Prologo

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Estaba corriendo en medio de la madrugada, después de que mis padres me echaran de la casa. Decían que yo estaba maldito, que no había forma de que fuera normal, que las desgracias siempre nos ocurrían siempre que estábamos los tres. Era hijo único.

Encontré unas fotos de una mujer en el ático, sonriente, con una bata de hospital y sosteniendo un bebé. Decía "Rachel Jackson". Yo no me apellidaba Jackson, nadie en mi familia se apellidaba de esa forma y nunca había oído hablar de esta mujer, pero el bebé que sostenía se parecía mucho a mí. No había forma de que fuera mi madre; ella se llamaba Anne Willow, bueno, ese era su nombre de soltera. Su nombre desde que se casó con mi papá, un año antes de que yo naciera según lo que me habían contado, era Anne De Angelis. Mi padre, Luke De Angelis, era un hombre de negocios; poseía dinero pero no le importábamos. Nunca estaba de buenas y siempre me pegaba, pero nunca a Anne, como si supiera algo importante y, si la lastimaba, ella fuera a decirle a quien correspondiera saber; así que se limitaba a fulminarla con la mirada y pasarla de largo.

Esas cosas cada vez se acercaban más a mí y yo estaba más y más cansado. Ya ni siquiera había pavimento en los lares en los que estábamos y, en unos 10 o 11 metros más, nos adentraríamos al bosque y tal vez por fin, entre los árboles, los perdería. Estos seres parecían humanos, pero a veces los veía con más atención y parecían algo más. A la gente en la calle no le extrañaba, por alguna razón, que estuviese corriendo como loco de dos "hombres".

Entonces tuve que seguir corriendo. Decidí levantar la cabeza al cielo y dije:
—Dios, si aún funciono, si merezco vivir por alguna razón, dame una señal. Dame un arma o algo para defenderme.

Seguí mirando al frente cuando terminé de decir eso. Entonces empezó a llover a mi alrededor, pero parecía que hubiese una barrera sobre mi cabeza que impedía que me cayeran las gotas. Luego me di cuenta de que lo que llovía era gasolina; eso no era posible. Luego salió una ráfaga de fuego y se incendiaron lo que fuera que sean esas dos cosas, y se redujeron a cenizas con barro del bosque.

Después de unos 4 kilómetros corriendo como desquiciado (ya que mi casa no estaba muy lejos, a las afueras de este bosque), me detuve. Pero ahora no tenía a donde ir. Mis padres me echaron de casa por ser una maldición, un error, y esos raros monstruos me empezaron a perseguir después de ver la foto de aquella mujer que me había guardado en el bolsillo cuando salí del ático. Fui a la cocina pensando aún en quién era esa mujer cuando, al ir caminando, me encontré a mis papás en el comedor con rostros serios diciendo:
—Te estábamos esperando.

Después de eso dijeron todas las desgracias que pasaron, las enumeraron y dijeron las secuelas que dejaron cada una de ellas, y simplemente me echaron de casa con la única ropa que tenía puesta. Entonces esas criaturas humanoides empezaron a perseguirme.

Seguía caminando por el bosque sin entender nada, preguntándome por qué mis papás no intentaron ayudarme con mi maldición, por qué de verdad no me tenían un poquito de consideración. Miré al cielo y ya se había quitado la puesta de sol; ahora solo se veía el cielo azul oscuro y la luna estaba llena. Se veía tan hermosa que por un momento olvidé todo lo malo. Creo que me quedé parado de más porque apareció un lobo, algo raro. Sentí miedo y por instinto me moví rápidamente hacia un lado porque, en ese justo momento, el lobo empezó a atacarme. Me moví a un lado, di un movimiento en falso y me caí, pero no al suelo, sino que hice un hoyo gigante en el suelo del bosque.

No me explicaba cómo pasó eso. Luego sentí que una luz parpadeaba detrás de mí; entonces lo vi: un portal con forma de espiral centelleante. No supe qué hacer. Ese portal me podía llevar a mi muerte, pero de todos modos quedarme aquí también me llevaría a ella. Me echaron de casa, no tengo dinero, criaturas alienígenas me quieren matar... no hay otra opción.

Todavía reconsiderándolo, sentí que una fuerza me empujaba, así que me dejé llevar por ella y lo crucé.

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