CAPITULO 1

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Theo desempacaba sus maletas en su habitación, que este año era más espaciosa ya que Draco había sido seleccionado como el prefecto de Slytherin. Zabini estaba a su izquierda, acomodando su armario con una precisión casi maniática, como si cada túnica tuviera un lugar exacto en el mundo.

Theo no hablaba. No lo necesitaba. El silencio le resultaba familiar, cómodo incluso. Siempre había sido así; observador, contenido, aprendiendo desde pequño que las palabras podían ser un riesgo innecesario. En su casa, hablar de más nunca había sido una buena idea. Su padre solía decir que el silencio era una forma de inteligencia. Theo había aprendido a creerle.

Tomó un libro de tapa oscura "magia antigua",  subrayado y anotado con una caligrafía pulcra y lo dejó sobre la mesa de luz. Quinto año. Un año decisivo. Las exigencias aumentaban, los bandos se marcaban con más claridad, y Hogwarts ya no era solo un castillo antiguo lleno de pasillos y secretos, era un lugar donde algo se estaba gestando, algo pesado, inevitable. Slytherin se sentía distinto ese año. Más tenso. Más expectante.

Theo se sentó en la cama y apoyó los codos sobre las rodillas. Draco, prefecto. Una sonrisa irónica se le dibujó apenas en el rostro. No le sorprendía. Draco necesitaba el poder como otros necesitaban aire. Él, en cambio, prefería pasar desapercibido, moverse entre las sombras, escuchar más de lo que decía.

—Este año va a ser interesante —comentó Zabini sin mirarlo. Theo asintió apenas.

Interesante no era la palabra que él habría elegido. Peligroso, quizá. Revelador. O simplemente inevitable.



Mientras tanto, en el otro extremo del castillo, la luz parecía entrar de otra manera.

Clare Mackenzie caminaba por el pasillo de las cocinas con una sonrisa cansada pero sincera, cargando una pila de libros que amenazaba con caerse en cualquier momento. Su cabello rubio, apenas ondulado, reflejaba la luz de las antorchas, y había algo en su presencia que hacía que la gente se detuviera un segundo más de lo necesario a mirarla. No porque lo intentara. Nunca lo hacía.

Clare era de esas personas que parecían iluminar los espacios sin esfuerzo. Buena, genuina, profundamente empática. No había en ella una pizca de malicia, y eso, en un mundo que empezaba a endurecerse, era casi un acto de resistencia.

—Clare, vas a terminar en el suelo —dijo Enrie, alcanzándola con una risa suave mientras le quitaba algunos libros de los brazos.

—Jamás —respondió ella, riendo también—. Confío plenamente en mi equilibrio... y en la magia.

Ambos llevaban el distintivo de prefectos en sus túnicas. Para Clare, no era un título, era una responsabilidad. Se tomaba el rol en serio, cuidando a los más pequeños, mediando conflictos, escuchando cuando nadie más tenía paciencia. Enrie era su complemento perfecto, tranquilo, observador, siempre dispuesto a acompañarla.

Entrando a la sala común de Hufflepuff cambio su caminar, con pasos tranquilos, cargando sus cosas con cuidado, como si temiera hacer ruido de más. El lugar seguía siendo cálido, con sus tonos dorados y su aire acogedor, pero algo había cambiado. Las risas eran más bajas. Las miradas, más cuidadosas.

Había un vacío imposible de ignorar.

El año anterior, Cedric Diggory había muerto. Y con él, cierta inocencia que Hufflepuff siempre había llevado con orgullo. Nadie hablaba demasiado del tema, pero estaba ahí, en los sillones que parecían demasiado ordenados, en los silencios que se extendían un segundo más, en la forma en que los prefectos, Clare incluida, vigilaban con una atención casi maternal a los más pequeños.

Se dirigieron a su nueva habitación de prefectos, sus baúles y maletas ya se encontraban allí, solo quedaba desempacar. 

—¿Otra vez libros? —dijo Enrie, acercándose para ayudarla sin que ella se lo pidiera.

—Siempre —respondió Clare con una sonrisa suave—. No ocupan tanto lugar como parecen.

Enrie sonrió también, pero sin bromear. Eran amigos desde hacía años, unidos más por la constancia que por la efusividad.

Clare acomodó sus cosas despacio. Entre ellas, varias macetas pequeñas envueltas con cuidado, como si se tratara de algo frágil. Plantas que había dejado crecer durante el verano, nada extraordinario, pero suficientes como para hacerla sentirse un poco más en casa. El contacto con la tierra siempre la había calmado. No porque fuera una pasión ruidosa o evidente, sino porque era algo que no exigía explicaciones. Las plantas crecían si se las cuidaba, reaccionaban si se las ignoraba. No había segundas intenciones. No había crueldad.

Clare se sentó un momento en la cama y dejó que el murmullo del castillo la rodeara. Hogwarts seguía siendo su hogar, pero este año se sentía distinto. Más frágil. Más real. Se alisó la túnica con un gesto automático y respiró hondo. No sabía qué iba a traer ese año. Solo sabía que, de alguna manera, todos seguían adelante. Incluso con las ausencias.

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Raíces bajo tierra | Theodore NottStories to obsess over. Discover now