Algo que aprendí en todo lo que llevo de vida es que no tengo que confiar en nadie , nunca se sabe cuando te mentiran o te clavaron un puñal por la espalda.
Porque digo esto? Quien carajos soy?
Hola me presento soy sol , un nombre curioso, dejémoslo de lado , no es impórtate.
Tengo 17 años , y llevo toda mi vida en esta cárcel, perdón, en el orfanato .
No se casi nada de mis padres, me dijieron que habían muerto en un accidente cuando yo tenia mesesde nacida .
En este lugar de mierda se aprende a sobrevivir, no a vivir .
Aquí damos clases , dormimos , comemos , en si vivimos aquí TODO el rato .
Tengo amigos ,no. Todos aquí son unos traidores asquerosos y asquerosas que te mienten . Talvez es mucho decir que tengo compañeras comprensivas .
Y los profesores son peores , parecen que no tienen corazón, habéis visto harry Potter? Pues como voldemort , igualitos , hasta igual de feos .
– alumna 18 le toca a usted colaborar con la ayuda del horfanato.
Si ,nos llamaban por números, como presos y encima nos mandaban a lavar .
Asentí, no me quedaba otra .
A si como olvidar el pequeño dato que es un orfanato religioso, toda actitud fuera " de lo comun" es vista según ellos por el diablo .
Cuando el comedor se vacío me acerque a la gran pila donde habían platos apilados .
– Que puto asco
Susurre antes de recogerme el pelo y ponerme a raspar con la peor cara que pudiera .
– hola ?
La voz de un masculino resonó por el salón vacío.
Me gire y ahí estaba , un niño rarisimo , pelo pelirojo, pecas y un blanco leche le cubría la piel .
– no debes estar aquí
Volví a limpiar los platos sin darle importancia al chico el cual nunca había visto.
– perdón?
– ve con las monitoras
Conteste secamente .
– quienes son las monitoras ? Perdón no entiendo , soy nuevo
Apague el grifo y me seque las manos con el trapo a mi lado girandome otra vez lentamente.
Me fije que su ropa no era el típico uniforme con tu número. Por ejemplo yo tenía un uniforme azul oscuro con el número 18.
—Otro nuevo, vaya por dios —
mascullé, soltando el trapo sobre el mostrador con un chapoteo sordo.
El chico no se movió. Se quedó allí parado, mirándome con unos ojos que parecían demasiado grandes para su cara.
Tenía una expresión de extravío total, como si lo hubieran soltado en medio de la Antártida sin abrigo.
No llevaba el uniforme azul marino, ese que nos hace parecer piezas de un tablero de ajedrez barato; vestía una ropa que, aunque algo gastada, se notaba que no venía de la lavandería industrial del orfanato.
—¿Cómo te llamas, número...? —
preguntó él, ladeando la cabeza.
—Sol. Y para los de arriba, soy la 18 —respondí cortante, señalando el número bordado en mi pecho— Aquí los nombres son un lujo que los profesores intentan que olvidemos. ¿Y tú qué? ¿Vienes de otro centro o es que tus padres se cansaron de ti hoy mismo?
