El Primer Encuentro

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Alexander Hamilton no esperaba nada especial de esa tarde. Nueva York estaba cubierta por un frío elegante, de esos que no muerden, pero obligan a caminar rápido. Él llevaba varios papeles bajo el brazo -ideas, cartas, borradores de pensamientos que aún no sabían en qué convertirse- cuando chocó con alguien al doblar una esquina cercana al río.

-¡Oh! Lo siento muchísimo -dijo una voz suave, sorprendida.

Alexander alzó la vista preparado para disculparse... y se quedó en silencio.

La joven frente a él recogía unos guantes blancos que habían caído al suelo. Su vestido era sencillo, pero de un azul delicado, y su cabello oscuro estaba recogido con cuidado. Había algo en su forma de moverse, en su calma, que contrastaba por completo con el caos que él llevaba dentro.

-No, fue mi culpa -respondió al fin, arrodillándose para ayudarla-. Iba distraído.

Sus manos se rozaron al mismo tiempo al tomar el último guante. Ella levantó la mirada y sonrió, una sonrisa pequeña, honesta.

-Gracias... señor...

-Hamilton. Alexander Hamilton.

-Elizabeth. Elizabeth Schuyler.

El nombre se quedó suspendido entre ambos, como si el aire mismo lo hubiera reconocido.

Caminaron juntos unos metros sin darse cuenta, hablando de cosas simples: del frío, del río, de lo rápido que la ciudad parecía cambiar. Alexander, que solía hablar sin freno, se descubrió escuchándola con atención. Eliza tenía una forma particular de expresarse, como si cada palabra importara, como si no necesitara alzar la voz para ser firme.

-¿Asistirá al baile de invierno esta noche? -preguntó ella de pronto, casi como si fuera una ocurrencia tardía.

Alexander dudó un segundo. -Tal vez. No soy... muy bueno en ese tipo de eventos.

Eliza rió suavemente. -Entonces espero que vaya. Sería una pena no verlo allí.

Antes de que él pudiera responder, llegaron al punto donde debían separarse. Eliza se despidió con una leve inclinación de cabeza y se alejó, dejando tras de sí una sensación extraña, cálida, que Alexander no supo nombrar.

Esa noche, en el baile de invierno, Alexander entró sin grandes expectativas. El salón brillaba, la música llenaba el aire... y entonces la vio.

Eliza, ahora con un vestido claro que reflejaba la luz de las velas, lo miró desde el otro lado de la sala. Cuando sus ojos se encontraron, ella sonrió, como si compartieran un secreto que nadie más conocía.

Alexander entendió entonces algo simple y aterrador: no importaba el baile, la música ni la multitud. Él ya la había conocido antes. Y desde ese primer encuentro, todo había cambiado.

Tras unos segundos que le parecieron eternos, permaneció quieto. La música llenaba el salón, risas y conversaciones se mezclaban a su alrededor, pero él solo podía verla a ella. Elizabeth Schuyler, de pie junto a sus hermanas, escuchaba atenta, aunque de vez en cuando su mirada se desviaba... como si lo estuviera buscando.

Deja de pensar, se dijo. Hazlo.

Respiró hondo, se acomodó el abrigo -un gesto inútil para calmar los nervios- y cruzó el salón. Cada paso pesaba más que el anterior. No era el miedo al rechazo lo que lo detenía, sino algo peor: la sensación de que, si ella aceptaba, su vida podría desviarse para siempre.

Cuando estuvo frente a ella, Eliza alzó la vista. Sus ojos se iluminaron al reconocerlo, y esa sola reacción le dio el valor que le faltaba.

-Señorita Schuyler -dijo, inclinándose levemente-. No sé si recuerda al hombre distraído que casi la hace caer esta tarde.

El primer encuentro Stories to obsess over. Discover now