Dentro de la habitación de un condominio ubicado en la zona de Equipetrol, perteneciente a Santa Cruz, Bolivia, Rodrigo, un joven de unos veintitrés años, dormía de manera plácida sobre su cama. De a poco, el sol comenzaba a asomarse por su ventana iluminándole el rostro, acompañado de una suave y refrescante brisa de verano. Su celular, que estaba cargando sobre una pequeña cómoda de madera con tres cajones -el mueble estaba a la altura de su cama, apegado al extremo derecho-, vibró de repente. El joven, de pelo corto y lacio, piel casi blanca y cuerpo algo delgado pero con músculos, le daba la espalda al aparato. La pantalla se iluminó mostrando una alarma que indicaba las 6:00 a. m., seguida del sonido de un gallo.
Rodrigo, iluminado por los rayos del sol, frunció el ceño. Quería dormir unos minutos más, pero sabía que si no se levantaba llegaría tarde a su trabajo. Se sentó sobre su cama, bostezando mientras estiraba los brazos y se rascaba el cabello. Miró su celular aún con sueño, lo tomó y detuvo la alarma. Luego se levantó y caminó hasta el baño de su habitación, que estaba a unos cuantos metros. Entró, se lavó el rostro, se cepilló los dientes, tomó un baño y se peinó haciendo su cabello hacia atrás con un poco de gel.
Comenzó a vestirse. Abrió un armario de puertas corredizas que estaba frente a su cama y tomó una camisa de color blanco, un pantalón jean azul oscuro, medias blancas y unas zapatillas All Star. Ya vestido, se dirigió a su refrigerador, que estaba cruzando la puerta de su habitación. Abrió la puerta buscando algo para desayunar, pero solo encontró una manzana y un plátano.
-Con esto aguanto hasta el almuerzo -murmuró para sí mismo.
Siguió buscando en la heladera con la esperanza de encontrar algo para su almuerzo, hasta que halló un plato de unicel cuadrado con tapa de tamaño mediano. Lo tomó y abrió la tapa: era una hamburguesa que ya tenía una mordida.
-Okey, con esto aguanto el resto del día. Si salgo temprano, pasaré por el Hipermaxi para comprar víveres.
Luego de esas palabras, sacó el plato y las frutas y los puso sobre una mesa pequeña frente al refrigerador. Fue nuevamente a su cuarto buscando su mochila, la cual tenía forma de bolso en color beige. Puso las cosas dentro, no sin antes meterlas en bolsas separadas. Encendió la pantalla de su celular; eran las 6:45, por lo cual se dispuso a irse.
Abrió la puerta de su departamento y salió al pasillo de azulejos blancos. Bajó las escaleras hasta la entrada del edificio y tomó un bus que iba algo vacío. Se sentó en un asiento del medio, al lado derecho junto a una ventana. Sacó sus audífonos, los conectó y se dispuso a escuchar música para pasar el rato. Todo iba tranquilo hasta que sintió el teléfono vibrar y la música se cortó. En la pantalla aparecía el nombre de "Javi", un gran amigo de la infancia y colega del trabajo. Rodrigo contestó.
-¿Qué onda, querido? ¿Cómo va todo?
Desde el otro lado de la línea, Javier respondió con una tos y una voz algo débil:
-Hola, Rodrigo. Oye, vas a disculpar que te moleste, pero necesito pedirte un favor. ¿Vos creés que me podás cubrir hoy en el trabajo? Realmente me siento mal, no sé qué me dio, pero me enfermé de la nada.
Al escuchar a su amigo, Rodrigo se preocupó de inmediato.
-Sí, no hay problema, cumpa. Pero, ¿qué te pasó? ¿Cómo así que de la nada te enfermaste? ¿Ya tomaste algo?
-Sí, no te preocupes, Rodri -Javier volvió a toser-. Más tarde voy a ver a un doctor. Te dejé todo lo que iba a hacer hoy sobre mi escritorio. Planeaba llegar y acabar rápido con el trabajo, ya sabés cómo es don Carlos, lo quiere todo para ayer, pero no me dio tiempo de acabar la nota.
-Vos tranquilo y dejalo todo en mis manos -respondió Rodrigo con actitud más despreocupada-. Vas a ver cómo el dinosaurio ni se da cuenta de que no estás ahí.
-Gracias, Rodri. De todas formas ya le había avisado que no iba a poder ir. Cualquier cosa me avisás.
-Vos no te preocupes, mejor descansá. Ya hablamos mejor mañana.
-Okey, cuidate y gracias. Chau.
Javier colgó. Rodrigo volvió a su música hasta llegar a un edificio grande ubicado por el tercer anillo de la ciudad de Santa Cruz. Se leía el nombre de "El Local", un periódico bastante conocido del país con varios reconocimientos y una muy buena reputación, donde solo trabajaban los mejores reporteros. Rodrigo bajó del bus con una sonrisa relajada, entró saludando a los guardias y a las señoras de limpieza, y tomó el ascensor hasta el tercer piso. Saludó a sus compañeros, en su mayoría jóvenes de su edad, y guardó su almuerzo en el refrigerador de la esquina.
Se dirigió a la mesa que tenía la placa de "Javier Ramón Inojosa Sosa". Sobre el escritorio había una computadora y, bajo el monitor, un archivo. Rodrigo tomó asiento y empezó a comer sus frutas mientras revisaba el documento: era un informe sobre una noticia de la noche anterior. Encendió la PC, abrió Word y comenzó a redactar. El título decía: "Operativo en la terminal Bimodal".
La nota hablaba de un operativo militar y policial dentro de la terminal de buses. Para Rodrigo parecía un día más, pero algo le llamó la atención: mencionaba varios anillos de seguridad ubicados muy lejos de la terminal que impidieron el paso a la prensa. Además, se reportaban cinco personas abatidas no identificadas; no se sabía si eran sicarios, militares o algún capo. Nadie daba información. Intrigado, intentó llamar a Javier de nuevo, pero este no contestó.
Esperó hasta la hora del almuerzo mientras terminaba el archivo para su publicación. Pasó lo escrito a los encargados de la maquinaria de impresión, apagó la computadora y guardó el archivo en un cajón. Luego se dirigió a su propia mesa, identificada con el nombre "Rodrigo Valverde Suárez". Se puso a trabajar editando columnas, pero la inquietud lo carcomía.
-Algo aquí no cuadra, no lo entiendo -pensó-. Sé que los operativos contra narcóticos siguen un protocolo, pero parecía que lo de anoche estaba planeado desde hace semanas. ¿Y por qué nada de esto salió en TV? Además, ¿por qué un capo de la droga escaparía por tierra? No tiene sentido, debo llegar al fondo de esto o no podré dormir.
Llegó la hora del almuerzo y decidió aprovechar su tiempo libre para indagar. Fue a la terminal y en el camino se comió la hamburguesa. Al llegar, la escena le generó más dudas: las entradas estaban custodiadas por elementos del ejército boliviano armados. Rodrigo bajó del bus e intentó comunicarse con ellos.
-Eh... buenas tardes, disculpen...
-¡Alto ahí! -lo interrumpió el Soldado 1-. No dé un paso más. Regrese por donde vino y váyase.
-Tranquilo, jefe. Soy periodista y solo vengo a hacer algunas preguntas.
-No hay entrevistas. La terminal está cerrada. ¡Lárgate ahora!
Al ver la actitud hostil, Rodrigo decidió obedecer por temor a represalias, pero su curiosidad era mayor. Rodeó la zona pero solo se topó con más soldados agresivos.
-¿Qué estará pasando realmente? Quizás algún coronel quiere borrar rastros. Mejor no me meto, no quiero aparecer descuartizado en una plana de mi propio trabajo.
Sintió una vibración en el bolsillo. Eran las 2:00 p. m. y en la pantalla leía: "Don Carlos". Su jefe.
-Ay carajo, debí haber vuelto a la una.
Contestó temeroso.
-Hola, don Carlos. Va a disculpar que no esté en el trabajo, es que salí por un tema familiar...
-Tenés media hora para estar acá y quiero que vengás directo a mi oficina -el jefe cortó abruptamente con voz molesta.
-Puta, ahora sí me va a hacer charque el viejingo -se regañó Rodrigo-. Era que me quede nomás allá en el periódico, pero no, el señor quería llegar al fondo de todo.
Tomó un taxi y regresó al trabajo. Subió al cuarto piso y tocó la puerta de la oficina.
-¿Quién es? -preguntó Don Carlos desde adentro. Se trataba de un hombre de unos cuarenta años, calvo de la coronilla, con bigote grueso y traje negro, sentado en una silla de cuero entre papeles.
-Soy Rodrigo, don Carlos.
-Pasá.
Rodrigo entró nervioso.
-Perdón, don Carlos, le juro que era una emergencia y no medí el tiempo, no va a...
-Sentate, pelau.
Rodrigo obedeció, encogiéndose de hombros.
-Sí, señor.
El hombre lo miró fijamente durante un largo silencio.
-¿Hasta cuándo vas a seguir así? Decime. Porque desde que entraste y hasta que saliste de la universidad siempre estuviste con esta actitud, Rodrigo. Vos me dijiste, cuando aún era tu maestro, que las cosas iban a cambiar cuando tuvieras tu título. Ya sos profesional y te seguís comportando como si fueras un peladingo.
-Don Carlos, creo que acabo de descubrir algo.
-No me cambiés el tema. ¿Por qué no estabas en tu puesto?
-Eso es lo que estaba por explicarle. Javier me pidió un favor y...
-Sí, ya sé, él me dijo esta mañana. ¿Qué me vas a decir?
-Que hay algo raro en esto. El informe de Javier decía que había varios anillos de seguridad. Fui a la terminal y me encontré con soldados y pacos resguardando la entrada. Estaban bien agresivos los cambas. Están ocultando algo, podría ser una gran noticia.
-O el fin de tu carrera y tu vida... -sentenció Don Carlos-. Mirá, Rodrigo, vos limitate a cumplir tu trabajo y ya, no jugués a ser el detective.
-Don Carlos... ¿Usted sabe algo? -preguntó Rodrigo con sospecha.
El hombre se cubrió el rostro y suspiró.
-Solo volvé a tu puesto. Por hoy te la voy a dejar pasar, pero que no se repita.
-Pero...
-¡Sin peros! Ahora andá, que quiero tu noticia para ayer.
Rodrigo se levantó, pero antes de salir se giró hacia él.
-Cuando estaba en la U, usted me dijo que siempre buscara la verdad y que fuera más allá de lo establecido. Que siguiera mi instinto. Mi instinto me dice que hay algo más y lo voy a averiguar.
Cerró la puerta dejando a Don Carlos con una expresión de profunda preocupación. Pasaron las horas y a las 4:00 p. m. Rodrigo se preparaba para irse cuando su jefe se le acercó.
-¿Y vos a dónde creés que vas?
-A mi casa, ya es hora de salida.
-No, qué casa ni qué ocho cuartos. Te vas a quedar una hora más por estarte una hora más en el almuerzo.
-¡Oh, ya pues! Usted dijo que me la iba a dejar pasar.
-Exacto, pelau, te la dejé pasar, pero no te la perdoné. Además, ¿qué es una horinga más?
-No, son huevadas, mejor descuénteme esa hora, estoy cansado.
-No, de esta no te vas a librar tan fácil. Ya, a trabajar, camba flojo. -Don Carlos sonrió al ver su molestia-. No me mirés así. Hasta que no te comportés como un profesional, te voy a seguir tratando como a un peladingo.
Todos se fueron y Rodrigo se quedó a regañadientes preparando el informe. Terminó agotado y al salir se topó en las escaleras con una señora mayor, de pelo canoso, sandalias rosas y vestido negro con flores.
-Hola, hijo, tiempo sin verte -dijo Doña Carmen.
-Hola, doña Carmen, ¿qué cuenta?
-Pues nada, hijo. Ya sabés, ir a la iglesia y ver los negocios de mi marido. Ahorita voy a la venta por un poco de pan. ¿Y vos, por qué tan tarde?
-Pasa que soy el mejor elemento de mi jefe y en esa empresa no se puede hacer nada sin mí -bromeó Rodrigo.
-¿Qué habrás hecho para que te castiguen? Bueno, hijo, te dejo.
-Vaya con cuidado, doña Carmen.
-Vos igual, hijo. Por cierto, te llegó un paquete; te está esperando afuera de tu habitación.
Rodrigo se quedó confundido. Al llegar a su puerta, vio el paquete envuelto en papel café, de tamaño mediano. Tenía una tarjeta: "Para el señor Valverde". Entró al departamento arrastrando la caja, que pesaba demasiado. Al quitar el papel, descubrió una caja metálica sellada con un tablero digital.
-¿Qué carajos? -tocó el tablero, que se iluminó pidiendo una clave.
Notó que tres esquinas tenían números: 2, 6 y 8.
-Cuatro esquinas, tres números pares... fácil.
Tras intentar varias combinaciones, marcó 8-6-4-2. Un bip anunció el éxito. En pantalla apareció un mensaje: "El secreto para destruir a los dioses saldrá, Pandora ha sido abierta".
La caja se abrió revelando folders con documentos en plástico, bolsas de suero -una con líquido transparente y otra con lo que parecía sangre- y seis discos duros con un mensaje final: "Abrir sin acceso a internet".
Rodrigo, lleno de dudas y sospechas, se quedó mirando aquel contenido prohibido en medio de su sala.
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vive para llorar: los archivos perdidos
Mystery / ThrillerRodrigo es un joven reportero que un día recibe una la cual contiene una verdad oculta,descubre algo que parecía fantasía,ahora está en medio de una guerra santa,dónde su mayor herramienta es su instinto de investigación
