando no llamar la atención de ellos—. Se ganaron su fama a pulso.
—Creo que solo mantienen un perfil bajo— saludamos con la mano al puesto de la zona norte. Los chicos estaban sobre una tarima, apenas iluminados con algunas velas; aunque el viento las apagara constantemente, debían estar alertas. Tanto el cielo como el suelo podía tener peligros intentando cruzar el muro que habíamos construido hacía cuatro meses—. Estoy segura de que están esperando el momento justo para volver a hacerlo.
—Todos tienen miedo— dije murmurando—, pero eso no nos hace ser unas ladronas.
—Ellos padecen de algo peor que el miedo, y es el hecho de que creen que valen más que todos nosotros— escupió, señalando más adelante con la cabeza. El puesto de los hermanos estaba a unos metros.
La torre sur estaba llena de hojas para cubrir el hecho de que estuviéramos allí, con un techo improvisado para protegernos del agua y del sol, y una pequeña caja de madera en donde estaban los suministros para los vigías como nosotros. Así como la torre, el muro tenía su propio camuflaje por si alguien nos miraba desde el cielo; habíamos colocado diversos troncos y maleza para que no se distinguiera, y habíamos pintado el muro de colores similares a la vegetación.
Había llegado a la comunidad hacía un año. Había sido encontrada merodeando las tiendas de comida a unos veinte kilómetros de aquí. Me había separado de mi anterior grupo luego de haber sido atacados; muchas personas importantes habían quedado atrás, pero no podía detenerme ante eso, así que había tomado la ruta 42 en busca de un lugar más frío, ya que ellos odiaban el clima helado, ya que no podían mantenerse mucho tiempo en esas zonas.
Los hermanos nos vieron al llegar a la base de las escaleras, y luego de verse entre ellos con complicidad, nos dejaron subir.
Ambos tenían alrededor de treinta años, sus ojos cafés y su porte de chicos buenos nos habían distraído de la realidad que ambos ocultaban debajo de esos cabellos rubios. Habían sido descubiertos con comida, ropa y un par de armas luego de que alguien había reportado que la caja de suministros en las torres se vaciaban demasiado rápido. Los habían perdonado luego de castigarlos por tres meses lavando los baños de la comunidad, sumado al hecho de que no podían usar armamento.
Los habían perdonado, pero nadie olvidaría lo que hicieron.
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SOLOS
Teen FictionEn la oscuridad, todo lo que crees seguro se vuelve frágil. Los Ángeles observan desde lo alto, fríos, imparciales, y no vienen a proteger. Algunos solo esperan el momento en que caes, listos para castigarte, o matarte si osas desafiar sus reglas. A...
