Capítulo 0

29 1 0
                                        

Me llamo Alexis.
Tengo veintitrés años, trabajo en un café que huele a café recién molido y me pierdo con facilidad en mis propios pensamientos.
No soy el tipo de chico que se nota demasiado; no me gusta que me miren y, honestamente, tampoco me gusta mirar mucho.
Pero hay cosas... personas... que te rompen esa costumbre.
Yo pensaba que mi mundo era simple: café, máquinas, clientes de paso.
Hasta que llegaste tú.
Y ahí todo dejó de ser simple.
Nunca olvidaría el primer día que la vi.
No fue un momento dramático, ni una escena de película con lluvia perfecta ni luz dorada que iluminara su cabello. Fue bastante real, nada fuera de lo cotidiano. Y, sin embargo, me dejó completamente destruido.
Ella entró al café con esa elegancia natural que no intentaba impresionar a nadie, y mi mundo dio un vuelco silencioso.
Dios... era hermosa.
No solo su belleza física, aunque eso por sí solo habría sido suficiente para dejarme sin palabras, sino había algo más. Algo que no había aprendido a describir hasta ese instante.
Su voz.
—Hola, puedo... — intentó aclarar su garganta tímidamente— ¿me darías, Ahm, un cappuccino, por favor? —dijo, y ese "por favor" me golpeó más fuerte que cualquier hechizo. Su gentileza me desarmó.
No era solo educación; era su forma de ser, suave pero firme, como si el mundo mereciera su respeto y su bondad en cada palabra.
Normalmente casi todos los clientes olvidan decir "gracias" cuando reciben su bebida.
Ella no, lo dijo como si fuera una regla que no se pudiera romper.
—Gracias —agregó después, con una sonrisa que iluminó toda la barra.
Yo estaba parado ahí, detrás del mostrador, intentando concentrarme en la máquina de café, pero no pude.
Cada pequeño gesto suyo me atravesaba. Cada sonrisa era un ataque directo a mi lógica, a mi compostura, a la parte de mí que cree poder controlar todo.

—Ten un buen día —dijo mientras se alejaba, el aroma de su perfume mezclándose con el café, dejando un rastro imposible de ignorar.

Y yo... me quedé mirando.
Parado. Con las manos temblorosas ligeramente sobre la máquina.
Con el corazón latiendo a mil por hora, preguntándome si alguna vez podría tener la oportunidad de hablarle otra vez.
No solo me desarmó su belleza, ni su sonrisa.
Me desarmó ella entera;
Su voz, su gentileza, su forma de ser...
Y en ese instante supe que algo en mí cambiaría para siempre.
Desde ese primer "por favor" hasta el último "ten un buen día", ella había logrado algo que nadie antes:
había tomado mi mundo cotidiano y lo había vuelto frágil, nervioso, lleno de ganas de acercarme.
Y yo ni siquiera sabía su nombre todavía.
La segunda vez que la vi, no pasó nada especial.
Entró al café como cualquier cliente, pero yo no podía dejar de notarla.
Traté de convencerme de que no me había desarmado tanto como la primera vez.
Que mentira.
Cada vez que aparecía, algo dentro de mí se derretía un poco más.
La tercera vez fue diferente. Al parecer se convertiría en una clienta habitual y he de decir que la idea no me disgusta para nada.
Esta vez me atreví a preguntarle su nombre.
Mi corazón estaba en llamas, mis manos temblaban mientras le pasaba su bebida.
—Eh... ¿cómo... te llamas? —pregunté, tratando de sonar casual, aunque sentía que de un momento a otro mi cuerpo podría traicionarme.
Ella me miró, sorprendida, y luego sonrió, ligera y cálida.
—me llamo ... —dijo, y algo en su forma de decirlo me hizo querer escucharla repetirlo una y otra vez.
En esa pequeña charla, me contó que había encontrado un nuevo trabajo a una cuadra de aquí y que había descubierto esta cafetería casi por accidente.
—Creo que vendré seguido... si los trabajadores son tan amables, a parte me gustaría poder un día entrar y decir "lo de siempre"—dijo bromeando un poco.

Maldita sea ¿como puedes ser tan linda e inocente?

yo ya estaba atrapado, completamente atrapado.

AftertasteWhere stories live. Discover now