~ Miércoles 3 de Diciembre Del 2025 ~
Me paro frente al espejo y lo único que veo es un fraude.
Antes, cuando me miraba, veía al capitán. Al cabrón que todos respetaban. Al que metía goles, al que tenía el control. Ahora veo huesos. Costillas que se marcan bajo la piel blanca como cicatrices que nunca pedí. Clavículas que sobresalen como advertencias. Y aun así, no es suficiente.
Nunca es suficiente.
Paso los dedos por las costillas, contándolas. Una, dos, tres. Puedo sentir cada una. Eso debería darme algo, ¿no? Satisfacción. Orgullo. Lo que sea. Pero lo único que siento es vacío. Un hoyo negro en el pecho que no se llena con nada. Ni siquiera con hambre.
El hambre ya no duele. Al principio sí. Al principio era un monstruo que me despertaba a las tres de la mañana, que me hacía temblar en clase, que me rugía en el estómago hasta que sentía que todos podían escucharlo. Pero ya me acostumbré. O tal vez lo maté. No estoy seguro.
Lo que sí sé es que controlarlo se siente mejor que cualquier otra cosa en mi vida.
Mejor que el fútbol.
Mejor que ganar.
Mejor que... él.
No.
No voy a pensar en él.
Me volteo del espejo y agarro la camiseta que está tirada en la cama. Es de la selección de la prepa. Antes me quedaba ajustada, marcaba los brazos, el pecho. Ahora cuelga. Como si le perteneciera a alguien más. Como si yo fuera alguien más.
Tal vez lo soy.
Me la pongo de todas formas. Es lo único que me queda del capitán. Del imbécil que creía que podía tenerlo todo.
La cocina huele a café y pan dulce. Mi mamá está parada frente a la estufa, haciendo huevos. Siempre hace huevos. Como si eso pudiera arreglar algo.
—Buenos días, mijo —dice sin voltear. Su voz es suave. Demasiado suave. Como si tuviera miedo de que me rompa si habla muy fuerte.
A lo mejor tiene razón.
—Buenos días —contesto, y mi voz sale más ronca de lo que esperaba. Me aclaro la garganta.
—¿Dormiste bien?
—Sí.
Mentira.
No he dormido bien en meses.
Me siento en la mesa y ella pone un plato frente a mí. Huevos revueltos, frijoles, tortillas. Una bomba de calorías que no pedí. Que no quiero. Que no puedo.
—Gracias —digo, porque eso es lo que se supone que debo decir.
Ella se sienta frente a mí con su propio plato y empieza a comer. Yo solo miro el mío. Los huevos se ven grasosos. Puedo ver el aceite brillando en los bordes. Las tortillas están infladas, llenas de manteca. Los frijoles tienen crema encima.
Mi estómago se cierra.
—¿No vas a comer? —pregunta, y hay algo en su tono. Preocupación. Cansancio. Miedo.
—Sí, sí voy a comer —digo, y tomo el tenedor.
Lo hundo en los huevos. Levanto un pedazo. Lo acerco a mi boca.
Doscientas calorías. Tal vez trescientas. Grasa, colesterol, todo lo que no necesitas. Todo lo que te va a hacer engordar. Todo lo que te va a hacer perder el control.
La voz en mi cabeza no es mía. O tal vez sí. Ya no sé.
Meto el tenedor a la boca. Mastico. El sabor es... nada. Todo sabe a nada últimamente. O a culpa. No hay diferencia.
—¿Cómo estuvo la escuela ayer? —pregunta mi mamá, intentando llenar el silencio.
—Bien.
—¿Tienes mucha tarea?
—No.
—¿Ya decidiste a qué universidad vas a aplicar?
—Todavía no.
Ella suspira. No dice nada más. Solo come. Yo finjo que hago lo mismo.
Cuando termina y se para a lavar los platos, yo espero. Espero hasta que está de espaldas, distraída con el agua corriendo. Entonces tomo los frijoles y los huevos que quedan en mi plato y los envuelvo en una servilleta. Rápido. Silencioso. Como si fuera un ladrón en mi propia casa.
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Bajo La Piel Del Capitán
General FictionÍker creyó que quitarse la camiseta del capitán lo liberaría.Se equivocó. Ahora estudia Psicología, intenta olvidar, intenta sanar.Pero el pasado tiene nombre: Alain.Y el verdadero enemigo nunca fue un chico.Fue su padre. Amor. Trauma. Violencia.Alg...
