J no durmió.
No podía.
La imagen del intruso moviéndose entre las sombras no se iba de su cabeza.
Había demasiadas preguntas, demasiados huecos de seguridad que no deberían existir dentro del palacio.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Mientras revisaba los reportes en la sala de guardia, el amanecer apenas comenzaba. La luz dorada entraba tímida por las ventanas y golpeaba las paredes de piedra pulida.
—J.
Ella levantó la vista. N estaba de pie en la puerta, vestido formalmente, el cabello bien peinado pero los ojos… adormilados. Como si hubiera pasado la noche inquieto.
—Príncipe —respondió ella, de pie de inmediato.
Él entró despacio.
—No he podido dejar de pensar en lo de anoche.
—No tiene por qué hacerlo.
—Pero lo hago —insistió él—. ¿Crees que volverá?
J apretó los dientes.
—Sí.
La sinceridad golpeó a N, lo sintió en su expresión.
—Entonces… estaremos preparados, ¿no?
J asintió.
—Mientras yo esté aquí, nadie lo tocará.
N sonrió. Una sonrisa pequeña, triste… pero confiada.
Demasiado confiada.
A media mañana, N debía participar en un discurso público en uno de los jardines centrales del palacio. J revisó la zona junto al equipo de seguridad. Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
—Quiero a tres francotiradores en los puntos altos —ordenó J.
—Pero señorita J, los eventos internos no requieren—
—No estoy pidiendo —interrumpió con frialdad—. Estoy ordenando.
Los guardias se movieron de inmediato.
Cuando el príncipe llegó, el ambiente cambió. La gente sonrió, los sirvientes inclinaron la cabeza, y él saludó a todos con su amabilidad habitual. J permaneció pegada a él, atenta a cada movimiento.
—Pareces más tensa que ayer —susurró N.
—Usted solo hable y manténgase a mi alcance.
—Siempre lo estoy —dijo él con una sonrisa tímida.
Antes de que J pudiera responder, uno de los asesores anunció:
—¡Su Alteza, es hora del discurso!
N subió al pequeño estrado. J se colocó a menos de un metro, un paso atrás a su izquierda.
Él comenzó a hablar. Su voz era suave, cálida, llena de esa inocencia que solo él podía tener.
Y de pronto…
Algo cambió.
J lo sintió. Un escalofrío.
Un silencio extraño.
Un destello desde uno de los tejados.
—¡Bájese! —gritó ella.
No tuvo tiempo de pensar.
No tuvo tiempo de respirar.
El disparo detonó.
Una bala silbó en el aire.
J se lanzó sobre N, empujándolo contra el piso del estrado, cubriéndolo con su cuerpo.
Otro disparo.
Otro.
La gente gritó, corrió, se tiró al suelo.
Los guardias respondieron a los tiros. El sonido se mezcló con los gritos y el caos.
J apretó al príncipe contra el suelo, su cuerpo sobre el de él, protegiéndolo con ferocidad.
—No se mueva —ordenó entre dientes.
N temblaba debajo de ella.
—J… tú… ¿estás bien?
—Cállese y mantenga la cabeza abajo.
Su respiración era rápida, controlada, profesional. La de él era quebradiza, nerviosa.
Un guardia se acercó corriendo.
—¡Señorita J, el tirador se escapó hacia el ala oeste!
—Persíganlo —ordenó ella sin moverse.
N intentó incorporarse, pero J lo empujó de nuevo contra el suelo.
—Le dije que no se moviera.
Él la miró desde abajo, con los ojos abiertos por el miedo… y algo más. Una mezcla de alivio y desesperación.
—Estás sangrando —susurró él, tocando su brazo.
J parpadeó.
Una línea roja.
Un roce.
No era profundo, pero sí un impacto de bala perdido.
—No es nada —respondió ella.
—Sí lo es —N se incorporó un poco, sujetando su rostro—. Te dispararon.
—Estoy viva —replicó ella—. Usted también. Eso es lo único importante.
Apretó la mandíbula, intentando mantener su dureza habitual, pero N seguía mirándola como si estuviera viendo algo que no debía perder jamás.
Su voz tembló.
—J… si te hubiera pasado algo… yo…
Ella se apartó bruscamente del contacto.
—No empiece —murmuró, poniéndose de pie—. No lo haga más difícil.
Los guardias los rodearon. J levantó a N cuidadosamente y lo llevó hacia adentro del palacio a toda velocidad.
Pero él no dejaba de mirarla.
No dejaba de mirar su herida.
No dejaba de temblar.
Cuando estuvieron en una sala segura, lejos de todos, N se volteó hacia ella. Sus manos temblorosas atraparon las de J antes de que ella pudiera retirarse.
—No vuelvas a poner tu vida en riesgo por mí así —dijo con la voz quebrada.
—Es mi trabajo —respondió ella.
—¡No! —N elevó la voz, algo que nunca hacía—. No eres un escudo. No eres un objeto. ¡Eres J! Y… y no quiero perderte.
J sintió un golpe en el pecho.
Más fuerte que el disparo.
Más profundo que cualquier herida.
—Príncipe… —susurró ella, sin fuerzas.
Él dio un paso más cerca, demasiado cerca.
—No puedo soportar que te hieran —confesó, casi en un susurro desesperado.
J lo miró a los ojos.
Esos ojos llenos de miedo.
Por ella.
Y por primera vez, J sintió algo que no debía sentir.
Algo que amenazaba con romper todas sus barreras.
—Estoy aquí —dijo finalmente, casi sin voz.
N cerró los ojos, aliviado, sosteniéndola sin pensar.
Por unos segundos, J no lo apartó.
No lo empujó.
No lo detuvo.
Lo dejó abrazarla.
Solo por unos segundos.
Unos segundos que iban a cambiarlo todo.
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Entre Espadas y Coronas - Codegold
FanfictionJ es la guardaespaldas más fría y disciplinada del reino, famosa por su carácter implacable y su actitud orgullosa. Cuando es asignada a proteger al príncipe N -un joven dulce, amable y tan ingenuo que confía en cualquiera-, J siente que será su mis...
