La chica que no sabía caer

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El mar estaba tranquilo ese día. Demasiado tranquilo.

Tú estabas sentada sobre una roca enorme que sobresalía del agua, balanceando las piernas como si no hubiera nada más importante que hacer. El viento te despeinaba el cabello y el sol caía directo sobre tu rostro, cálido, agradable. Tenías algunos raspones en los brazos, uno en la mejilla y un moretón feo en la pierna izquierda... pero no parecías darle importancia.

—Mmm... —murmuraste, observando cómo una gaviota pasaba volando—. Qué lindo día.

Si alguien te hubiera visto en ese momento, jamás habría pensado que venías de una pelea.

Porque sí, habías peleado. Contra un grupo de piratas que, según ellos mismos, eran "temibles", "invencibles" y "dueños del mar". A ti te habían parecido más bien ruidosos. Y un poco molestos. Especialmente cuando intentaron robarte la mochila.

El problema no era que no supieras defenderte.

El problema era que te distraías.

Recordabas vagamente cómo uno de ellos había cargado directo hacia ti con una espada enorme. Tú habías pensado en esquivarlo, claro... pero justo en ese instante viste un cangrejo gigante saliendo de la arena y te quedaste mirándolo demasiado tiempo.

Resultado: saliste volando contra una roca.

—Auch —habías dicho, levantándote como si nada—. Eso dolió un poquito.

Luego, sin pensarlo demasiado, habías golpeado el suelo con el puño.

Solo eso.

El suelo.

El resto... bueno, el resto fue confuso incluso para ti. Una onda extraña, el aire vibrando, los piratas saliendo despedidos como muñecos, el mar agitándose por unos segundos. Tú solo parpadeaste, rascándote la cabeza.

—Ups.

No era la primera vez que pasaba algo así.

Por eso ahora estabas ahí, sentada tranquilamente, esperando a que el dolor "normal" de la pelea se acomodara en tu cuerpo. Para ti, estar golpeada era parte de la vida. Te levantabas, seguías caminando, comías algo rico y ya estaba. No había mucho que pensar.

Fue entonces cuando escuchaste voces.

—¡LUFFY, ESPERA! ¡NO PUEDES IR SALTANDO A CUALQUIER ISLA QUE VEAS!

—¡Pero Nami, hay alguien ahí!

Levantaste la vista, curiosa.

Un barco enorme se acercaba. Un barco pirata. Pero no uno cualquiera. Tenía una cabeza de carnero en la proa y una bandera que te sacó una sonrisa sin saber bien por qué. Desde tu roca, viste varias figuras moviéndose de un lado a otro... y una, en particular, saltó sin aviso.

—¡HOLA! —gritó una voz alegre desde el aire.

Antes de que pudieras reaccionar, un chico de sombrero de paja aterrizó frente a ti con una sonrisa gigantesca, como si acabara de encontrar un tesoro.

—¿Estás bien? —preguntó, inclinándose para mirarte de cerca—. ¡Tienes sangre!

Parpadeaste.

—¿Eh? —tocaste tu mejilla y miraste el dedo manchado—. Ah, sí. Supongo.

Eso pareció confundirlo.

—¿"Supongo"? —repitió—. ¿Te peleaste?

—Sí.

—¿Ganaste?

Miraste hacia el mar, donde algunos restos flotaban a lo lejos.

—Creo que sí.

El chico sonrió todavía más.

—¡Genial!

Antes de que pudieras decir algo más, el resto de la tripulación llegó. Una mujer de cabello naranja te miró con atención, claramente evaluándote. Un espadachín de mirada cansada se apoyó en la barandilla, observándote en silencio. Un cocinero rubio casi gritó al verte herida. Un reno hablador chilló de preocupación. Era... mucho.

—LUFFY —dijo la chica naranja—. No puedes hablarle así a una desconocida.

—Pero está herida —respondió él, rascándose la cabeza—. Y parece buena.

Te encogiste de hombros.

—Estoy bien, de verdad —dijiste—. Esto se quita solo.

El cocinero casi se desmaya.

—¡¿CÓMO QUE SE QUITA SOLO?! ¡ESO NECESITA ATENCIÓN MÉDICA!

—¿Sí? —preguntaste, genuinamente sorprendida—. A mí siempre se me quita.

El chico del sombrero de paja te miró fijamente por unos segundos. No con desconfianza. No con miedo. Con curiosidad pura.

—Oye —dijo de pronto—. ¿Quieres comer con nosotros?

Esa pregunta te descolocó más que cualquier golpe.

—¿Comer?

—¡Sí! —sonrió—. Después de pelear siempre da hambre.

Y sin saber por qué, sin pensarlo demasiado, sentiste que esa idea te parecía perfecta.

Más tarde, ya en el barco, mientras comías como si no hubiera un mañana, notaste cómo te miraban de reojo. No con lástima. Con intriga. Especialmente él.

Luffy.

—Eres rara —dijo de repente, con total naturalidad.

—Me lo dicen seguido.

—Pero me gustas —añadió, riendo—. Eres fuerte.

Casi te atragantaste.

—¿Fuerte? —preguntaste—. No tanto. Solo aguanto.

Él negó con la cabeza, serio por primera vez.

—No. Eres fuerte de verdad.

No supiste qué responder.

Porque tú nunca te habías visto así.

Para ti, caer, levantarte, sangrar y seguir adelante era... normal.
No sabías que, muy pronto, ese mismo poder que ignorabas sería lo que salvaría a otros.
Ni que ese chico sonriente sería quien te miraría como si fueras algo extraordinario.

Por ahora, solo comiste.
Y reíste.
Y, sin darte cuenta, empezaste a sentir que ese barco... podía ser hogar.

El lugar al que pertenezco -Luffy X TNStories to obsess over. Discover now