V

0 0 0
                                        

Recordé lo que tanto tiempo me llevaba pesando. El incidente ocurrido siete años atrás, cuando cursaba la escuela preparatoria. El momento que me elevó y me arrojó tan duro contra el suelo que jamás volví a ser el mismo, cuando me convertí en esta máquina apática protegida del sufrimiento por una armadura de indiferencia.

Siempre fui quien menos destacó en el colegio, tanto en lo académico como en lo físico. En plena etapa de la adolescencia, cuando el cuerpo comienza a crecer y cambiar, yo seguía siendo el chico regordete y bajito, que palidecía ante los demás. Como resultado fui excluido, y cada día que pasaba mi autoestima se destruía más y más. Al final terminé por aceptar la realidad y el rol que me fue asignado. Destinado a pasar el resto de mis días como un paria en la escuela... hasta que la conocí. Su nombre era Karen, una chica alegre y optimista que se tomó la molestia de almorzar conmigo. Recuerdo que ese día había sido uno de los peores en ese año. Me sentía harto de todo y todos. Pero ella, con una simple sonrisa, con un simple «Te ves fastidiado, pero no te preocupes, todo mejorará», fue capaz de iluminar mi mundo un brevísimo momento.

Llegó un punto en mi vida donde, sin darme cuenta, hablábamos todos los días, nos volvimos confidentes, y un apoyo el uno del otro. Yo podía decir con toda seguridad que esos fueron los días más felices de mi vida. Pero, entonces, ocurrió lo que cualquiera podría haber predicho: me enamoré de ella. Cuando me di cuenta de que tenía sentimientos por la única amiga que tenía, tuve tanto miedo de lo que pudiera pasar. Estaba consciente de que había sido mi culpa. Traté de engañarme al decirme a mí mismo que lo que sentía no era nada más que dependencia emocional, después de todo, ella era la única persona que me daba muestras de cariño. Sufrí por reprimir lo que sentía.

Cierto día comenzaron a circular rumores sobre una relación entre nosotros. Karen lo negaba sin molestarse, sin hacer escenas y siempre era tan amable, pero yo no podía evitar pensar que, muy en el fondo, sentía asco; no la culparía de haber sido el caso, porque yo mismo me daba asco. Cuando no pude soportar más lo que sentía, le declaré mis sentimientos.

Traté de que fuese en privado, sin embargo, la demora en su respuesta, combinada con su rostro sorprendido, atrajo a unos cuantos curiosos. En menos de diez minutos ya se había reunido una pequeña multitud. Cuando Karen desvió la mirada, cuando sus ojos se abrieron de par en par, cuando se sonrojó y se puso nerviosa al ver alguien en dicha multitud, supe que todo había terminado en menos de un minuto. Lo vi solo un momento, cuando seguí la mirada Karen.

Ella veía a un chico del que jamás me había dicho nada, pero que, con base en conversaciones anteriores, cumplía con todos los requisitos de su chico ideal. Lo comprendí, no necesitaba una respuesta. Di media vuelta, listo para irme, cuando escuché su voz, nerviosa, ansiosa, casi gritando.

—No me lo tomes a mal, Anthony —dijo—. Es solo que... No eres mi tipo. Eres buena persona, y un mejor amigo, pero, lo siento. De verdad. No me gustas de esa manera. Yo...

—Lo entiendo —la interrumpí—. Ya no digas más.

Después de eso le dejé de hablar. No la odiaba, porque no había hecho nada malo. El error lo cometí yo al tener ilusiones, sabía muy bien que sería rechazado. El dolor que sentí ese día fue tan fuerte que el solo hecho de recordarlo, lo trae con la misma intensidad que hace siete años. Prometí que no volvería a tener esperanzas con respecto a nadie. Ese error humano es frecuente, y no importa lo que pase, siempre traerá dolor; quizá no al instante, o al día siguiente, puede que pasen años antes de sentirlo, pero siempre llegará.

Tenía planeado hacer una breve explicación a Valerie, solo decir algo como «Me enamoré, me ilusioné, y al final me rompieron el corazón», pero, por alguna razón, una vez que comencé, no dejé de hablar hasta que hube sacado todo ese recuerdo. Ella no dijo nada, permaneció en silencio mientras se sentaba a mi lado. Le compré otro cigarrillo e inhalé hondo.

—... A veces me pregunto si ella lo consideró por solo un segundo —continué. El humo salió de mi boca—. Karen siempre fue amable conmigo, y por tanto le pagaba con la misma amabilidad. Pero, ¿era suficiente solo ser amable? Creo que no, o, en realidad, todo este tiempo lo supe, pero me negaba a verlo. Muy en el fondo Karen me quería decir que no valía la pena. ¿No era su tipo? Tal vez eso fue lo peor, no haber recibido una razón verdadera. Pudo haber dicho que no sabía vestirme, que el acné me hacía lucir horrendo, que no era lo bastante inteligente... cualquier cosa. Solo dijo que no era su tipo, como si todo lo que vivimos juntos no tuviera valor alguno. ¿Los demás? Por supuesto que se rieron, claro, como si mis sentimientos fueran un chiste y mi existencia, una broma de mal gusto.

»Como sea, tiempo después, en la universidad me involucré con unas pocas personas. No podía llamarlos amigos, quizá un término más correcto sería "compañeros de clase". Claro, no recuerdo el nombre de ninguno... salvo el de uno, Charles. De cualquier manera, dicho grupo me arrastró a un bar. No recuerdo mucho de esa noche. Supongo que el alcohol me aflojó la lengua, habré dicho algo íntimo.

»Recuerdo caminar detrás de ellos. Después, me encontraba en una habitación maloliente, sentía un par de manos cálidas en mi espalda. Cerré los ojos. Todo me daba vueltas. Al abrirlos, frente a mí, estaba una mujer cuya cabeza subía y bajaba entre mis piernas. Hicimos contacto visual, pero no dijo nada, no hubo una sonrisa, solo siguió con su trabajo.

»Me recosté una vez más, con los ojos cerrados. Los sonidos, los movimientos, todo era confuso. Desperté en la madrugada en esa misma habitación, solo. Me marché de ahí sintiéndome como una basura. Fue un momento bajo en mi vida.

»En pocas palabras: perdí mi virginidad con una prostituta que unos conocidos contrataron para mí, quizá porque les di lástima. Sea como fuere, no creo que eso haya sido mejor que lo tuyo, por lo que no tengo derecho a burlarme... Como te dije, en cierto modo siento algo de envidia.

Terminé mi larga perorata. La cara de Valerie se había puesto seria. Quizá trataba de procesar lo que le acababa de contar. Puede que lo estuviera comparando con su propia experiencia. No lo sabía a ciencia cierta. Al final se puso de pie, se sacudió y caminó al muro bajo. Para mi sorpresa, rompió el acuerdo original y preguntó con genuina intención de saber.

—¿Es por eso por lo que te quieres alejar de esa chica? ¿Cuál era su nombre?

—Molly —respondí. Pensé unos momentos—. Bueno, así la llamo, a decir verdad, es sencillo referirme a ella así.

—De igual manera que es sencillo evadir mi otra pregunta —interrumpió—. Eres bastante malo para desviar la conversación de manera casual. No me malentiendas, ese problema tuyo sigue sin incumbirme, pero, por todo lo que me acabas de contar, puedo intuir que eso de alejarte de las personas es tu mecanismo de defensa. No te voy a decir si esa decisión está bien o no. Si lo mencioné, fue porque la vez pasada tú me descifraste con facilidad, entraste en mi mente e incluso mencionaste un filósofo cuyo razonamiento se ajusta a mi vida. Y eso no me gusta.

Valerie se fue pocos minutos después. Sin duda esta noche fue, en cierta manera, intrigante... Qué cosa más extraña. Jamás hubiera creído que aún era capaz de sentir emociones. Por desgracia, eso me hizo pensar largo rato, horas, quizá. Molly no abandonaba mis pensamientos, su rostro, su figura, sus gestos... sus intenciones. Para poder descubrir qué era lo que en verdad quería conseguir con nuestras interacciones tenía que seguir permitiéndole hablar conmigo, dejarla entrar en mi día a día. Prefería mi soledad, necesitaba que estuviera intacta, de lo contrario, el péndulo de mi vida, ese que dictaba el aburrimiento y el sufrimiento, se pondría en marcha. Entonces no importaría hacia qué lado se acercase primero, pues el resultado sería el dolor, siempre el dolor, la desilusión, el rompimiento de las expectativas, el descenso al vacío oscuro que deja el saber que es el propio individuo el causante de su ruina; no los demás.

Incluso si la gente trata de culpar a otros, muy en el fondo, saben que fue su culpa por tener esperanzas. Así que tenía que hacer algo para evitar mi perdición: tenía que sacar a Molly de mis pensamientos... y de mi vida.

You've reached the end of published parts.

⏰ Last updated: Apr 02 ⏰

Add this story to your Library to get notified about new parts!

En el bordeWhere stories live. Discover now